• Abr. 3, 2017, media noche

Parafraseando a Coronel Urtecho en sus reflexiones sobre Nicaragua podría decirse que la historia del país “no ha consistido más que en la repetición de la historia vivida como guerra civil”. Si uno repasa la historia del país no se encuentra una visión de país, algún relato sobre Nicaragua como nación.

Aún en nuestros días las ideas que prevalecen reflejan la dicotomía entre el legado Habsburgo de la sociedad tradicional cuyo modelo han sido los treinta años de los conservadores después de la Guerra Civil, con su autonomía regional y municipal e ideales cristianos y el legado Borbónico de economía liberal, autoridad centralizada y pensamiento de la Ilustración.

En este péndulo ha transcurrido nuestro sectarismo político y provinciano. Si uno hojea las publicaciones de historia de los últimos diez o quince años solo se escucha el eco de la fusilería más que las preocupaciones por construir una nación. Como afirma un científico social la existencia de las instituciones políticas y de las leyes ha sido un monólogo de la “ruling class” del momento consigo misma, como un diálogo en el Teatro del Absurdo. Esta percepción es válida conforme uno se mueve hacia atrás o hacia adelante en nuestra historia.

El problema reside en que las instituciones, ya sean económicas, políticas o sociales, se generan en el proceso económico más que en el político. En otras palabras, las instituciones de la democracia son el resultado de un desarrollo económico exitoso, son endógenas al crecimiento sostenido del PIB. Cuando se han querido imponer exógenamente han fracasado. Es la diferencia entre el desarrollo social de Occidente comparado con la Europa Oriental exSoviética. Quizás uno de los descubrimientos más importantes de la humanidad ha consistido en promover el bien común o social mediante la creación de incentivos adecuados que encaucen la búsqueda del beneficio privado hacia el beneficio social. Esa ha sido, en parte, la función coordinadora del mercado y también la del Gobierno.

Como lo hemos atestiguado, la democracia en países con desigualdades muy importantes, con mercados de bienes y de factores productivos fragmentados, con un alto nivel de analfabetismo funcional solo puede representar una caricatura si no es que una farsa de la vida institucional. El ciudadano de a pie tiende a enfrentar sus problemas y sus restricciones no mediante evaluaciones racionales sino mediante el hábito, la tradición e incluso la mojigatería. Y tan infructuoso es esperar que en un medio así prosperen las instituciones republicanas como creer que las simples fuerzas del mercado, dejadas a su libre arbitrio, van a producir un desarrollo económico no solo acelerado sino también equitativo.

Hay toda una cadena de obstáculos que lo impiden: problemas de información incompleta, de inconsistencia en la aplicación de las políticas y las leyes o regulaciones, ausencia de mecanismos de coordinación en los esfuerzos con el resultado de equilibrios múltiples en los objetivos, dependencia de las condiciones iniciales, es decir que las personas han internalizado las restricciones y limitaciones en la forma de autoderrotismo, apatía, temor al fracaso, aversión extrema al riesgo, pesimismo y cortoplacismo. Las personas y agentes económicos descuentan muy rápido el futuro y se sumergen en un permanente corto plazo.

La alternativa a este subdesarrollo es el diseño y aplicación de una estrategia económica que persista a través del tiempo y sostenida mediante una estructura adecuada de incentivos fiscales, crediticios, regulatorios, informativos y organizacionales. En eso han consistido los llamados milagros económicos que, más que milagros, son el resultado de esfuerzos cooperativos donde el tiempo ha jugado un papel importante.

“Un país bastante lento –replicó la Reina-. Lo que es aquí, como ves, hace falta correr todo cuanto se pueda, para permanecer en el mismo sitio. Si se quiere llegar a otra parte, hay que correr por lo menos dos veces más rápido” (Lewis Carroll – A Través del Espejo).  Nuestro problema es que no solo permanecemos en el mismo sitio sino que hemos retrocedido a juzgar por los Indices de Competitividad, en el Costo de Hacer Negocios, en el de Pobreza, Educación, Salud y Evolución Institucional.

Dupliquemos o tripliquemos los esfuerzos de productividad al menos para permanecer en el mismo lugar en la globalización.

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