• Mar. 15, 2017, media noche

Estimado lector, de alguna forma James Tobin, el famoso profesor de Yale y premio Nobel de Economía, es hijo ideológico de John Maynard Keynes, conocido por todos nosotros por su famosa obra “The general theory of employment, interest and money”, publicada entre 1935 y 1936 y de la cual se deriva la famosa teoría “keynesiana”, que surge como una respuesta a la gran depresión de los años 30 y que consiste en recomendar una política fiscal contracíclica, es decir, un mayor gasto público para estimular la demanda agregada y así combatir la depresión económica.  

Por lo tanto, como discípulo de Tobin, formalmente debo considerarme como “nieto” ideológico de Keynes.  Sin embargo, viniendo de un país con una economía “pequeña y abierta”, porque no incide en los precios del mercado internacional y es extremadamente dependiente de las importaciones para poder gozar de un crecimiento aceptable y habiendo dedicado parte de mi vida profesional a la banca central, la realidad, que siempre es más fuerte que cualquier teoría, me transformó en un monetarista “balanceado”, a pesar de no haber ido a la escuela Chicago ni haber recibido clases del otro gran premio nobel y que también hizo escuela, Milton Friedman.  Recuerdo recién salido de Yale una conversación que sostuve con el doctor Roberto Incer Barquero, quien, después de escucharme un buen rato con todas mis energías de un recién graduado, me dijo: “Noelito, creo que me equivoqué al mandarte a Yale, mejor te hubiera mandado a Chicago, pero aquí vas a aprender cómo son las cosas en la realidad”.  Y así fue.

Pues bien, hago esta referencia introductoria porque todos conocemos a Keynes como el gran ideólogo de la macroeconomía, pero muy pocos lo conocemos como el inversionista que fue, tanto conceptual como profesionalmente. Conocí a Keynes, el inversionista, por medio de las clases de Jim Tobin y de su libro “Money, credit and capital”, que fue el producto final de las notas y fotocopias de sus conferencias en su curso de moneda y banca y que, por muchos años, circularon entre todos nosotros.

Para conocer y aprender de Keynes el inversionista, le recomiendo leer los capítulos 11 y 12 de su famoso libro y especialmente el capítulo 12.

Según Keynes, como Fisher, Eilliams o Graham, el valor de un activo depende del valor de los beneficios futuros descontados a valor presente y como macroeconomista nos dice que la tasa de interés, que incide en la tasa de descuento, es un elemento muy importante para incentivar o desincentivar las nuevas inversiones y que, esa tasa de interés, se puede modificar por medio de la política monetaria y que por ello la banca central puede jugar un papel muy importante en este sentido. Si todo lo demás se mantiene constante, un incremento en las tasas de interés reducirá la inversión y una baja la aumentará.

Pero volviendo al capítulo 12 y de eso es que le quiero hablar el día de hoy, Keynes nos dice que, aunque esa es la forma correcta de calcular el valor de un activo, que la “sicología” del mercado juega, en el corto plazo, un papel importante en la determinación de los precios.

Según Keynes, “nadie está dispuesto a construir algo si lo puede comprar más barato, pero algunos están dispuestos a pagar por algo más de lo que cuesta si creen que lo pueden vender por un precio mayor”. Esta es la teoría del “tonto más grande” y es el fundamento del especulador, no del inversionista.

Y por el otro lado, según el mismo Keynes, “nadie está dispuesto a pagar 25 libras por algo que vale 30 libras, si cree que dentro de poco tiempo valdrá 20 libras”.

Por eso, según Keynes, en el corto plazo, el mercado funciona como funcionaría un grupo de periodistas que, en un concurso de belleza, tiene que escoger, no a las candidatas que ellos consideren más bellas, sino a aquellas que ellos creen que la opinión general de la gente las considerara las más bellas. ¿Quedó claro de este palabrerío? Si no es así, ¡por favor, vuelva a leer el párrafo!  Este tema se ha vuelto a poner de moda entre los teóricos de las finanzas corporativas bajo el nombre de “Behavioral finance” y para lo cual le recomiendo leer “Animal spirits”, de Akerlof y Shiller, otro profesor de Yale que también ha obtenido el Premio Nobel de Economía y que como ya le he dicho, también escribió “Irrational exuberance”.   

Y por eso, según Keynes, para que los precios de los activos suban en el mercado en el corto plazo, se requiere del optimismo del inversionista (que se vuelve un poco especulador) y de los prestamistas, es decir, de los bancos y otras instituciones de crédito, pero para que los precios caigan, basta que desaparezca uno de estos dos elementos.

En resumen, según Keynes, la especulación consiste en pronosticar la “sicología” del mercado, es decir, tratar de saber qué es lo que la opinión general cree que es la opinión general. Y recordemos que, según Graham, el mercado tiene un comportamiento “bipolar”, es decir, unos días sin razón está eufórico y otros deprimido.  Y la inversión consiste en pronosticar el flujo de beneficios futuros descontados valor presente.

Y para hacer más interesante este aspecto de las finanzas corporativas, deseo concluir con las siguientes palabras de Issac Newton: “yo puedo calcular los movimientos de los cuerpos celestes —los planetas y los astros—, pero no la locura de las multitudes”.  Newton fue víctima de una “burbuja” financiera.  

nramirezs50@hotmail.com