• Jul. 21, 2008, 10:47 a.m.
Con amor, para el más grande antagonista, Freddy Antonio


En este artículo no voy a referirme a la producción musical norteamericana “El violinista sobre el tejado” (Norman Jewison, 1971), sino más bien, a otro. En enero del 2007, el diario norteamericano “The Washington Post” propuso a Joshua Bell, uno de los violinistas más famosos del mundo a someterse a un experimento con el fin de generar un debate sobre el valor que le damos las personas al arte.

El experimento consistió en colocar una cámara oculta en una estación de metro en Washington DC donde ubicaron a Bell, en la entrada en una hora ”pico” de la mañana, con una vestimenta rudimentaria (jeans, camiseta barata, etc.), para tocar durante 45 minutos consecutivos obras de Brahms y Schubert y partituras de Bach con su violín Stradivarius de 1713, valorado en 3 millones de dólares.

Las personas fueron imperceptibles y frías, no sólo ante las melodías sino al personaje que allí se encontraba. Se les puede ver en el video entrar y salir casi corriendo, apurados, sin detenerse ni por un segundo a echarle u vistazo al “desconocido”. El resultado de este ensayo espectacular y objeto de reflexión, fue que de la masa humana circulante durante todo ese tiempo, sólo siete personas se detuvieron durante un minuto a verlo por curiosidad y sólo una mujer, un tanto confundida se detuvo a reconocerlo, ya que el día anterior se había gastado medio salario para ir a escucharlo y sorprendentemente lo tenía frente a ella, con una gorra en la que logró recaudar treinta y dos dólares. Paradójicamente, Bell, la noche anterior había reunido a varios millares de personas en la Biblioteca del Congreso donde fue ovacionado y los mejores lugares para disfrutar el concierto costaban la insignificante cifra de 1,000 dólares.

La mayoría creyeron quizás que era uno de esos “artistas ambulantes” que se les encuentran en las calles de muchas metrópolis con su alfombrita o sombrerito para recibir un reconocimiento monetario ínfimo por su valor artístico (caridad que muchos realizan por lástima). Algo así como empezó Edith Piaf en las calles de París, pero ella tuvo la suerte de ser rescatada del anonimato y de la exclusión que viven muchos artistas.

Esta experiencia, me condujo a reflexionar un poco sobre los famosos conceptos marxistas de “valor de uso” (disfrute, necesidad) y “valor de cambio” (dinero, status) y a la percepción engañosa de la cual somos objeto a diario. Ya Jean Baudrillard, uno de los pensadores más críticos de la sociedad de consumo y su “cultura del simulacro”, señalaba en "Crítica de la economía política del signo" (1972): "Marx ha demostrado que la objetividad de la producción material residía no en su materialidad sino en su forma. Ese es el punto de partida de toda teoría crítica". Baudrillard, fue más allá de esa conceptualización por considerarla insuficiente en el contexto de la globalización, creando el concepto de “valor-signo” de un objeto, como indicador de algo sobre su consumidor y que a través de los medios de comunicación y la representación de la realidad tienen un lugar central, cobrando tanto realismo como los objetos materiales. Desde su perspectiva, los medios de comunicación son los constructores de una ilusión radical que “niega la realidad mediante el ejercicio retórico de la hiperrealidad”.

Pero… ¿Quiénes hacen eso? La publicidad que está por doquier, vendiéndonos marcas de un producto que representan “signos” distintivos, no solo para diferenciarlos “entre sí” sino por representar valores como prestigio, distinción, elegancia, nivel económico, popularidad o admiración, entre otros.

La maquinaria acelerada de la publicidad y su innegable influencia en la sociedad, nos ha convertido en sus esclavos, primando la frase “debes comprar esto o aquello”. Inconscientemente, hemos ido perdiendo nuestra libertad en decidir: se responde a los “signos” que te ubican en determinado status social o bien, para satisfacer deseos e ilusiones, aunque no sean necesarios. Simulacros que van tejiendo estereotipos que te definen quién sos y cuánto valés. ¿Querés status? ¿Querés aceptación social? ¿Querés autoestima? ¡Ya sabés qué y donde comprarlo! Existe un fenómeno de condicionamiento biológico (esbeltez, virilidad, por ejemplo), simbólico (marcas).y espacial (lugares). Los signos, adjudican el valor a los objetos y se han convertido en referentes para la gente, jerarquizando las relaciones sociales, económicas, políticas y culturales. Es por ello, que nadie reconoció a Bell. No vestía un frac, ni tampoco se encontraba en un gran teatro, era “uno más” despojado de cualquier “signo” que lo definiera, por lo que inexorablemente el valor de su música se diluyó…

Pero no sólo con el arte pasa esto, nadie se escapa de esta guerra de baja intensidad organizada por la publicidad y su aliado, el consumismo del cual somos prisioneros. El “quién sos como ser humano” ha perdido su valor en sí mismo. Debés de formar parte de algún eslabón de la cadena de “clisés” impuestos para poseer un valor frente a los “otros”. Los signos, también definen o conceptúan, matando el valor de las cosas en sí mismas. La sociedad vive una subjetivización e idealización de valores. Por esto, ahora, aunque todo pasa más rápido, cada vez pasan menos cosas, por la debilidad e incapacidad existente de preguntarnos cosas profundas e ir desapareciendo subliminalmente como seres humanos.

¿Hasta qué punto somos víctimas de esta domesticación, diseñada para minar lo rebelde que hay dentro de nosotros? ¿Hasta que punto estamos tan enajenados por los signos al servicio del status y el consumismo? Como alacrán que se muerde a sí mismo, Baudrillard, creía que “en la sociedad actual todo lo que está “en contra” termina por asegurar la permanencia del “por”, es decir, termina estando “a favor”. Pero nosotros… ¿Seremos capaces de estar siempre en contra?

http://asuarezbonilla.blogspot.com


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