• Abr. 10, 2017, media noche

La función principal del sistema de precios es coordinar las decisiones del conjunto de empresas, trabajadores, y consumidores. Sin embargo, cuando los mercados no existen, como por ejemplo el crédito de largo plazo en Nicaragua, o cuando son segmentados, como es el salario mínimo, dichos mercados pierden su función coordinadora generando distorsiones o mercados fallidos, debido al riesgo en el mercado crediticio, y a negociaciones ineficientes respecto al salario, que ha llevado a una fragmentación artificial del mercado de trabajo.

Las consecuencias de estas distorsiones afectan seriamente a la economía; sesgan la inversión, por la falta de financiamiento, e incrementan la informalidad en el mercado de trabajo. La distorsión en este mercado pone en evidencia otros dos problemas, primero, el desgaste de esfuerzos de la patronal, la gremial, y la gubernamental al dedicarle tanto tiempo a negociar políticas ineficientes, y, segundo, como resultado, lleva a un uso sub-óptimo de la inversión. Todas las economías presentan estos problemas, pero en países como el nuestro el problema reviste una importancia capital ya que afecta el crecimiento económico en una magnitud  considerable.

De los mercados más afectados está el financiero donde es más obvio el prevalecimiento de la información incompleta. En economías con un mercado de valores muy incipiente el principal mecanismo para movilizar recursos y diversificar el riesgo son los bancos, a través del crédito. Sin embargo, en el país el crédito se caracteriza por el racionamiento debido a problemas de información: existe el riesgo moral (default) , ya que el acreedor no conoce bien las intenciones o capacidades del deudor; esto lleva al racionamiento vía elevadas tasas de interés o elevados colaterales, de manera que sólo los proyectos más arriesgados pueden aceptar. Este mecanismo, a su vez, sólo ha transformado el riesgo moral en el riesgo de selección adversa. Nuevamente se cae en una trampa donde el financiamiento de la inversión no existe.

Países como los Este Asiático solucionaron este problema con la creación de Bancos de Desarrollo, lo que fue toda una innovación financiera e institucional. Los dotaron de recursos y les asignaron una multiplicidad de funciones: una elevada capacidad de planeación de proyectos, una amplia experiencia en el conocimiento de los mercados, y un sentido ético muy alto del servicio público. Establecieron metas de cumplimiento a los sectores favorecidos, principalmente metas de exportación, o economías de escala en la producción, y generaron un crecimiento económico sostenido (todo un tributo a las ideas de Prebisch y de Rosenstein-Rodan).

Por la misma época, los años sesenta, Latinoamérica también fundó Bancos de Desarrollo, aunque no se establecieron metas de cumplimiento, se olvidaron de exportar, produjeron para mercados domésticos estrechos que no permitieron alcanzar el nivel óptimo de empresa, y la industrialización se atrofió. Asia se industrializó rápidamente, Latinoamérica persistió en su dependencia histórica de las materias primas, agravada por problemas de identidad ideológica.

Nicaragua ha sido un caso singular. El país sacrificó sus ventajas comparativas al entrar al Mercado Común, llegando al extremo de producir superávit externo con el resto del mundo, por las mejoras tecnológicas en el café, el algodón y la ganadería, y utilizaba dicho superávit para financiar sus déficits comerciales con Centroamérica, en vez de financiar su industrialización. Propiamente, en el país no han existido Bancos de Desarrollo, sino una serie de fondos de fomento, fragmentados, sin un plan de acción, sin un modelo de desarrollo, con un servicio público (la burocracia) muy deficiente, con escasez de recursos, y plagados con todo tipo de riesgo moral, erradas políticas crediticias.

Estos casos ejemplifican por qué hay países prósperos y países que se atrasan. Pequeñas diferencias en las condiciones iniciales crecen exponencialmente con el tiempo y conducen a equilibrios múltiples. Países descolonizados, con una estrategia económica similar (la sustitución de importaciones), con instituciones parecidas como Bancos de Desarrollo y, no obstante, con resultados diametralmente opuestos. Esto ilustra la importancia de las condiciones iniciales y su quiebre vía políticas inteligentes. Corea del Sur era más pobre que Nicaragua, y Singapur era más pobre que Corea. Y hoy los asiáticos son ejemplo de desarrollo con equidad mientras el país se sigue debatiendo en las trampas de la pobreza.

En los estudios sobre productividad en el país, la productividad del capital es alta, la del trabajo es ligeramente negativa, y la productividad promedio del país es altamente negativa. Otro indicador es la relación capital-producto. El promedio para Nicaragua es de 6.6, de acuerdo las Cuentas Nacionales, mientras en países con igual ingreso per-cápita es de 3.5.

Ambos indicadores evidencian una elevada ineficiencia en el uso de los recursos productivos, en especial la inversión. Estas ineficiencias son el resultado de fallos de mercado y fallos de gobierno, y demandan un golpe de timón, una reforma estructural que podría elevar el PIB en un 2% por año, quizás más con un buen modelo de desarrollo que se base en la reformulación de las características internas del país.

Nuestra economía, con su calma bucólica y su aparente tranquilidad oculta muchas contra-corrientes que pasan su factura con el tiempo. Tom Sargent, afamado economista, decía que no hay que cometer el error de Santo Tomás que creyó lo que veía. Hay que buscar más profundo, como en el psicoanálisis, para diferenciar causas y efectos.

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