• Mar. 15, 2017, media noche

Tengo semanas de andarle dando vuelta a este tema y no lograba aterrizarlo.  Me ayudó mucho una conversación que tuvimos con un par de jóvenes este fin de semana; chavalos de 24 y 26 años que están pensando en emprender un negocio.

Ambos talentosos, con fortalezas que se complementan; estudiaron fuera de Nicaragua y el haber tenido la oportunidad de salir del país les permitió experimentar otro ritmo de vida en lugares desarrollados, donde la competencia hace que uno busque permanentemente la excelencia. En la conversación se quejaban de la mediocridad del entorno y de lo difícil que es para ellos a veces, lograr objetivos con la mentalidad de algunas personas aquí.

En los años 80 me fui a vivir a Estados Unidos. Hice toda la secundaria y luego mis estudios universitarios allá. Comencé mi carrera bancaria mientras estudiaba, porque tenía que trabajar para pagar la universidad y cubrir mis gastos. Fue una experiencia dura porque estuve lejos de mi familia y me tocó forjarme sola desde los 14 años, pero me ayudó a madurar, a ser más fuerte y a no tenerle miedo a los retos. Estuve 8 años viviendo en Estados Unidos y nunca pensé que regresaría a Nicaragua. Tenía mis metas muy claras y trabajaba duro para alcanzarlas. Regresé en 1990, en un momento complicado en el país y me acuerdo que muchas veces contemplé empacar y regresarme. Ya casada y con 3 hijos, mi esposo y yo nos preguntamos infinidad de veces si debíamos migrar o criar a nuestros hijos aquí. Pensábamos en las oportunidades que ellos tendrían en otro país, para desarrollar sus talentos artísticos, deportivos y académicos; pero siempre pusimos en la balanza lo que dejaríamos: sus primos, sus abuelos, sus tíos, sus amigos.

Nicaragua es un país rico en tierras fértiles, recursos naturales, agua; tenemos playas, volcanes, montañas, dos océanos, una gran seguridad y respiramos paz. A pesar de todo eso, estoy convencida que nosotros mismos la vemos como menos. Nos vivimos quejando y maldiciendo nuestro país. Cuando nuestros hijos se fueron a estudiar fuera de Nicaragua, la gente nos decía: sus hijos ya no regresan, aquí no hay oportunidades para ellos; ¿qué van a venir a hacer aquí?

¿Qué hubiera pasado si no hubiera habido personas que, a pesar de estar muy bien económicamente, con su vida resuelta, decidieron regresar e invertir tiempo, dinero y trabajar para que ahora veamos progreso y desarrollo? ¿Cuánta gente nos hemos beneficiado del fruto de la decisión de estas personas que creyeron que podían hacer algo por su país? ¿Por qué tenemos que decir que nuestros hijos no tienen futuro en Nicaragua? ¿Por qué vamos a dejar talento nica afuera cuando aquí hay tanto por hacer?

Este abril cumplo 27 años de haber regresado, y hoy puedo decir que ya no me arrepiento; ya no estoy pensando que mi vida hubiera sido mejor fuera de Nicaragua; ya no creemos que nuestros hijos no tengan futuro aquí, si deciden regresar.

Si cada uno de nosotros se esfuerza día a día para ser una mejor persona, un mejor padre/madre, un mejor empresario, un mejor profesional, un mejor líder para cambiar la cultura de mediocridad generalizada, para rescatar los valores de honestidad y honradez; si cambiamos la palabra negativa por la positiva, la maldición por la bendición, veremos la diferencia. Hay un principio que dice “Cada uno se llena con lo que dice y se sacia con lo que habla. En la lengua hay poder de vida y de muerte…” (Proverbios 18:20 -21).  

Soñemos, construyamos, ejecutemos, experimentemos, emprendamos, seamos factores de cambio; no nos cansemos de hacer el bien porque a su tiempo vamos a cosechar, si no nos rendimos; este es nuestro país y los dones y talentos que Dios nos dio, los debemos poner a trabajar aquí. Creamos que podemos hacer algo por Nicaragua, por las personas que están a nuestro alrededor, marquemos la diferencia con nuestro ejemplo.