• Mayo 1, 2017, media noche

La Asamblea de Primavera del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial ha dejado la huella del presidente Trump al omitir todas las formas de rechazo al proteccionismo. ¿El proteccionismo es bueno? ¿Es bueno el libre comercio?  ¿Bueno para quién?

Nadie discute los beneficios de un comercio que se apoya en las ventajas comparativas. Un país exporta los bienes que produce con menores costos que los de sus socios comerciales. Si el país tiene recursos naturales y mano de obra barata la lógica del libre comercio lo lleva a especializarse en la producción de bienes intensivos en dichos factores. El socio comercial seguirá la misma lógica aunque posea ventaja absoluta en todos los bienes. Podría ser el caso de Nicaragua versus un país industrializado. ¿Cuál es el problema con este enfoque del comercio? Si bien hay una ganancia en eficiencia económica entre los países que comercian también hay un problema respecto a la distribución de esa ganancia. El comercio internacional redistribuye las ocupaciones y esta redistribución de ingresos es la otra cara de las ganancias del comercio donde unos ganan y otros pierden.

En la actualidad, este resultado de ganancias y pérdidas se complica con los resultados de la revolución tecnológica en curso que también redistribuye las ocupaciones. El problema se presenta porque estas pérdidas ocupacionales ya no son transitorias como lo fueron con los cambios tecnológicos de comienzos del siglo XX. Las pérdidas ocupacionales son permanentes. Las investigaciones económicas han confirmado estos resultados. El supuesto en el libre comercio de que los trabajadores se moverían de una industria a otra como consecuencia del intercambio comercial oculta el verdadero problema. Por ejemplo, las importaciones de China no han llevado a una movilidad de los obreros americanos a otras industrias sino que los han expulsado del mercado de trabajo y creado vastas zonas de estancamiento económico. El llamado China Shock se ha concentrado en el cinturón industrial. A través de la globalización los bienes se mueven de una frontera a otra, pero los trabajadores carecen de movilidad ya no entre fronteras sino a lo interno de sus propios países.

¿Cómo resolver el conflicto? Una alternativa es estimar por un lado las ganancias de eficiencia por el comercio y por el otro, los costos de la redistribución del ingreso.  Una aclaración importante es que para las empresas los costos se refieren a los costos contables, en cambio el economista se refiere a los costos de oportunidad de los factores que son parte del intercambio, también llamados costos sociales. En otras palabras, el costo de un trabajador es lo que ganaría en su mejor empleo alternativo. Si está en un sindicato su salario es el negociado con la empresa, en cambio para el economista sería el salario que devengaría en un mercado competitivo. Sería su salario sombra, el verdadero costo para la sociedad no para la empresa. 

Estimar las ganancias de un comercio más libre difiere mucho dependiendo del grado de protección o del nivel de la tarifa aduanera. Para un país con una tarifa promedio de 40% recortarla a un 10% significa una buena ganancia redistributiva; al contrario, recortarla de 10% a 5% significa un costo muy elevado. Esto se debe a que la tarifa tiene un efecto no lineal en la distorsión económica (la distorsión es igual al cuadrado de la tarifa). En este sentido, para un país como los Estados Unidos recortar la tarifa (cuyo promedio ya es muy bajo) implica un costo enorme en la redistribución comparado con la ganancia en eficiencia y se sacrificaría mucho el bienestar social. En cambio, para un país como Nicaragua recortar la tarifa superior al 10% podría representar una buena ganancia redistributiva y un mejoramiento en el bienestar de la sociedad. 

Lo que está en el centro de la discusión entre proteccionismo y libre comercio o en una reforma comercial es un problema de justicia redistributiva. Si el concepto de justicia redistributiva choca con el desempleo prolongado que ocasiona el libre comercio este difícilmente va a prosperar. Por supuesto, si la innovación tecnológica ocasiona un  problema similar una de dos: se espera que el largo plazo realice los ajustes automáticamente o se echa mano de la espada de Alejandro Magno para cortar ese nudo gordiano. Como bien señalan los estudiosos del tema, las ganancias de quitar restricciones al comercio produce rendimientos decrecientes a medida que el comercio es más libre. Al eliminar restricciones determinados grupos de exportadores se beneficiarán mucho pero las pérdidas para otros grupos serán enormes. 

Entonces, ¿es bueno el libre comercio? La respuesta es relativa. La política económica tiene como objetivo el bienestar de todos. Si las ganancias del comercio permitieran compensar a los perdedores (vía transferencias fiscales) y aún mantener un beneficio razonable, en esas condiciones no hay duda que el libre comercio sería beneficioso para todos. 

A Abraham Lincoln, primer presidente republicano, se le atribuyen las siguientes palabras: “No sé mucho sobre aranceles, pero sí sé una cosa: Cuando compramos productos manufacturados en otro país, recibimos los productos y el extranjero recibe el dinero. Cuando compramos los productos manufacturados en nuestro país recibimos el producto y también el dinero”. Apócrifas o no estas palabras, sería un error trivializar  el dilema solo enfocándolo en términos de las ventajas comparativas. Todos los países desarrollados han utilizado el mecanismo de la protección para apoyar su desenvolvimiento y proteger su mercado de trabajo. No repitamos las inequidades sociales descritas por Dickens.

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