• Abr. 12, 2017, media noche

En las últimas dos semanas, me ha tocado platicar con dos jóvenes muy cercanos a mí. Fueron conversaciones separadas, nada tiene que ver uno con el otro, pero ambos han sido un tanto difíciles; un poco rebeldes, desobedientes, retadores. Ambos vienen de hogares disfuncionales por distintos motivos, lo cual no necesariamente, es la causa de sus comportamientos. Hay padres que tratamos de hacer lo mejor para educar a nuestros hijos, con firmeza y con amor; pero a pesar de ello, cada hijo tiene su temperamento, su personalidad y a veces deciden tomar el rumbo contrario al que les hemos enseñado y nos quedamos perplejos, preguntándonos ¿Dónde nos equivocamos? ¿Talvez si hubiéramos hecho esto o aquello...?

Una vez le dije a mi esposo: ¿se vale que te caigan mal tus hijos?, no recuerdo que me dijo, pero su mirada fue suficiente; también nosotros podemos caerle mal a ellos.

A veces se nos olvida que son seres humanos y cometen errores igual que nosotros.

Los amamos con un amor indescriptible, entonces es lógico que querramos lo mejor para ellos. Nuestro deseo es que se comporten correctamente todo el tiempo, entonces, cuando hemos tratado de ser buenos padres, y aun así los hijos hacen cosas que los pueden perjudicar, nos preocupamos, nos llenamos de temor, lo que en algunas ocasiones, nos lleva a lanzar palabras de las que luego nos arrepentimos. Si los comportamientos se repiten, terminamos esperando lo malo siempre.

En las conversaciones con estos dos jóvenes, me llamó la atención que reconocen su mal comportamiento y sus decisiones erradas, pero ambos me dijeron “yo no soy una mala persona”. Me dolió el corazón. Me hizo recordar una conversación que tuvimos con un psicólogo, a quien hemos recurrido cuando sentimos que necesitamos el consejo de un experto para manejar alguna situación con nuestros hijos. Ese día, al final de la sesión, nos dijo algo que hasta el día de hoy lo tenemos muy presente: “no se den por vencidos con sus hijos”. ¡Ala! Verdaderamente nos impactó el mensaje.

Darse por vencido con un hijo significa esperar lo malo siempre; si cometen un pequeño error lo hacemos del tamaño de una montaña, y además se lo echamos en cara quien sabe por cuánto tiempo; no somos capaces de darles un voto de confianza “porque nos van a fallar”.

Ser padres es para toda la vida, no se aceptan renuncias en el camino. Y esto no quiere decir que andemos detrás de ellos como si fueran unos niños...significa que aunque ellos cometan errores, tomen malas decisiones, repitan comportamientos indebidos, debemos estar ahí para ellos cuando sufran las consecuencias de sus acciones, sin reproches.

Platicando con una amiga el otro día sobre lo difícil que es ser padres, me puse a pensar en esto... que dicha que Dios no es como nosotros; Él nunca se da por vencido y siempre, siempre, siempre espera lo mejor, aunque hallamos fallado una y mil veces.

En la parábola del hijo pródigo hay una parte que dice: “Todavía estaba lejos cuando su padre lo vio y se compadeció de él; salió corriendo a su encuentro, lo abrazó y lo besó”. (Lucas 15:20). Esto me dice que el papá siempre lo estuvo esperando, porque lo vio cuando todavía estaba lejos... este es uno de los ejemplos más grandes de amor que yo conozco. Este papá nunca se dio por vencido, confió, tuvo fe que su hijo iba a regresar.

Seamos más como este papá, esperemos lo mejor de nuestros hijos; no importa que se equivoquen y cometan los mismos errores. No nos cansemos de declarar palabras de vida sobre ellos; veamos con ojos de fe cómo encuentran el camino correcto, y cómo Dios trasforma sus vidas por medio del poder que tienen nuestras oraciones. Es un gran reto pero la recompensa no tiene precio.

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