• Jun. 5, 2017, media noche

Así como la diferencia entre el carbón y el diamante se debe a cómo se organizan los átomos de carbono, los países de ingreso alto se diferencian de los países de ingreso bajo por la forma de organización de sus instituciones y políticas. Los primeros brillan debido a sus reformas estructurales que han flexibilizado sus mercados aumentando la productividad, en cambio los segundos se han fundido con políticas que desafían la lógica económica con su predisposición al clientelismo político, su excesiva discrecionalidad y cortoplacismo.

Los sistemas económicos en América Latina aún muestran las estructuras agroexportadoras de la colonia, así como una persistente escasez de ahorro interno, exponiendo a las economías a los shocks externos y a la volatilidad del capital importado. Así estos países se han caracterizado por las constantes crisis de balanza de pagos, déficits fiscales insostenibles y elevadas presiones inflacionarias.

Sin embargo, a partir de la década de 1980 muchos países de la región procedieron a reorganizar sus instituciones y políticas con las que impulsaron la estabilidad económica, el crecimiento razonable y la inclusión social. Otros se reorganizaron siguiendo patrones populistas, es decir redistribuciones ineficientes del ingreso financiadas con un gasto público excesivo y controles de precios, lo cual ha resultado en hiperinflaciones y colapsos económicos y sociales.

Un grupo de países como México, Colombia, Perú y Chile han mejorado la calidad de sus instituciones. Esta reorganización incluye la rendición de cuentas, es decir transparencias en las cuentas, fiscalización en los procedimientos, monitoreo parlamentario riguroso y apertura en los asientos contables para la gestión presupuestaria. Otras áreas de priorización han sido un mayor prevalecimiento de la ley, eficiencia gubernamental, regulación promercado y control de la corrupción. 

Igualmente se han llevado a cabo reformas impresionantes en la educación, avances en la competitividad externa, reformas fiscales ya que la relación entre el consumo público y el PIB es negativa; profundización financiera dada una bien establecida relación entre el desarrollo financiero y los aumentos en la producción per cápita. Estos países clasifican por encima del promedio regional en el Worldwide Governance Indicator del Banco Mundial mientras otro grupo, el Grupo ALBA más la Argentina kirchnerista se ubican por debajo del promedio. En consecuencia, los países con reforma han fortalecido la productividad de todos los factores, han registrado aumentos en la clase media y mayor estabilidad política. En la medida que las reformas han progresado también lo han hecho las instituciones democráticas y la inclusión social.

Paralelamente también surgió el grupo de países que han tratado de imponer un populismo de nuevo cuño, aunque de nuevo no tiene nada pero sí mucho cuño. Favorecidos en un principio por el boom de la agricultura y la minería, los desequilibrios económicos permanecían ocultos y aunado a la histórica desigualdad de ingreso e inequidad social los pueblos se dejaron llevar por  cantos de sirenas. Luego al debilitarse el “factor China” estos países cayeron en la trampa de iliquidez con graves retrocesos en los estándares de vida, creciente pobreza y como en el caso de Venezuela una destrucción sistemática del país. 

En otra variante del populismo económico, la privatización de las empresas estatales terminó en una captura de las agencias reguladoras del Estado por las élites locales y extranjeras como bien lo ha demostrado Jean Tirole. La regulación tiene que especificar claramente las responsabilidades de las partes que intervienen como los reguladores nacionales, ministros y reguladores departamentales y municipales. De otra manera, la falta de un marco regulatorio resulta en fuertes aprehensiones contra las estructuras monopólicas, ausencia de rendición de cuentas, cabildeos costosos socialmente, desaparición de los poderes del Estado y corrupción muy enraizada.

La vulnerabilidad de la región a populismos de izquierda o derecha se mantendrá mientras haya renuencia a complementar o modificar el modelo agroexportador y mientras no se promueva la cultura del ahorro.

Un intelectual se preguntaba sobre cómo entender la paradoja de sociedades que se proponen un objetivo al que nunca llegan. Por eso se ha dicho del Brasil que siempre será la esperanza del futuro, al igual que la región latinoamericana. Esta especie de incoherencia colectiva explica sobradamente las ventajas de la democracia representativa, permitiendo a la sociedad en elecciones transparentes delegar en un Ejecutivo “racional” la responsabilidad de ejercer el orden con base en los mandatos de la ley. La tragedia se presenta cuando ese Ejecutivo se deja llevar por los cantos de sirenas. 

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