• Mayo 29, 2017, media noche

Uno de los debates más prolongados en economía ha sido la labor estabilizadora del Gobierno. La idea de que en una recesión el Gobierno debe aumentar el gasto público o bajar los impuestos y el banco central (cualquier banco central) debe bajar la tasa de interés es una doctrina que prevaleció entre 1940 y 1970. El déficit fiscal se creía bajaba el desempleo y la política monetaria impulsaba la inversión, acción contracíclica que solucionaba la recesión económica. Alternativamente, en época de inflación el ajuste era a la inversa, el Gobierno creaba superávit y el Banco Central aumentaba la tasa de interés. 

Este juego que muestra una relación negativa entre la inflación  y el desempleo o la producción era un obsequio en bandeja de plata para los políticos. Bastaba ver cuánta inflación había que producir para obtener un desempleo determinado y listo el político ganaba la elección. 

Esta doctrina fue pulverizada por la estanflación,  es decir el aumento simultáneo del desempleo y la inflación, ocasionado por la Guerra de Vietnam, los choques petroleros de los años 1970 y el gasto público expansivo en Europa. Se demostró que el desempleo no era el resultado de la política económica sino que dependía de los fundamentos reales de la economía como las preferencias de los consumidores, la productividad incorporada en la tecnología y los costos de búsqueda en el mercado laboral.

La cuestión no es regular el mercado sino cómo hacerlo sin matar a la gallina de los huevos de oro.

Declinaba la época de Kennedy-Johnson, Sarkozy y los problemas derivados de la reunificación alemana y comenzaba la de Reagan, Margaret Thatcher y especialmente la de Paul Volcker, quien con un manejo agresivo de la tasa de interés paró la inflación dando comienzo al período de la “gran moderación” que produjo una creciente productividad, baja inflación y desempleo de 5% que se llegó a considerar como la tasa natural de desempleo independiente de cualquier tasa de inflación. Este período se extendió de 1979 a 2007.

Adicionalmente hubo progresos en la formulación de las expectativas. Hasta entonces se concebían como un aprendizaje que se alimentaba de los errores del pasado lo que permitía el juego entre inflación y desempleo. La innovación consistió en formular las expectativas en función del futuro por lo cual se incorporaban las intenciones futuras de la política económica a las decisiones del público siempre y cuando hubiera credibilidad en las intenciones del Gobierno. Esto implicaba que la política económica ocasionaba más distorsiones que beneficios ya que los objetivos como el crecimiento económico y el desempleo sólo respondían a los fundamentos reales de la economía en el largo plazo. Se gestó un nuevo diseño institucional, nació el estado minimalista y apareció la autonomía de los bancos centrales, autonomía que se supone independiza a la política monetaria de los vaivenes del proceso político.

Una consecuencia fue que la política de tasa de interés de los bancos centrales, al menos en las economías avanzadas y las emergentes, se guió por la Regla Taylor que toma en cuenta la tasa de interés de largo plazo y se ajusta de acuerdo a la presión inflacionaria y la situación cíclica de la economía. Esta regla ha demostrado ser insuficiente para hacerle frente a las tendencias deflacionarias que han prevalecido desde 2010 aproximadamente. El problema es que como toda regla tiene sus limitaciones para prever las contingencias de economías de mucha complejidad. Así mismo, reaparecieron los “animal spirits” de Keynes, es decir el comportamiento de manada en el mercado de valores lo que ha profundizado la actividad especulativa muy alejada de los fundamentos de la economía. Pareciera que hay un vacío puesto que los instrumentos ortodoxos de política económica se muestran incapaces de reactivar las economías.

En la turbulencia de los tiempos, los economistas se han dividido sobre el estímulo correcto. Una salida es el aumento del gasto en infraestructura pública para impulsar el crecimiento económico. Otra son las alternativas de paradigmas monetarios: se habla de utilizar el PIB nominal como indicador de política monetaria o una canasta de valores accionarios siendo un ejemplo la facilidad cuantitativa cuyo objetivo es bajar el costo de capital vía el mercado de valores; se han adoptado tasas de interés negativas, se debate sobre retornar a la banca de inversión separada de la banca comercial y que fue lo que hundió al mercado hipotecario y se ha percibido una desacreditación de la autonomía de los bancos centrales. 

En este debate sobre el sistema de mercado que muchos lo perciben como un enfrentamiento entre las ideas de Hayek y Keynes, como dicen muchos analistas, hay que tener presente que el sistema de mercado ha sido una máquina poderosa que ha producido progreso económico y social. Parodiando a un gran estadista podría decirse que el sistema de mercado al igual que la democracia son sistemas muy deficientes excepto por las alternativas. La cuestión no es regular el mercado sino cómo hacerlo sin matar a la gallina de los huevos de oro.

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