• Abr. 10, 2017, media noche

Raúl y Velia Obregón

Para nosotros, la primera semana de abril está signada por lo que consideramos el dolor más profundo que un padre o una madre puede experimentar, tal es la desaparición física de un hijo. El pasado 6 de abril se cumplieron 20 años de la partida de este mundo de nuestro hijo. Muchos anocheceres y amaneceres transcurridos; diluvios de lágrimas derramadas.

Hoy queremos decirle a toda persona que ha perdido a un ser querido, especialmente hijos, que el duelo como etapa de un proceso tiene fin, pero el amor y el recuerdo mediante el cual mantenemos el vínculo indisoluble con nuestro ser querido siempre están presentes.

Amiga, amigo, desde nuestra experiencia personal le aseguramos que la vida no termina con la muerte, su ser querido no ha muerto, él o ella está vivo (a), porque muere quien se olvida y Ud. con toda seguridad nunca le olvidará.

Tan cierto es esto que la Biblia en Juan 11:25 recoge las siguientes palabras de Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.   

Indiscutiblemente la pérdida de un ser querido, más aun cuando el deceso es inesperado, representa uno de los mayores retos que el ser humano pueda enfrentar. En los primeros momentos y por un tiempo, nos embarga la confusión, la no aceptación del acontecimiento, el dolor profundo e indescriptible.

Todos reaccionamos de forma diferente a la muerte y echamos mano de nuestros propios mecanismos para sobrellevar el dolor que esta conlleva.

La experiencia enseña que el paso del tiempo permite a la mayoría de las personas recuperarse de la pérdida, mejor aún si cuenta con el apoyo debido, tanto espiritual como del entorno social.

Las primeras horas, los primeros días, semanas, meses… son los más duros, nosotros durante esa etapa nos agarramos del manto de Jesús, y a pesar que no teníamos esa relación personal tan especial que logramos establecer con Él 5 años después, estuvo con nosotros, dándonos aliento y fortaleza.

En esos primeros momentos, la oración de la serenidad aprendida en la niñez fue nuestra fuente de fortaleza espiritual para mantenernos en pie:

Señor, deme serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las que pueda y sabiduría para distinguir la diferencia.

Durante cinco años nos rehusamos a aceptar lo que estaba ocurriendo, actitud que nos condujo a un estado de aislamiento del entorno social y familiar. Esta etapa llegó a su fin cuando tuvimos nuestro encuentro personal con Jesús, contexto en el cual lo primero que hicimos fue pasar de negación a aceptación y darle gracias a Él por la vida de nuestro hijo, iniciando con ello el proceso de sanación.

Amiga, amigo, si enfrenta el dolor profundo que produce la pérdida de un ser querido, le instamos a invitar a  Jesús a su vida, Él pondrá un bálsamo de amor en su corazón, le dará fortaleza para sobrellevar su pérdida y más aún le mostrará que la vida no termina con la muerte y que su ser querido vive. Dígale, Jesús mío, yo le acepto como mi señor y mi salvador, le entrego el dolor y sufrimiento que me embarga.

Queremos saber de Ud., le invitamos a escribirnos al correo electrónico crecetdm@gmail.com

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