• Sept. 1, 2016, 5:36 p.m.

Según la leyenda, Rómulo fundó Roma en el año 753 AC tras matar a su hermano Remo. Los registros históricos, sin embargo, dan cuenta de algo bastante distinto: una cuidadosa planificación a largo plazo que incluyó la construcción de infraestructura y la provisión de servicios públicos, a punto tal que para el siglo
III de nuestra era ya la ciudad contaba con 11 acueductos y cuantiosos baños comunitarios, incluyendo las famosas Termas de Caracalla, y ¡más de un millón de habitantes!

La Ciudad Eterna puede dejar importantes lecciones para el futuro de las urbes de América Latina y el Caribe, que han venido creciendo fuertemente en las últimas décadas. ¿Seguirán nuestros centros urbanos expandiéndose como hasta ahora, sin un modelo de planificación urbana, desorganizadamente, generando todo tipo de problemas para sus habitantes? ¿O, con un ojo puesto en el pasado de Roma, intentarán migrar a un modelo de gestión más inteligente de una ciudad, en beneficio de sus moradores?

¿Y qué es una ciudad inteligente? Para el Banco Interamericano de Desarrollo, es aquella que pone al ser humano al centro de la planificación, con una visión de largo plazo. Es aquella que incorpora las tecnologías de información y comunicaciones en la gestión urbana, y utiliza estos elementos como herramientas para promover la formación de un gobierno eficiente con participación ciudadana. Sobre esta base de uso “inteligente” de tecnologías disponibles, se deben proyectar todos sus componentes: desde espacios públicos a seguridad, educación, salud, vivienda, energía, empleo, transporte, esparcimiento, política fiscal, infraestructura, comunicaciones, servicios, tecnología y, por último pero no menos importante, la adaptación al cambio climático.

Nuestra región ya es una de las más urbanizadas del planeta: ocho de cada 10 personas viven en una zona urbana. Para el año 2050 serán nueve de cada 10 personas. ¿Qué debemos hacer para llegar en mejores condiciones a esa fecha? Estos son, a juicio del BID, algunos de los tantos sectores, que deberían priorizarse:

Seguridad

El crimen y la violencia son uno de los problemas que más preocupan a los latinoamericanos y caribeños. No es para menos: 42 de las 50 ciudades más violentas del mundo están en nuestra región. Sin embargo, algunas de ellas han logrado revertir la tendencia, trayendo mayor tranquilidad a sus barrios mediante el uso de técnicas policiales comunitarias, el análisis de estadísticas sobre delitos para detectar zonas de alto riesgo y personas más propensas a delinquir, y, en base a esa información, desarrollar programas de iluminación de zonas peligrosas, de incorporación de los jóvenes a través deporte, de formación de micro-empresarios, entre otros.

Agua y saneamiento

América Latina y el Caribe han avanzado mucho en materia de acceso a agua y saneamiento, especialmente en zonas urbanas. Aún quedan significativas brechas entre barrios más céntricos y periféricos, pero el gran desafío para las ciudades de la región, de cara a los retos del cambio climático, es el tratamiento de las aguas residuales. A nivel regional se estima que solo se trata el 18% de las aguas negras generadas. Ante la necesidad de conservar más agua, muchas ciudades en zonas áridas y semiáridas del mundo están optando por reciclar el agua que utilizan sus ciudadanos para lavar y bañarse. En Israel, los campeones mundiales del reciclaje de agua, se reusa 80% del agua.

Movilidad

Es preciso migrar del modelo de ciudades para vehículos a un modelo de ciudades para ciudadanos, donde el ser humano sea el centro de la planificación de la movilidad urbana. Nuestro transporte público necesita ser más eficiente, tanto del punto de vista de calidad del servicio, como del punto de vista de su huella climática. Una ciudad con un tiempo de traslado entre hogar-trabajo-hogar de cerca de cuatro horas diarias, no puede ser una Ciudad muy productiva, ni ese ciudadano, muy feliz. Esto actúa como un incentivo para aumentar la flota vehicular privada (principalmente con autos usados), lo cual a su vez, impacta la congestión y la generación de gases contaminantes. Si continúa creciendo la tasa de motorización, tendremos que construir más autopistas y avenidas en detrimento del espacio público, y del cambio climático. Es preciso integrar más los espacios públicos, promover la peatonabilidad, e incorporar más bicicletas en el modelo de movilidad, para rescatar el rol del ciudadano en la ciudad.

Cambio climático

Para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU y las metas del Acuerdo Climático de París, las ciudades latinoamericanas y caribeñas deberían comenzar hoy mismo a tomar en cuenta el impacto climático de sus obras de infraestructura urbana. Tanto del punto de vista de mitigación, ya que serán las grandes generadoras de gases de efecto invernadero de las próximas cinco décadas; así como del punto de vista de adaptación, para poder tener resiliencia frente a los impactos del cambio climático (desastres naturales y otros). Para nuestros planificadores, el reto está en asegurar que las obras que se están preparando en la actualidad pueden contribuir a –o, al contrario, pueden socavar– la lucha contra el cambio climático.

Financiamiento y reforma fiscal

Todos estos planes necesitan financiamiento, algo que nunca sobra en nuestras ciudades. Esto es en parte porque los ingresos locales cubren apenas 30% del gasto municipal América Latina, contra un promedio de 60% en ciudades de países de la OCDE. Para el BID, hace falta una gran reforma que no sólo mejore la recaudación tributaria sino que descentralice la gestión de los impuestos, para que las ciudades (y los ciudadanos) tengan más control sobre sus propios recursos, además de maximizar la tecnología para efectuar una gestión “inteligente” y eficiente.

América Latina y el Caribe necesitan que sus ciudades se transformen en urbes inteligentes, con una visión de futuro, aprovechando su creatividad, su espíritu emprendedor y combinando los esfuerzos del sector público y del sector privado para darle una mejor calidad de vida a su gente, reducir la exclusión, y por sobre todo mejorar las capacidades de estas ciudades en proveer empleos dignos a sus ciudadanos.

En preparación para la tercera conferencia mundial Hábitat III a celebrarse en Quito, Ecuador entre el 17 y el 20 de octubre, este artículo forma parte de una serie que explora diversas oportunidades de innovación que podrían transformar las ciudades de América Latina y el Caribe durante los próximos 20 años. 

Esta columna fue originalmente publicada en el blog "Ciudades Emergentes y Sostenibles" del Banco Interamericano de Desarrollo BID.

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