• Mayo 23, 2016, 2:59 p.m.

La paciencia es una virtud. Para los cristianos, es fruto del Espíritu Santo (Gálatas 5:22).  Esta virtud tiene que ver con comportamiento y no con tiempo, es decir, pone en evidencia la capacidad que tiene una persona para  aguardar sin perturbarse, sin dar cabida a la ansiedad y al nerviosismo; la capacidad de tolerar una determinada circunstancia sin perder la calma, sin alterarse.

Se puede afirmar también que la paciencia es la capacidad de considerar hechos y variables que pueden ser imperceptibles para los seres ansiosos e impulsivos. Por ejemplo, alguien que es insultado y no responde violentamente, puede parecer cobarde, pero también es posible que entienda que si de deja llevar por sus instintos puede empeorar la situación.

Hay quienes consideran que paciencia es sinónimo de pasividad, indolencia e insensibilidad ante los acontecimientos y retos de la vida diaria; nada más alejado de la realidad. La paciencia es una fortaleza, que se convierte en una armadura de acero ante situaciones complejas, que contribuye a enfrentar con sabiduría, templanza, firmeza y perseverancia las diferentes circunstancias que todos(as) enfrentamos en uno u otro momento de nuestras vidas. Por el contrario, la pasividad implica paralizarse, inhibirse, congelarse ante situaciones difíciles.

La práctica de la paciencia depende del grado de importancia que asignemos a vivir a plenitud. Pasa por tener la sabiduría y humildad de reconocer que los acontecimientos tienen su propio curso, y ese no está en nuestras manos, que podemos influenciar pero no determinar.

Interiorizar la oración de la serenidad y utilizarla en situaciones complicadas es un excelente ejercicio para el crecimiento espiritual y desarrollo personal. Esta oración dice así: Señor deme la serenidad para aceptar las cosas que no pueda cambiar; el valor para cambiar las que pueda y sabiduría para establecer la diferencia. Si Ud. Pone en práctica esta oración con determinación, verá que enfrentará y superará la situación por muy compleja que parezca y  experimentará paz aún en medio de la tormenta, paz más allá de todo entendimiento.

Las personas para quienes la paciencia es una práctica cotidiana, tienden a ser emocionalmente fuertes, a disponer de una personalidad madura, a evitar el estrés y estados de neurosis con todas las consecuencias psico-fisico-sociales que ello implica. Estas personas a través de los años logran una sensibilidad eficaz para procesar adecuadamente y de un modo simple los triunfos y los fracasos, los problemas de las banalidades, pueden vivir la vida con calidad, optimismo, y armonía.

Amiga, amigo, si Ud. o una persona cercana requiere trabajar y desarrollar paciencia, interiorice la oración de la serenidad, recurra a Jesucristo, acéptelo como Señor y Salvador. Aprópiese de su palabra. La biblia en el libro de Salmos 40:1 dice: Al Señor esperé pacientemente, Él inclina su oído hacia mí y escucha mi clamor. Me saca de los problemas, del pozo de la desesperación, asienta mis pies sobre roca (que es Jesucristo) y endereza mis pasos.

Amiga, amigo, encomiende al Señor su camino y confíe en Él, y Él hará. Confíe en Dios, no lo dude, Él le inundará de paciencia y verá como la paciencia le traerá bendiciones, y es fuente de salud espiritual, psicológica y física. 

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