• Ago. 22, 2016, 7:42 a.m.

Uno de estos días, durante mí caminata habitual, observé cómo dos personas jóvenes, de aparente baja instrucción, blandían esa arma que es calificada de mortífera: la lengua. Libraban un combate a punta de palabras ofensivas. De igual manera, a veces en algunos medios de comunicación se lanzan calificativos insultantes contra personas que no comulgan o no se pliegan a posiciones de quién emite dichos insultos, estas personas se supone son ilustradas, con grados académicos, etc... El punto es que, pareciera que el uso de la lengua como arma para atacar con la pretensión de destruir a las personas, es utilizada independientemente del nivel de educación de quienes lo acostumbran.   

Ramas de la ciencia, diversas religiones y el cristianismo, han coincidido en advertir sobre el poder que tiene la palabra (la lengua), sea para construir o para destruir. Por otra parte, desde siempre se ha pretendido restar importancia a lo que se dice, se han popularizado refranes tales como: “las palabras se las lleva el viento”, “las palabras no tienen valor, se dicen pero no se cumplen”, etc.

El filósofo y lingüista Ludwig J. Wittgenstein enfatiza el poder destructor de las palabras cuando afirma que las palabras son como balas.

El apóstol Santiago escribe que la lengua es un pequeño miembro del cuerpo, pero causa tremendos problemas. (Santiago 3:2).

Para los cristianos es una realidad innegable que la palabra tiene poder. Con algunas variantes de forma pero con similar contenido, personas entendidas en psicología afirman que la palabra tiene un poderoso efecto en la conducta, ejerce fuerte influencia sobre quien la pronuncia y afecta a quien la recibe, penetrando en sus emociones.  Cuando las frases son ofensivas, se está ante una situación de violencia verbal.

Hay quienes restan importancia a la agresión verbal, soslayando que es tan o más grave que la violencia física. La diferencia radica en que la primera no deja evidencias visibles, pero, a pesar de ello, a veces las heridas que se abren en el alma de la víctima son más difíciles de sanar que las heridas físicas.

Amiga, amigo, falso que las palabras se las lleva el viento, por el contrario, quedan clavadas en la mente, cual clavo en la pared, por ello, hay que disponerse a que toda palabra que salga de nuestra boca, tenga un propósito principal: bendecir y nunca maldecir a quién la recibe.

Si se siembra bendición, de igual manera se cosechará bendición. La bendición revela lo que hay en nuestro corazón, es fuente de afecto, gozo, paz, y por ende de bienestar psicológico propiciando buenas condiciones de salud física.

No hay que dejarse llevar por el impulso, por el exabrupto. Toda palabra que sale de nuestra boca, antes debiera pasar por un tamiz de reflexión, si se logra, muy pronto se verán los resultados, y el entorno inmediato empezará a ser diferente, habrá más coherencia entre lo que se dice y lo que se hace,  las relaciones  interpersonales serán más sanas y se abren más posibilidades de vivir en paz y armonía con el prójimo. No hay que perder de vista lo que dice la  biblia en Lucas 6:45 “de la abundancia del corazón habla la boca.”

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