• Feb. 22, 2016, 9:41 a.m.

Entre los 18 y 33 años trabajé para una compañía internacional, la que siempre aparecía entre las mejores y más sólidas corporaciones en el mundo.

Los 15 años trabajados en dicha compañía fueron de mucho aprendizaje en lo tecnológico, en el ámbito de la ética y en lo gerencial. Los cimientos de mi desempeño profesional de los 34 años a la fecha se pusieron en ese período de mi vida.

Pertenecer al equipo de colaboradores de esa empresa era un verdadero privilegio, los beneficios que ello representaba, la solidez y prestigio de que gozaba, estaban a la altura o por encima de la mejor empresa de la época. Lo cual me inyectaba estabilidad laboral, económica y emocional. Hasta aquí todo estaba bien, sin embargo poco a poco me fui olvidando quién era y  de dónde venía, la autosuficiencia se apoderó de mis actitudes y conductas, llegué a creer que lo que había logrado era solo y solamente gracias a mis capacidades, esfuerzo y cualidades, que por cierto llegué a sobredimensionar y por un tiempo más o menos prolongado, me convertí en una persona arrogante.

La arrogancia es un cáncer que corroe el alma, hace metástasis en  sentimientos, emociones y creencias.

La persona arrogante alucina creyéndose superior a las demás personas; se vuelve altanera, jactanciosa, prepotente, engreída, orgullosa, soberbia, presuntuosa, extremadamente vanidosa y presumida.

No importa cuán alto llegue la persona arrogante por lo general siempre termina mal. El fin de todo arrogante es quedarse solo, porque tiene efecto de bomba lacrimógena, allí donde se aproxima es causa de dispersión porque nadie quiere estar con alguien que es engreído u orgulloso. La arrogancia, el engreimiento, la soberbia inexorablemente conducen a la infelicidad, es odiosa aún para las personas más cercanas a quienes la practican. Tan dañina es, que la Biblia en Santiago 4:6 deja claro que es ofensiva a los ojos de Dios, cuando dice: Dios rechaza a los soberbios y acoge a los humildes.

En mi vida actual, no soy un dechado de humildad, pero he trabajado por años para erradicar de mi alma ese cáncer llamado arrogancia.

Si usted o alguna persona cercana manifiesta conductas impregnadas de arrogancia, quizá le pueda servir lo que a mí me ha funcionado. Todos los días me propongo a ser mejor que el día anterior. Estoy convencido que ni soy mejor ni peor que los demás, soy un simple mortal con cualidades y defectos, acepto y respeto a las demás personas reconociendo sus fortalezas y debilidades. Le pido a Dios serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las que puedo, y sabiduría para distinguir la diferencia.

Somos criaturas de Dios, él quiere lo mejor para nosotros, nos quiere con salud mental y fisiológica, la condición es que seamos humildes y nos rindamos a Él, que lo aceptemos como nuestro Señor y Salvador, que nos sometamos a su voluntad, que hagamos lo que nos corresponde con diligencia y responsabilidad,  entonces él se encarga de enaltecernos y darnos vida plena, a como está escrito en la Biblia en Lucas 14:11 Cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla, será enaltecido.

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