• Dic. 5, 2016, 7:10 a.m.

En estos días reflexionaba sobre los factores que direccionan el estado de ánimo de las personas hacia positivo o negativo, erigiéndose en factor de protección o de riesgo para la salud psicológica y fisiológica de ellas. Hay quienes enfatizan la situación económica y bienestar material, otros le dan más importancia a aspectos propios de la personalidad y otros a lo espiritual.

Estos aspectos y quizá más, son necesarios para lograr lo que la mayoría anhelamos, que es una vida de calidad. Desde mi perspectiva, esto se puede lograr si el actuar se sustenta en prácticas espirituales edificadoras, un bienestar psicológico adecuado y una situación económica que contribuya a satisfacer necesidades materiales y un poco más. Para ello se necesita de personalidad caracterizada por la humildad, tolerancia y mansedumbre.

Cuando somos niños disponemos de una alta dosis de esas virtudes, por ello Jesús en Mateo 18:3 les dice a los discípulos: “En verdad les digo que si no se convierten y actúan como niños, no entrarán en el reino de los cielos”.

En la niñez el alma no acumula resentimientos, ni envidias, ni frustraciones. Es en el transcurso del tiempo y en la medida que la persona asume nuevos roles en la vida y alimenta su mente con enseñanzas erróneas, y/o pasa por experiencias amargas, que esas virtudes sino se trabajan, se van perdiendo y la persona es cada vez más vulnerable a pasar de humildad a arrogancia; de la tolerancia a la intolerancia; de la mansedumbre a la agresividad; de la felicidad a la amargura.   

Pareciera que la amargura es como el desenlace al que se llega por la falta de principios y valores espirituales fuertemente arraigados en el alma, y dejarse atrapar por antivalores que conducen a comportamientos dañinos en las relaciones interpersonales.

Por ejemplo, cuando la persona se deja llevar por la envidia y la ira al observar que otras personas tienen más reconocimiento social que ellas. Cuando no toleran que otras reciban apoyos, elogios o reconocimientos, que desde su punto de vista son ellos o ellas quienes se lo merecen. Cuando todo lo que se mueve a su alrededor es sujeto de sospechas, de desconfianzas enfermizas o cuando son atrapados por estados neuróticos, principalmente temor y la consecuente agresividad, producto de percibir amenazas, reales o imaginarias, a su estado de bienestar o a su reputación o hasta su vida. 

La amargura es una forma de depresión en la que la persona se centra principalmente en lo que hacen o no hacen las demás personas, considerando que ha sido tratado injustamente. Se siente como una víctima de una sociedad o de personas injustas que se empeñan en frustrar sus planes, lo que les hace sentir resentidos, frustrados y adoptan una actitud pesimista ante el futuro, esperando siempre lo peor.

La amargura nos aleja de Dios y atenta contra la convivencia pacífica. Para desecharla de nuestras vidas debemos recurrir al perdón. Si la amargura no se trata a tiempo se puede enquistar en el alma y hacernos la vida imposible.

La biblia en Ef. 4:30 nos instruye a ser propiciadores de convivencia pacífica: “Saquen de ustedes toda amargura, enojo, ira, y violencia. Antes sean buenos unos con otros, misericordiosos, perdonándose unos a otros, como Dios también les perdonó a ustedes en Cristo”.

Queremos saber de usted, le invitamos a escribirnos al correo electrónico crecetdm@gmail.com

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