• Abr. 27, 2017, media noche

Tenemos tres hijos varones entre los 19 y 25 años de edad. Mi esposo y yo nos pusimos de acuerdo para educarlos bajo principios y valores cristianos, tratando siempre de tener unidad en nuestra postura ante ellos, y ante situaciones que nos ha tocado enfrentar. Desde muy temprano en la primaria, los motivamos a estudiar para aprender y sacar buenas notas; pero para nosotros fue más importante que ellos desarrollaran sus dones, sus talentos, pero sobre todo, que aprendieran a amar, a respetar y a servir a los demás. Cuando estaba pequeña, tenía unos amigos que si sacaban excelentes calificaciones tenían licencia para hacer lo que quisieran. Para el papá, la prioridad era que fueran buenos alumnos.

En mi vida profesional que ha sido corporativa, he tenido jefes y he tenido líderes; he podido experimentar claramente la diferencia entre unos y otros. Yo misma he estado por muchos años en posiciones de liderazgo, donde me ha tocado poner en práctica esos principios que les hemos inculcado a nuestros hijos. El mundo le pone un gran peso a la inteligencia, la capacidad de ejecución y a la preparación académica; si producen resultados, no importa a costa de qué lo hagan. Un poco la mentalidad del papá de mis amigos, si sacan buenas notas pueden hacer lo que quieran.

Aunque en el área profesional no tengamos posiciones de liderazgo, si tenemos hijos, tenemos esa posición en casa; y dependiendo de cómo la ejerzamos, veremos resultados positivos o negativos. Me impresiona ver como personas que maltratan y le faltan el respeto a sus hijos y/o subalternos, esperan obtener resultados positivos. Tal vez en el momento lo logran, pero en el mediano y largo plazo no será el caso; además, los efectos que produce en las personas un padre o un jefe maltratador son terribles. El éxito del liderazgo no está en la faja o en el látigo, está en el amor.

He leído bastante sobre este tema por los roles que me ha tocado jugar, como madre y como ejecutiva de alto nivel; todo lo que pueda aprender para mejorar es valioso. John C. Maxwell es un escritor que tiene libros y videos con enseñanzas sobre esto, consejos sabios basados en principios. Material y recursos hay de sobra, lo que nos falta a veces es voluntad. Lo más fácil es decir, así soy y así doy resultados.

Obviamente, esta actitud es egoísta, porque no estamos pensando en las personas a nuestro alrededor; simplemente no nos queremos incomodar, porque cambiar patrones de conducta no es fácil.

Los líderes de verdad respetan y honran a los demás. De lo que he aprendido y tratado de llevar a la práctica, y además experimentado en carne propia, los líderes de verdad:

1    Escuchan antes de hablar

2    Valoran las relaciones personales

3    Controlan sus emociones

4    Son capaces de alentar a otros

5    Se interesan por las necesidades de los demás

6    Transmiten conocimiento y ayudan a sus subalternos a superarse

7    Reconocen los logros y saben cómo tratar los errores

8    Administran la crisis de manera positiva

9    Atacan el problema, nunca a la persona

10 Cumplen su palabra

11  Predican con el ejemplo

12 Sirven antes de ser servidos

Todo se resume en esta frase: “Lo que eres precede a lo que haces…  El liderazgo comienza en el corazón”. John C. Maxwell

Nuestro modelo a seguir para ser verdaderos líderes debería ser Jesús. Él nos dio la clave en Mateo 10:43-45 “… El que quiera ser líder, deberá servir a los demás; y el que quiera ser el primero, deberá ser esclavo de los demás. Pues ni aun el Hijo del Hombre vino para que le sirvan, sino para servir a otros y para dar su vida en rescate de muchos”.

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