• Jul. 16, 2008, 3:40 p.m.
La historia se repite mil veces: todas como tragedia. Entre una y otra surge siempre una burbuja de ilusiones que unas veces llamamos desarrollo; otras, progreso; otras más, modernidad; una siguiente, revolución y, ya por último, globalización. Son ilusiones colectivas discontinuas, donde básicamente la clase media es la más entusiasta, bajo las máscaras de la razón, de la centralidad de todos estos proyectos.

En tiempos de paz, prosperidad y salud, la clase media es arrogante, ilusa, autosuficiente, y segura de sí misma. Es un poco parecida a esas familias que presentan las películas contemporáneas que recrean la década de los sesenta, como las que gusta recordar Steven Spielberg, con Tom Hanks en sus repartos. Bien portadita, medio ingenua, haciendo méritos ascendentes en zonas residenciales donde las casas, las cocheras y hasta las gafas que usan, son todas iguales; viendo siempre hacia arriba, donde están los grandes capitalistas.

Cuando las crisis aprietan, como en la Nicaragua de hoy, donde los bienes y servicios suben todos los días y las esferas políticas dominantes se ufanan de su cinismo y corrupción, las clases medias se desesperan con facilidad, porque son las primeras que empiezan a empobrecerse y a descender velozmente. Y empiezan a chillar. La clase media entonces se pone nerviosa, cobarde y temeraria simultáneamente, como el perro al que apalean en las teorías de la catástrofe. Uno no sabe si la siguiente vez, al patearlo, saldrá aullando con el rabo entre las piernas o se nos lanzará encima para mordernos la cara.

Hubo una época en que los marxistas decían, con cierta razón, que en el triunfo de las fuerzas socialistas o reaccionarias, eran claves la inclinación de la pequeña burguesía. Hacia donde dirigiera su aguja, las fuerzas de las clases medias urbanas y rurales, decidirían la balanza a favor de un discurso u otro. La revolución triunfaba o fracasaba. Simplezas que aún hoy no dejan de generar dudas.

No es remoto que, ante el cuadro dramático que sufrimos todos, pero que desde la cosmovisión y valores de la clase media se muestra más agudo (dejar de asistir a colegios de prestigio, retirar matrícula de universidades privadas, fumar y beber barato en sitios de segunda, comprar vestuarios reciclados, rendirse ante las deudas, aprender a mentir frente a los acreedores, espaciar visitas a cines y campings, abandonar a los amigos pobres a su suerte, viajar menos al exterior, recortar gastos para cumpleaños, renunciar al pudor y a las apariencias, como las de figurar en la lista impresa de morosos de los bancos, etc), probablemente empiecen a conspirar hacia un proyecto “democrático” sin ninguna garantía, porque también pueden quebrar hacia un proyecto fascista, combinado con algunas idioteces teóricas de moda (como las que gusta explicar el profesor Quezada), de las que estos chicos están bien enterados.

Se ha señalado con abundante argumentación el “aire de familia” del gobierno del presidente Ortega con el de Somoza o, en algunos casos, la denuncia de cómo el Orteguismo actual ha incorporado en sí mismo lo peor de los dos sistemas: el somocismo y el sandinismo de la última hora.

Pero si se trata de analogías, se debe ir hasta el fondo y el fondo es que posiblemente nazca una conspiración de la desesperación de la clase media arruinada. Ya hay muchachos y chicas de clase media, pequeños intelectuales mediatizados y cultos, que parecieran (por sus declaraciones en los medios de comunicación) estar dispuestos a construir organizaciones clandestinas y contactos de apoyo popular y agresivo, para combatir a este gobierno, incluso con apoyo de emigrados. Como se aprecian en las pantallas televisivas, con el tiempo y la maduración de sus obras organizativas, así como de sus golpes para financiarse y de las contradicciones con el gobierno, no le serán ajenos las armas y la conspiración. Y si es así, a la primera provocación, el gobierno justificará y fortalecerá sus aparatos de inteligencia y policial (que de hecho sin provocación alguna ya lo debe estar haciendo). Y de verdad, ahora sí, regresaremos al somocismo.

Pero estas guerrillas, curiosamente, a mi juicio, se parecerán más bien al Movimiento 26 de Julio, que luchaba por regresar a la constitución cubana de 1944, sólo que, en vez de ser rural, pasarán a ser estrictamente urbanos y con toda la tecnología de redes a la mano. El marxismo, sea el clásico o su variante latinoamericana, será poco convincente para estas capas (incluso muchos padres revolucionarios de estos chicos y chicas opositores, ya no son marxistas en ningún sentido) y tendrán que oírlo, más bien, de sus enemigos y aliados venezolanos, bolivianos y ecuatorianos, condenándolos como instrumentos de la oligarquía y el imperialismo.

Ejecutarán un método radical, en efecto, pero bajo bandera moderada. Una violencia puesta al servicio de fines democráticos, como quisieron hacer siempre los conservadores en Nicaragua durante sus rebeliones armadas o los “terceristas” al final de la insurrección en 1979. Probablemente habrá que ubicarlos a la izquierda del FSLN, pero programáticamente estarán en el centro.

Lo peor que le puede pasar al Presidente de la República, es que pase a la historia del país como el generador de la primera guerrilla urbana y mediática, nacida en su contra, y bautizada en su honor como Frente Antiorteguista de Liberación Nacional (FALN). Veremos, entonces, si habrá algún nuevo Mejía Godoy que le ponga música al “chilotito tierno”.

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus