• Mar. 1, 2017, media noche

El tema de la columna de la semana pasada fue sobre la autoestima de los hijos. Un lector nos escribió para contarnos que lee la columna semanal junto a su hijo de 15 años, a quien le han parecido interesante los temas que abordamos. Nos pidió si podíamos escribir sobre las presiones que ejercen los amigos. Como la columna de El Poder del Amor es un proyecto familiar, le pedí a mi hijo Sebastián (19 años) que compartiera lo que él ha hecho, para no ceder a las presiones de los amigos. Me pareció que sería más provechoso que hablara del tema alguien joven que ha enfrentado la presión de hoy, que no es la misma de cuando yo estaba chavala. A continuación, les comparto lo que Sebastián escribió:

“La presión de los amigos es algo con lo que batallamos todos los jóvenes. Me acuerdo que cuando entré a la secundaria, lo único que le interesaba a mis amigos y a mí era sobresalir en el equipo de futbol, pero poco a poco las influencias comenzaron a aparecer; muchas veces de hermanos mayores, amigos mayores o, simplemente, la presión que te establece la misma sociedad. Comencé a tener amigos que empezaron a tomar licor, a fumar; después cayeron en drogas y así sucesivamente conforme iba avanzando la secundaria. Le doy gracias a Dios que nunca caí en ningún tipo de presiones;  nunca fumé nada, lo más que llegué a tomar fueron 2 o 3 sorbos de diferentes tragos y hasta ahí. Creo que el mínimo conocimiento de Dios que tenía en ese momento, los consejos de mis padres y la muerte por alcoholismo de algunas personas cercanas a mi familia me llevaron a tomar decisiones radicales sobre mi vida social, porque la verdad es que la presión aumentaba cada día. Decidí no probar nada de las diferentes sustancias que me ofrecían en los lugares donde iba a "bacanalear", algunas veces me quedaba en la casa, o armaba reuniones para jugar FIFA y futbol con mis amigos. Yo cometí muchos errores y tuve otro tipo de problemas que tuvieron consecuencias, pero serán temas para otro artículo.

Poco a poco conforme he venido madurando, y desde hace un año que tuve mi verdadero encuentro con Cristo, todo empezó a cambiar. Decidí dejar que Él tomara las riendas de mi vida. Me di cuenta que el motivo principal por el cual los jóvenes caemos en malas influencias es por la necesidad de pertenecer a algo; a veces hacemos diferentes cosas, con el propósito de sentirnos aceptados por un determinado grupo. Conforme he venido leyendo la Biblia, mi identidad la he encontrado en mi relación con Cristo, lo que ha traído en mí una convicción de eternidad y ha hecho que ahora piense dos veces cada decisión que tomo. Lo que yo he podido experimentar desde hace poco más de un año es que lo único que verdaderamente puede satisfacer mi necesidad de aceptación y de pertenencia es Cristo; no el alcohol, ni las drogas, ni las relaciones sexuales. Todas esas cosas brindan una satisfacción momentánea, pero realmente no llenan nuestro vacío”.

A nosotros siempre nos ha sorprendido la firmeza de carácter de Sebastián, porque muchas veces lo hemos visto tomar decisiones duras respecto a algunas amistades, en aras de mantenerse en el camino correcto. Nadie dijo que era fácil, pero se puede lograr si nos proponemos. La presión no solamente la enfrentan los jóvenes, sino que los adultos también somos presionados a hacer cosas que no son correctas. Hay un principio que dice: “No imiten las conductas ni las costumbres de este mundo, más bien dejen que Dios los transforme en personas nuevas al cambiarles la manera de pensar. Entonces aprenderán a conocer la voluntad de Dios para ustedes, la cual es buena, agradable y perfecta. Romanos 12:2”.

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