• Ago. 21, 2007, 4:32 p.m.
El primer sacramento de una derecha esculpida en la Edad de Piedra es mandar a la hoguera a Cuba y su Revolución. No ven a una república. No respetan a una nación con los mismos deberes y derechos que cualquier país del mundo, representado en la ONU, posee.

Yo no creo en estos “demócratas”. Nadie que se precie de tal, puede reducir a un Estado sólido al líquido o gaseoso de los laboratorios. Cuba es la patria de los cubanos y no un laboratorio. Ellos son seres humanos, no compuestos químicos o conejillos de indias.

Como todos los héroes están en Cuba, salvo cinco prisioneros, hasta Carlos Alberto Montaner quiso inventar uno a punto de alquimia verbal y colocarlo a la altura del Che Guevara: Luis Posada Carriles. Mejor se hubiera imaginado al Hombre Araña y podríamos haberle tomado en serio, pero ¿Posada?

Que yo recuerde, nadie quiso posar con Pinochet, Somoza, Stroesnner o Trujillo. Eran las célebres vergüenzas del continente. Pero todos quieren salir en la foto con el comandante Fidel Castro.

No sé por qué. Tampoco, para frustración de Montaner, nadie lleva la efigie de Posada Carriles en el pecho, en cambio hay cientos de almas que se convierten en banderas del Che. No sé por qué. Jack Nicholson se retrata con Fidel, Robert Redford se entrevista con él y Ted Turner pasó su tiempo con el líder cubano. Tampoco sé por qué.

Los demócratas de ficción que abundan tanto en esta vida como los de facción, exigen que uno entre ciegamente a la oscura cueva de sus diatribas. Usted lo puede comprobar: sus escritos abandonan el periodismo para enfilarse en un género indocumentado que degenera la profesión: el Imperiodismo.

El imperiodista todo lo da por un hecho. Sólo se vuelve una suerte de mosquito que disemina sus artificios para infectar con la malaria del engaño a la sociedad, sobre todo cuando ésta tiene tan bajas las defensas que ya no distingue la paja de fábrica del trigo legítimo.

El imperiodismo, como sistema, difunde sus grandes mentiras que cuando un lector o televidente llega a conocer la realidad, tras haber consumido las imágenes proyectadas como en la cueva de Platón, se aferra más a la falacia habitual, que a la verdad desconocida.

Sin embargo, nuestro siglo XXI se perfila con otra clase de demócrata: el de convicción frente al de ficción. El demócrata de convicción puede ser que no esté muy de acuerdo con todo el modelo socialista en Cuba, porque tampoco fueron los ángeles quienes crearon ese sistema, pero a diferencia del demócrata de facción, se pregunta desde las imperfecciones humanas: ¿la instauración de una “democracia” deberá pasar por montarle a Fidel Castro 467 planes y 167 atentados para asesinarle?

Por planear otra versión diferente a la democracia que se practica en Cuba, los demócratas de facción entran al terreno de la perversión: nunca dirán que quienes han intentado meter manos en la mayor de las Antillas, han compuesto para el diccionario de la Vida Real, una definición distinta a la que la Real Academia Española de la Lengua nos dice sobre tan ultrajado término: “Doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno”.

El Diccionario de la Vida Real indica que durante décadas “Democracia” significó “el efecto de inutilizar al Jefe de Estado de Cuba con armas especiales; venenos letales; explosivos plásticos; tabacos con sustancias peligrosas; granadas para ser lanzadas en plazas públicas; fusiles con miras telescópicas; agujas con venenos mortales; cohetes para bazucas y morteros…”.

Una segunda acepción de Democracia, según la RAE, es: “Predominio del pueblo en el gobierno político de un Estado”. El otro significado, en el Diccionario de la Vida Real de los demócratas de ficción es: “Si tres países de la ONU están a favor del embargo contra Cuba, (2005) tómese como decisión de las mayorías. Si los 183 restantes países del mundo votan contra el bloqueo, considérese minoría”.

Si el día de mañana los cubanos de la Isla decidieran otro rumbo, será su decisión soberana. Cuba no es la marca registrada de ninguna potencia. Cuenta con su propia bandera y no un código de barras. No es, ni mucho menos, el laboratorio donde cualquier extranjero pueda ir a colocar sus propias probetas y matraces para que termine siendo un país recetado desde la Metrópolis.

esanchez@elnuevodiario.com.ni
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