• Abr. 17, 2017, media noche

Esta es una de las áreas más controversiales en la sociedad, aunque ahora ya no se discute la importancia de las instituciones y la intervención del Gobierno en la economía. Ahora lo que se busca es cómo lograr una intervención que lleve a la eficiencia económica con equidad social.

Un estado fuerte, en el sentido de un estado eficiente, ha sido la estrategia de varias experiencias de crecimiento exitosas. Se entiende por eficiencia una política económica que busca equilibrar los costos y beneficios sociales  en la economía. Por ejemplo, un estado débil significa que no tiene capacidad de establecer objetivos de largo plazo, está predispuesto a la influencia de los grupos de presión y más bien promueve las distorsiones en la economía al favorecer la creación de rentas monopólicas a grupos determinados. Estas rentas son la principal fuente de fallos de mercados.

La distinción principal entre el estado eficiente y el ineficiente no reside en la extensión de la intervención gubernamental sino en su calidad. En el subdesarrollo los problemas de información asimétrica y de mercados incompletos se deben a un fallo de coordinación del Estado, en especial si está promoviendo rentas monopólicas; a nivel macroeconómico, la falta de complementariedades en la inversión, como es la ausencia de clusters o aglomeraciones de empresas productivas que se complementan en forma vertical u horizontal, es también evidencia de fallos gubernamentales. Esto explica el fracaso del salto cualitativo de la economía agraria a la industrial o a la de servicios tecnológicos. Las empresas financieras se encuentran limitadas en su capacidad de diversificar riesgos y movilizar capital financiero hacia inversiones de larga gestación, elevados rendimientos, y alto riesgo.

Uno de los problemas que ha plagado los planes de desarrollo en Latinoamérica, y Nicaragua es un ejemplo, ha sido la inconsistencia de las políticas económicas, cuyos incentivos al carecer de rendición de cuentas se convierten en rentas perpetuas a los grupos privados de interés. Al contrario, en el Este Asiático los incentivos se han asociado al uso de reglas preanunciadas de desempeño. Por ejemplo, el crédito selectivo se vinculó a metas de exportación. Con este instrumento se aseguraron la disciplina necesaria, a través de la competencia externa que estimuló un aprendizaje rápido en las empresas así como el desarrollo de una conciencia de los costos y calidades demandadas. En nuestros países abundan los fallos de mercado y de Gobierno en el sector externo. Vemos una Zona Franca incapaz de transmitir tecnología al interior del país, en gran parte debido a la falta de mano de obra bien entrenada, que no está solo basada en salarios baratos, se carece de un instituto politécnico que entrene dicha mano de obra, se carece de información “inteligente” sobre los mercados externos, de créditos que apoyen al exportador, de programas de cobertura de riesgos.

La dificultad estriba en identificar los factores que determinan el compromiso “desarrollista” del Estado o incluso la formación adecuada de coaliciones políticas.

Esta situación revela un problema importante de acción colectiva cuya falta de resolución inhibe el progreso en nuestros países. De nuevo, en el Este Asiático hay muchos factores que ayudaron a la resolución: la formulación de metas de desarrollo con prioridades bien claras y ausencia de dilemas al estilo del “dilema del prisionero”, es decir nadie da el primer paso porque nadie más lo hace (fallo de coordinación). Se establecieron mecanismos distributivos como una reforma agraria exitosa, expansión generalizada de la educación de alta calidad así como de la salud. Estos mecanismos de inclusión facilitaron la adopción de los cambios que la economía demandaba con el apoyo de grupos que aislaron el radicalismo laboral y la apatía de la pequeña burguesía. Fue una forma exitosa de evitar la ineficiencia del “dilema del prisionero”.

En cambio, cuando se da un crecimiento con desigualdad la sociedad se polariza y vuelve intratable la construcción de consensos sobre la adopción de políticas que son necesarias. Estas deficiencias se refuerzan cuando el servidor público o el burócrata carece de incentivos competitivos en el mercado de trabajo de manera que su “captura” por intereses privados o grupos de presión es un hecho generalizado. La teoría general de la burocracia así lo ha demostrado y en el país esta distorsión es más que evidente.

Aristóteles pensaba que buenas leyes hacen buenos ciudadanos. Maquiavelo aconsejaba al Príncipe que era mejor ser odiado que amado y le recordaba que el bien nace del mal. El economista sostiene que son los incentivos, los instrumentos de premios y castigos, los que producen la eficiencia económica, la justicia social, y los estados fuertes.

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