• Mayo 15, 2017, media noche

Se ha dicho de la economía que es una cuestión de sentido común, pero así como no hay una definición precisa de lo que se entiende por el sentido común, tampoco la hay para muchas definiciones económicas. No obstante, en el campo económico la intrusión de la política ha llevado al manejo de conceptos imprecisos y juicios sin veracidad conocidos como falacias. Las falacias son juicios que parecen plausibles y lógicos, pero no tienen sustento en la realidad. Esta retórica imprecisa, palabrería vacía, son partes habituales de programas y políticas gubernamentales cuyo poder de permanencia tiene un atractivo inconsciente. 

Un ejemplo clásico es la falacia de tomar el todo por la parte. En los medios de comunicación se dice que el aumento del salario mínimo es bueno, que su negociación despeja el camino de la economía aun cuando es una decisión que ignora el comportamiento de la productividad y solo favorece al 10% de la población económicamente activa. Dicho aumento presiona a la estructura de salarios, aumenta el costo de las empresas y los precios en la economía. Otra falacia consiste en decir que la macroeconomía está buena pero no la microeconomía cuando muchas vulnerabilidades macro provienen de la micro, es el caso de los pasivos contingentes como el déficit del INSS o el pobre desempeño institucional o la laxitud de los contratos. 

Las falacias poseen una seducción que se explica por el deseo inconsciente de escuchar eslóganes políticos que se adecúan a lo que uno quiere pensar independiente de los resultados que las falacias provoquen. Hoy vemos a políticos de izquierda y de derecha unidos en el uso de conceptos difusos como justicia social, comercio justo, precio justo, ayuda externa, ley y orden, etc. En muchos casos se adoptan políticas cuyo fracaso se atribuye a factores externos o a falta de voluntad en su aplicación y que han llevado a verdaderos desastres como la situación actual del INSS o que la agricultura es nuestra salvación, fracasos que la clase política no puede admitir por el alto costo que representan. 

Ejemplos más complicados se observan en la medición del nivel de vida, el cual se mide comúnmente con el ingreso familiar o el ingreso personal. El ingreso familiar es menos preciso, ya que la familia varía con el tiempo debido a que la familia promedio disminuye o se modifica el número de personas que trabajan. En cambio, la persona es siempre la misma y su ingreso está bien definido. Las estadísticas son reales, pero conducen a diagnósticos distintos. Si se toma la familia promedio y esta ha disminuido, el nivel de vida pareciera que se ha reducido aunque al tomar el ingreso per cápita ha aumentado. El indicador más preciso es el ingreso personal. Por ejemplo, el número de familias en el 20% más pobre puede aumentar o disminuir dependiendo de la situación cíclica de la economía. Igualmente sucede con el 20% más rico como cuando colapsa el mercado de valores. En un momento dado, el nivel de vida medido por el ingreso familiar puede diferenciarse y por mucho del medido con el ingreso personal y es este último el más aceptable.

Un problema igual de importante, pero más oculto es el de la distribución del ingreso. La forma estándar de medirla es estimando la distribución de las personas a lo largo de la escala de ingresos en un momento dado. Sin embargo, una buena parte de las personas que podrían considerarse pobres en un momento dado transitan a lo largo de la escala de ingresos en su vida y difícilmente se podrían considerar pobres. Hay una progresividad intertemporal. En otras palabras, un individuo a los 20 años es aprendiz, a los 30 ya adquirió habilidad, a los 40 acumuló experiencia y se sitúa en lo más alto de su curva de aprendizaje, a los 50 ya es un maestro. A medida que avanza en el ciclo vital va cambiando  su ingreso y también su estatus socio-económico. Pero para las políticas antipobres dicho individuo se quedó anclado en el nivel de ingreso del aprendiz y la estrategia de reducción de la desigualdad y la pobreza está equivocada. Hay excepciones pero solo confirman la regla. Una estrategia sostenible sería instrumentar las acciones a través del mecanismo de la seguridad social, de programas sistemáticos de actualización vocacional y entrenamiento de acuerdo con el mercado. Si el mercado demanda tal especialidad por que la política se orienta por otro lado. Así mismo, actuar con la modernización y flexibilidad en los contratos de trabajo que faciliten una libre movilidad intersectorial, en vez de estar ofreciendo subsidios mal diseñados y peor aplicados.

Las falacias a nivel de países también proliferan con la retórica de la explotación, el imperialismo, la dependencia y los determinismos geográficos e históricos. Una lección muy interesante la ofrece Japón. Este país durante mucho tiempo se aisló del mundo exterior hasta que buques de guerra americanos lo forzaron a la apertura. Sin embargo, este episodio traumático, dramatizado en Madame Butterfly, le sirvió a Japón para contemplarse a sí mismo, su atraso y su debilidad y compendió las causas de su pobreza y cuál era el camino a seguir. No podían culpar al imperialismo, pues nunca habían sido conquistados, tampoco a la explotación extranjera por la misma razón. Esto les permitió una visión completamente diferente  y ahora son una potencia industrial.

Estimado lector, si estas ideas le parecen traídas de los cabellos tal vez se consuele con las palabras de James Galbraith, reconocido economista: “Dios creó a los economistas para que los astrólogos no se queden tan solos”.

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus