• Abr. 24, 2017, media noche

Vivimos tiempos difíciles a nivel mundial, los medios de comunicación masiva dan cuenta de conflictos por todas partes, como siempre países poderosos recurriendo a lo que mejor saben usar, la fuerza, para someter directa o indirectamente a los más débiles.

Este comportamiento de los poderosos no es propio de nuestro tiempo; en la época que Jesús transitó por esta tierra, el Imperio romano hacía de las suyas sojuzgando a los pueblos, impulsado por la avaricia de poder extender sus dominios y apropiarse de recursos que no le pertenecían.

Sin embargo, Jesús tenía claro que la lucha no era contra sangre y carne (poderes terrenales), sino contra principados, contra potestades, contra huestes espirituales, Efesios 6:12. Por ello, el campo de batalla fue, es y será la mente y el corazón de las personas.

Jesús no utilizó armas para destruir vidas, la única ocasión en que salió a relucir un arma blanca fue durante su captura, cuando uno de sus acompañantes cortó la oreja de uno de sus captores, la reacción del Maestro del Amor fue ordenar que se guardara dicha arma y sanar al lesionado.

Jesús sabe que la única manera de vivir en paz y en armonía, a nivel individual y colectivo, es sustituyendo odio por amor; envidia y egoísmo por solidaridad; ira y agresividad por mansedumbre, es decir, transformar ciudadanos del mundo que odian, que son envidiosos, egoístas, iracundos, amargados, etc., en ciudadanos del Reino de Dios, que son amorosos, solidarios, pacíficos y mansos de corazón, como es Él.

Jesús enseña que las personas no deben dejarse llevar por la envidia y la ira al observar que  otras tienen más reconocimiento social que ellas. Que no sean intolerantes con quienes reciban apoyos, elogios o reconocimientos, que desde su punto de vista son ellos o ellas quienes se lo merecen; que no es cierto que todo lo que se mueve a su alrededor es sujeto de sospechas, de desconfianzas enfermizas; que no se dejen atrapar por la agresividad.

Cuando Jesús dice: arrepiéntase que el Reino de Dios ha llegado, nos está instando a renunciar a toda miseria humana (envidia, egoísmo, ira, odio, amargura, avaricia, etc.),  que son propiciadoras de infelicidad, destrucción, división, etc., y nos invita a ser portadores e irradiar amor, paz y armonía.

Jesús quiere que seamos constructores de puentes y nos alejemos de la confrontación y de las guerras. Su fórmula se encuentra entre otros pasajes en Juan 4:7, cuando le pide agua a una mujer de Samaria, (los judíos y samaritanos no se llevaban), establece un diálogo con ella, en donde nos muestra que Él es un constructor de puentes, y para ello: acepta a la persona tal cual es; permite que ella le atienda dándole agua, y Él le atiende a ella ofreciéndole vida eterna; Él transmite amor, compasión y paz.

Jesús respetaba y apreciaba las diferencias; para Él lo importante era que hubiese amor, porque el amor corrige rutas, tranquiliza estados emocionales negativos, proporciona sabiduría y lucidez de pensamiento, aniquila la envidia, el egoísmo y el odio. El amor nos hace constructores de puentes y nos aleja del mar tormentoso de la confrontación, propicia la equidad a pesar de todas las diferencias.

Queremos saber de Ud., le invitamos a escribirnos al correo electrónico crecetdm@gmail.com

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