• Mayo 3, 2017, media noche

Tengo rato de andar pensando en este asunto de la identidad, y talvez soy un poco atrevida al escribir sobre esto. Es un tema profundo que no es fácil de transmitir. En lo humano, nunca me he considerado una persona con problemas de identidad. Mi papá y mi mamá hicieron un buen trabajo al respecto. Sin embargo, en el ámbito espiritual, me ha tomado tiempo entender cuál es mi verdadera identidad y hasta hace poco logre “digerir” esta verdad.

En Semana Santa pasamos unos días en Little Corn Island. Mi suegra nació en Corn Island, donde ella es muy querida. Desde que salimos del avión la gente la va saludando; el personal de la aerolínea, los taxistas, los pangueros, las señoras que venden pan, etc. Mi esposo y sus hermanos hacen chiste que cuando aterrizan en la isla se convierten en Jackson (el apellido de mi suegra). Uno de los días, mi esposo y yo decidimos desayunar en un lugar donde caminamos. En el trayecto, encontramos algunas personas que mi esposo saludó; al inicio saludaban educadamente pero un poco distantes, pero cuando él les decía que era hijo de Miss Edith, automáticamente les cambiaba la cara y se dirigían a nosotros con una gran cordialidad. (Tenemos años de ir a Corn Island y siempre ha sido así; yo trabajé un tiempo para una empresa pesquera y cuando me tocaba viajar... desde que me bajaba del avión ya no era Karla Icaza, si no, la nuera de Miss Edith; las personas querían hacerme favores, tener alguna fineza, no por mí,  sino por ella). Cuando veníamos de regreso del desayuno, mi esposo me dice: me encanta decir que soy hijo de mi mamá (no solo por lo de Corn Island, si no, por el trabajo formativo que ella hizo en sus hijos). Le dije, eso que acabas de decir es tema de un artículo… no estaba clara cuándo o para qué lo iba a usar, pero resultó un ejemplo perfecto para esta ocasión.

Hace un tiempo, andaba preocupada porque teníamos que pagar la universidad de mi hijo, y no veía de dónde íbamos a sacar el dinero para hacerlo. Le pedí a una amiga que orara por mí porque tenía asfixias de la ansiedad; después de orar ella me dijo: ¿por qué te preocupas si sos hija de Dios…Tu padre dice que Él suplirá todas tus necesidades conforme a sus riquezas que son abundantes… (Filipenses 4.19). Me tranquilicé con la oración pero no terminé de apropiarme de esa verdad. En la medida que he venido encontrando las promesas que están en la Biblia, e intensificando mis momentos de oración, he podido “vestirme” con esa identidad de la que hablaba mi amiga.

En los últimos años, he podido apreciar claramente lo que sucede en lo natural cuando enfrento situaciones difíciles como la hija de Dios, y no como Karla Icaza. Cuando estuve en quimioterapia hace dos años, y no sufrí todos los efectos colaterales del tratamiento, una amiga me dijo: “es que vos tenes pata con el de arriba”. Me dio mucha risa; pero no es que tenga pata con el de arriba, es que ahora yo sí creo que soy hija del que sana, del que provee, del que abre puertas, del que restaura, del que protege. La clave está en que creamos esa verdad. 

Así como mi esposo camina por las calles de Corn Island diciendo que es hijo de Miss Edith, de la misma manera nosotros deberíamos caminar por este mundo sabiendo de quién somos hijos. “...a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios”. (Juan 1.12-13). 

No me tienen que creer, hagan la prueba y verán lo que sucede.

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