• Mayo 10, 2017, media noche

En la columna de la semana pasada les decía que somos hijos de Dios, y que deberíamos transitar por este mundo sabiendo cuál es nuestra verdadera identidad. Los animaba a probar lo que yo ya he experimentado. Cuando hablamos de identidad, hablamos de padre y por ende, hablaremos de herencia. Cabe señalar que las herencias no solamente son de cosas materiales; heredamos costumbres, valores, tradiciones, temores, adicciones, enfermedades, temperamentos, rasgos físicos, etc.

Nací en casa de mis abuelos paternos, mi abuelo falleció cuando yo tenía dos años, pero continuamos viviendo con mi abuelita hasta que yo tuve como 10 años. Mi mamá trabajaba fuera de casa, entonces nos criamos con mi abuelita, quien fue una súper ama de casa.

Los primeros años de mi formación, ella fue mi mayor influencia. Marcó mi vida de forma positiva (era una mujer buena, ordenada, diligente, amorosa, cuidadosa, metódica). Cuando nos mudamos a nuestra casa, por años continué regresando para pasar el fin de semana con ella. Ahí sentía seguridad y estabilidad.

Pero también heredé de ella temores, preocupación y negatividad. En la medida que he venido estrechando mi relación con Dios, he podido vencer esas emociones heredadas que por años me hicieron mucho daño. Vale aclarar que amé a mi abuelita profundamente, no sé qué hubiera sido mi vida sin ella.

Hace unos días, en una conversación que tuvimos mi esposo y yo con un matrimonio que está atravesando problemas, les compartimos sobre la paternidad de Dios, sobre nuestra identidad en Cristo y sobre las promesas que Él dejó en su palabra. Les dije, ¿si no leemos el testamento, cómo sabremos cuál es nuestra herencia? El testamento al que me refiero es la Biblia. Nosotros creemos que la Biblia es la palabra de Dios; que los hombres que la escribieron fueron inspirados por el Espíritu Santo. 

Ese testamento del que les hablo contiene la herencia de nuestro padre a nosotros; también la llamamos promesas. Vivimos en un mundo lleno de maldad, de problemas, de injusticias, de malas influencias, de codicia, de vicios, y todo esto tarde o temprano, trastoca nuestras vidas de diferente forma. Cuando eso sucede, comienzan las preocupaciones, los sufrimientos, los temores, las inseguridades, etc.

Yo puedo hablarles de todo eso con mucha propiedad porque como les decía, por años, he luchado contra ellos. Quiero compartirles algunas de las promesas que están en ese testamento que son parte de su herencia también, si deciden creer:

1Situaciones difíciles: “Aun cuando yo pase por el valle más oscuro, no temeré, porque tú estás a mi lado. Tu vara y tu cayado me protegen y me confortan. Salmo 23:4

2Tristeza / angustia: “Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús.” Filipenses 4:7

3Enfrentando una mala noticia: “...sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman...” Romanos 8:28

4Llenos de temor: “Porque no nos ha dado Dios un espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.” 2 Timoteo 1:7

5Problemas financieros: “Así que mi Dios suplirá todo lo que falte, conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús.” Filipenses 4:19

Hace dos años tuve que enfrentar un cáncer de seno agresivo, que incluyó dos cirugías y un tratamiento fuerte de quimioterapia. Aún estando en proceso de recuperación del tratamiento, mi mamá fue diagnosticada con un cáncer agresivo que cobró su vida en menos de 5 meses.

Pero yo ya venía leyendo el testamento y decidí hacer propias todas las promesas que están ahí y que en ese momento necesité para enfrentar física, emocional y espiritualmente dos pruebas durísimas. Nunca perdí el gozo, nunca perdí la paz, mis temores fueron neutralizados con la fortaleza que viene del cielo, pero sobre todo, nunca, ni por un segundo, deje de amar a Dios. 

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