• Feb. 15, 2017, media noche

La semana pasada escribí sobre los papás y en el proceso de hacerlo, se me vino el título de este artículo. Soy madre de tres hijos varones y desde que debuté como mamá con mi primer hijo, he batallado con el “síndrome” de la “ma-mandona”.

Tengo mucho que compartir en esta área y los que me conocen, estoy segura que ya deben estarse riendo.

Los primeros años de mi vida como mamá fueron duros por varios motivos: tres hijos varones en edades cercanas son dinamita, toda mi vida he trabajado fuera de casa, por lo tanto, el  tiempo efectivo que estaba con ellos era limitado, la paciencia no ha sido una de mis virtudes, he batallado con el perfeccionismo.

Entonces con ese combo de cosas, se pueden imaginar a la Karla con un látigo colgado de la cintura como Indiana Jones. Cuando mis hijos iban creciendo, recuerdo llegar a mi casa al final de la tarde y a veces antes de saludarlos, comenzaba a pedirles cuentas.

No sé cuántas veces en este proceso alguno de ellos con una sonrisa burlesca me dijo: “hola mami, cómo estuvo tu día”…me dejaban paralizada cuando lo hacían…seguramente fue Andrés el que más lo hizo.

He llegado a la conclusión que “ser mandonas” está en el ADN de las mujeres…sobran los chistes sobre esto. Hay un principio que dice: “Ustedes padres, no exasperen a sus hijos, sino edúquenlos en disciplina y la instrucción del Señor” (Efesios 6:4).

Pero, ¿qué significa exasperar? Según el Diccionario de la Real Academia Española, exasperar es lastimar, irritar, dar motivos de enojo. No digo que para que los hijos no se enojen no hay que regañarlos, al contrario, debemos incomodarlos, corregirlos con amor y autoridad, porque si no lo hacemos no estamos ejerciendo el mandato que Dios nos dio cuando “nos prestó a sus hijos”, (Dios no tiene nietos), para que los formemos y los amemos. Hay un principio que dice:

“Disciplina a tus hijos y te darán tranquilidad de espíritu y alegrarán tu corazón”. (Proverbios 29:17), pero a veces, sobre todo las mamás, actuamos por impulso, con una gran falta de sabiduría.

En la medida que fui entendiendo estos principios, he tratado de mejorar en esta área, pero batallo con esto.

Tan pronto tuve el título de este artículo, pensé en un ejemplo reciente de cómo estaba exasperando a uno de mis hijos. Si bien no es nada del otro mundo, me ayudará a ilustrar mi punto. A mi hijo mayor le encanta usar el cabello largo, con lo cual no tengo problema, pero no me gusta cuando alguien se ve de- saliñado. Entonces últimamente, casi cada vez que estaba con él le decía, andá cortate el pelo; tenés que darle una recortadita para que se vea mejor. ¿Creen ustedes que he logrado mi objetivo…?, pues  NO. Mi hijo tiene 24 años, pero no importa la edad que tengan; pueden tener 4 y es lo mismo. Mientras leen, sé que pueden acordarse de varias situaciones en la que ustedes han actuado de la misma a forma que yo.

¿Saben qué? exasperar es faltar al respeto.

Las mujeres podemos ser bien mandonas, unas más que otras…conozco a algunas que yo, a la par de ellas, soy un ángel; y miren que yo no he sido monedita de oro en este aspecto. También somos mandonas con nuestros esposos, pero bueno, esto será tema para otro artículo, quizá el de la próxima semana.

Las invito a reflexionar, a recordar las veces que han exasperado a sus hijos, la manera como les han hablado y los resultados que han obtenido de tanta fregadera. Pidamos, pidamos y pidamos sabiduría, para que Dios nos dé lo que se necesita para ser mamás no “ma-mandonas.” ¡Yo lo he hecho, lo sigo haciendo, funciona!, solamente tenemos que disponernos.

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