• Jul. 10, 2008, 2:18 p.m.
Comandante Borge:

Todavía nadie se imagina al sandinismo sin el mejor audio que revolución alguna haya gozado en el mundo. ¿Acaso sería la misma película de  “Los 10 Mandamientos” sin la musicalización de Elmer Bernstein? ¿O se atrevería usted a ver “El Bueno, el Malo y el Feo”, sin una de las mejores bandas sonoras de todos los tiempos, compuesta por Ennio Morricone?

Semejantes producciones de Cecil B. de Mille y de Sergio Leone, estuvieron a la altura de sus compositores. ¿Pero, estimado Comandante Borge, estuvo la revolución sandinista, a la altura de los cantos de Carlos Mejía Godoy?

Dirá alguien, una cosa es rodar una película, y otra componer una revolución. Sin embargo, la primera es una colosal producción de imágenes y, al menos, lo que vivimos acá, también fue la imagen de una pendiente revolución verdadera. Y los nicaragüenses somos devotos de  las imágenes. No nos movemos hacia ningún lado, si no es a punta de una imagen. No nos mueve el concepto. Dependemos de la representación visual y por supuesto, sonora. En todo caso, nos moviliza el baile, la danza, la música. Quítele usted los himnos de Vega Matus a La Purísima, y la Gritería terminará convirtiéndose en el más terrible de los silencios mundanos. ¿Quién es capaz de entrar a una barrera sin chicheros?

El pueblo creyó en las imágenes creadas que corrían por su propia cuenta y otros a su vez fueron estimulados por la lucha casi solitaria contra Somoza, como aquel cipotillo que decía: “mañana quiero ser guerrillero”.

Las grandes movilizaciones, así nos entrenaron, son siempre detrás de un santo patrono. Ah, y por supuesto, con montados en cualquier cosa, el caballo es lo de menos. Y el Siglo XIX y el XX fue detrás de los patrones que armaban a sus mozos para que murieran por ellos en la manigua.   

La banda sonora de aquel inmenso sueño colectivo la compuso Carlos Mejía Godoy, todavía cuando --- verso de usted, comandante Borge---  “el amanecer era una tentación”. La imagen de la revolución es una extensión del canto de Carlos. Del sonido del creador. El cantautor hacía revolución, sacudía conciencias, levantaba a los nicaragüenses de su acomodamiento al sistema administrado por los Somoza.

El imaginario colectivo se constituye, dicen los entendidos, a partir de discursos, prácticas sociales y también de valores. Discurso cantado, letra social en “Terencio Acahualinca” y “Panchito Escombros”, admiración valiente al “hombre arrecho llamado Sandino” en “María de Los Guardias”; nuevos valores que empezaban a cambiar a la sociedad: el melódico discurso contra un régimen desafinado. La canción patriótica contra los demonios del ruido: era la rítmica labor de un subversivo cenzontle. La música de Carlos, a pesar de su magistral arquitectura, no contó, perdone usted el atrevimiento, con los mejores bailarines en el escenario de la historia

Leí que Carlos se aprovechó de los mártires, que sin la sangre de ellos, sin la inspiración que provocaba el FSLN, él no hubiese producido su excelsa obra. Pero Carlos mismo pudo haber sido también un mártir. Sus canciones no las hizo en Acapulco ni en Cancún. Hasta donde sé, trasladó y fue conductor de Eduardo Contreras, llevó armas. Le dio contenido a las expresiones culturales en función de provocar rebeldías. Dio la cara por el cambio que profetizaban sus acordes y en más de alguna ocasión escapó de los sicarios.

En nuestro imaginario, toda honra es para los muertos. Deberíamos abandonar esa cultura necrofílica. Hay héroes que andan entre nosotros, cuyo gran pecado fue haber quedado vivos después del 19 de julio de hace 29 años. Eso les impide la gloria y el respeto. Y Carlos, quien también cometió “el atroz delito” de tomar la vida en serio, bien podría estar en la lista de los santos de ese imprescindible poeta y combatiente, Leonel Rugama.

