• Mayo 31, 2016, 10:02 a.m.

Recientemente vi la película ¨Dios no está muerto¨. Para quienes no la han visto, les comento, el profesor  de filosofía (Dr. Radisson), se propone liberar a sus alumnos de lo que él llama creencias anacrónicas (creer en Dios), para que ello no fuera obstáculo en la asimilación de conocimientos que se proponía transmitir a sus alumnos. Lo primero que exige a los asistentes a su clase es que escriban en una hoja la frase ¨Dios está muerto¨, la firmen y la entreguen, ello les compromete a abrir sus mentes a nuevas enseñanzas.

Todos los alumnos se disponen a escribir la frase con excepción de uno, Josh, quien se niega a hacerlo argumentando que es cristiano y no puede ni debe negar la existencia de Dios, basado en Mateo 10:32-33.

En una encendida discusión entre Josh y el profesor Radisson, este último pierde los estribos, y declara que no puede creer en un Dios que permitió que su madre muriera cuando él tenía escasos 12 años, y lo dejara solo en este mundo.

En ese momento mi mente viajó, casi automáticamente, a abril 1957, fecha en que falleció mi madre cuando se aproximaba a los 36 años, yo rondaba los 9 y en este punto me identifiqué con el profesor Radisson.

A mi corta edad no tenía capacidad de entender los acontecimientos, y al igual que al profesor Radisson, me condujo a perder la fe y la confianza en Dios, a quien empecé a culpar por la muerte de mi madre, a recriminarle porque me quitaba a la persona que más me amaba y a la que yo más amaba en esta tierra.

Este episodio trascendente para mí activó conductas autodestructivas, tales como el desarrollo de adicciones: al tabaco, a bebidas alcohólicas y otros tipos de drogas. Deterioró mi capacidad de establecer relaciones interpersonales saludables, en tanto, me convertí en una persona amargada. En estas fechas en que se celebra el Día de las Madres, ni lo disfrutaba ni dejaba que las personas de mi entorno lo hicieran.

Mi esposa tiene con vida a su mamá, entonces cuando se reunía la familia, ella y sus hermanos, se congratulaban y derrochaban alegría celebrando su día, yo por mi parte lo que hacía era, criticar, reprochar, hacer gala de mal humor, darle rienda suelta a emociones negativas, etc.. en fin, contaminando de amargura la felicidad de los demás.

Este duelo duró muchísimos años, tuvo cantidad de consecuencias dañinas, pero como siempre, llegó el día de la liberación, Dios puso un Josh en mi camino, y fue así que recuperé la fe, acepté a Jesús en mi corazón, y su Santo Espíritu puso en marcha un proceso de sanación interior, que pasó por una etapa de quebrantamiento, de pedir perdón y perdonar.

Doy gracias a Dios por que Él es bueno, siempre está presto a darnos su mano, aun cuando le hayamos ofendido.

Hoy me congratulo por la vida de todas las personas que gozan de la compañía de su progenitora, comparto su alegría, porque tengo a Dios en mi corazón y allí donde hubo amargura,  Él ha puesto amor, gozo y paz.

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