• Nov. 10, 2016, 5:05 p.m.

Mujer que sabe latín ni tiene marido, ni buen fin. Seguramente te suene este refrán popular en México y en otros países de habla hispana que nos repetía mi abuelo en tono simpaticón cuando veía a sus nietas estudiando. ¿Tenía razón? Sorprendentemente, el nuevo informe de condiciones sociales del BID, Pulso social, muestra que el abuelo podría haber acertado: las mujeres que saben latín no tienen marido.

Durante los últimos 20 años más mujeres completaron educación secundaria que los hombres en la región. La participación de las mujeres en el mercado laboral se ha ampliado notoriamente y, de hecho, hoy en día la contribución femenina a los ingresos del hogar va en aumento, pasando de un 28% en 1996 a un 35% en 2014. Y aun así, Pulso social encuentra un interesante patrón: en América Latina y el Caribe la probabilidad de ser madre soltera no necesariamente se reduce con un mayor nivel de educación.

En nuestra región, mayor educación no conlleva matrimonio y, si lo hace, es probable que éste termine en separación. Ese es ya el caso en ColombiaEcuador y Panamá, donde el incremento de hogares con una madre soltera al frente es motivado abrumadoramente por la separación. Esto no sucede en todo el mundo: de acuerdo con la información analizada por los autores del informe, en Estados Unidos la probabilidad de criar a los hijos sin pareja, de hecho, disminuye a mayores niveles de educación.

En nuestra región, las mujeres que hoy saben latín se enfrentan a obstáculos de tipo intangible que están enraizados en el centro de nuestras sociedades, ya que al comenzar a gozar de cierta autonomía económica tienen un menor nivel de tolerancia a arraigados comportamientos patriarcales. Y entonces son ellas las que, en su mayoría, se encargan solas del cuidado de los hijos y en muchos casos también de los adultos mayores.

Más familias con una madre soltera al frente

Esto no es un tema menor, Pulso social evidencia ciertas desventajas para los niños que crecen en hogares con una madre soltera al frente, tales como menor rendimiento escolar, menor cumplimiento de la vacunación requerida e incluso retraso del crecimiento. Tal es el caso de Brasil, en donde un estudio muestra que la estructura familiar tiene una relación causal con la altura de los niños, es decir, aquellos que crecen en hogares con un solo progenitor tienen mayor probabilidad de ser más bajitos.

De ninguna manera debemos asumir que la clave para un mejor cuidado del menor es que las mujeres permanezcan casadas o en pareja. De hecho, conocida es la extensa literatura que muestra los daños a largo plazo que se presentan en los individuos que crecieron en hogares con violencia familiar o en parejas altamente disfuncionales. Lo que esta tendencia nos está mostrando es que la estructura familiar en América Latina y el Caribe se está trasformando, impactando al desarrollo de la ciudadanía.

Sin duda, resulta prioritaria la creación de políticas públicas sociales que reflejen sensibilidad a estas tendencias. Que faciliten el acceso a centros de cuidado infantil y que fomenten la participación masculina en la crianza de los hijos.

Así las cosas, creo que vale la pena reparar en lo que entendemos por buen fin. En los tiempos de mi abuelo, hubiera sido impensable que un final feliz incluyera o no matrimonio, incluyera o no hijos, incluyera independencia económica y no la presencia del príncipe. Estoy convencida que es precisamente la redefinición del final feliz un tema pendiente en la psique colectiva de nuestras sociedades. Quizás mucho ganaremos tan sólo con aceptar que, para hombres y mujeres, no hay buen fin sin un buen comienzo.

Esta columna fue publicada originalmente en el blog ¿Y si hablamos de igualdad? del BID.

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