La pregunta es ¿la puesta en escena de la revolución de los años 80 estuvo a la altura de las letras, arreglos y autoría de nuestro principal cantor? Me quedan las dudas. El canto de Carlos todavía da para otra revolución: una que sea hecha a imagen y semejanza de su armonía con la Nicaraguita que todos, incluyendo al mismo FSLN de usted, legendario comandante Borge, hemos cantado por adelantado.

RESPUESTA DEL COMANDANTE TOMAS BORGE
“Hice cuanto pude para mantener a Carlos
fiel a la bandera rojinegra”
Tomás Borge
Lima, 9 de julio del 2008

Edwin Sánchez, amigo:

Cuando Carlos Sansores, un mexicano con quien tuve una amistosa relación antes de la victoria de la Revolución Sandinista, escuchó a Carlos Mejía y a los de Palacagüina, comentó: “con canciones como éstas, es imposible no hacer una Revolución”.  Yo le respondí: “con una Revolución como la que está a punto de la victoria, son inevitables estas melodías”.

Ni Carlos Mejía, ni los cantores de la gesta Sandinista, ni los mejores y más encendidos discursos, se aprovecharon de la sangre de los sacrificados. Ese caudaloso río inspiró al pueblo a mantener en alto el puño de la pelea y a los dirigentes a conservar intacto el coraje y la firmeza de la conducción. Algunos fueron correos de los clandestinos y arriesgaron su vida como Gioconda, Carlos y muchos otros ciudadanos (la lista es interminable aunque casi ninguno de ellos fue famoso). Todos estuvieron muy cercanos de la obsesión homicida de la guardia somocista. Recuerdo con gratitud y admiración a centenares de familias que, aún conscientes del riesgo de ser asesinados, ofrecieron sus hogares con sencillez y renuncia total a todo reconocimiento posterior.

Algunos políticos conocidos: liberales, conservadores, socialcristianos, también fueron colaboradores activos. Hubo médicos como Plutarco Anduray, diputados como Julio Molina, gente de alto nivel como Manuel Coronel. Personas como Paco Fiallos, quien me visitó en la casa de seguridad de Rosario Murillo (si este último hubiese sido asesinado en ese menester, habría tenido una muerte más gloriosa de la que tuvo o tendrá). La lista es tan larga como el diccionario consultado para tus excelentes artículos. El poeta José Coronel Urtecho visitó ni más ni menos que a Carlos Fonseca.

Estas personas conocidas corrían menos riesgos que los anónimos hombres y mujeres del pueblo. Me produce una ternura, a prueba de amnesias, traer a la memoria la alegría y el miedo en el rostro de quienes nos daban refugio, cuando llegábamos a medianoche a reclinar la cabeza con la pistola debajo de la almohada. Desde luego, los dirigentes tenían un seguro de muerte si eran descubiertos y si hubo algunas excepciones fue, de verdad, obra de las circunstancias o de algún milagro. Estos excelentes bailarines, la mayor parte de los cuales murieron o estuvieron cerca, hicieron posible con su valentía y talento, la victoria de una organización que todavía existe y se llama y llamará Frente Sandinista de Liberación Nacional.

Algunos de los que escaparon hacia otras opciones políticas, también arriesgaron el pellejo y ese mérito forma parte de su historia personal. No hay duda de que entre los cantores –Luís Enrique, el Guadalupano, Otto de la Rocha y otros- el más inspirado, el mejor fue Carlos Mejía Godoy. En efecto: el canto revolucionario está hecho a imagen y semejanza de la nicaragüita de todos, incluyendo mi FSLN. El de centenares de miles de sandinistas. Vos lo has dicho, estimado amigo. Yo hice cuanto me fue posible para mantener a Carlos Mejía fiel a la bandera rojinegra. Lástima.

Fraterno:
Tomas Borge




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