• Mar. 21, 2016, 10:34 a.m.

En estos días que los cristianos conmemoramos la pasión, muerte y resurrección de nuestro señor Jesucristo, es oportuno reflexionar sobre su vocación por el amor, la paz, la mansedumbre y la no violencia.

Recientemente leí un libro del profesor Guillermo Cortés D. titulado “Las huérfanas de la guerra”. Esta obra me mostró con claridad meridiana, las heridas incurables que la violencia abre y deja en el corazón de personas inocentes. Venían a mí mente las palabras de Jesús: “Te dijeron: amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo te digo: ama aún a tu enemigo, bendice al que te maldice, haz el bien al que te hace mal, y ora por el que te ultraja y te persigue”, (Mateo 5:43-44).

La lectura de esta obra contribuyó a fortalecer mi convicción acerca de la necesidad de practicar estilos de vida basados en las enseñanzas de Jesús, de tal manera que en este tema particular, los seguidores de Cristo, en vez de utilizar la violencia como mecanismo de resolución de conflictos, debemos optar por el amor al prójimo, y la forma de hacerlo es siendo mansos de corazón y viviendo en paz con él o ella, bendiciéndole y deseándole siempre lo mejor para su vida y seres queridos.

Jesús no se limita a decirnos que debemos amar aún a quienes nos adversan, sino que, con su pasión y muerte, nos da una cátedra de amor y compasión por el prójimo, cuando en sus últimos momentos de vida terrenal, utiliza el aliento que le queda para dirigirse a Dios y decirle: Padre perdónalos porque no saben lo que hacen. 

Cuánto dolor, cuánta destrucción se evitaría si nos dispusiéramos a aceptar a Jesús como nuestro señor y salvador, a sanar nuestros corazones, a renovar el entendimiento y sustituir creencias erróneas que nos inducen a conductas agresivas, por creencias correctas que nos lleven por la práctica del amor, la paz, la mansedumbre, la convivencia pacífica.

La clave está en permitir a Jesús que sane nuestros corazones. La biblia en el libro del apóstol Santiago 4:1 dice: “¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre ustedes?”, él mismo da la respuesta: del corazón de cada persona.

El hombre conocido como Barrabás, cuyo nombre se menciona mucho en estos días como el sedicioso que fue reclamado por los judíos a cambio que los romanos crucificaran a Jesús, es un poderoso testimonio del poder de cambio que hay en él. Se dice que Barrabás después de su liberación abrió su corazón a Jesucristo e inició un proceso de transformación. Pasó de ser un hombre que no tenía ningún reparo en quitar la vida a filo de espada a un romano bajo la justificación que estaba profanando su tierra y sus creencias religiosas, a ser un hombre renovado, un hombre de paz. 

Amiga, amigo, la mejor forma de conmemorar la pasión, muerte y resurrección de Jesús en estos días, es declarando que su sacrificio no ha sido en vano, que él es el camino, la verdad y la vida, la vía a la paz. Que está con y en nosotros, y que en su nombre, para su honra y gloria, en este país no hay cabida para la violencia. 

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