• Jun. 5, 2017, media noche

En estos días he tenido la grata oportunidad de interactuar con grupos de personas, mujeres y varones, viviendo diferentes etapas de vida: algunos transitando de la adolescencia a la juventud; otros  en la de adultos jóvenes; y otros en la de adultos mayores. 

Claramente los grupos de jóvenes y adultos jóvenes tienen su mirada puesta en el futuro, tanto personal como familiar; manifiestan anhelos, sueños y preocupaciones;  se muestran en disposición de enfrentar y superar problemas y obstáculos,  tienen propósitos, metas, motivaciones y energías para luchar y salir adelante en la vida.

Por el contrario, los adultos mayores  tienden a fijar su mirada en lo ya acontecido, algunos con cierto aire de orgullo hacen recuento del número de su descendencia, se refieren con satisfacción y cierto grado de nostalgia a las travesuras de hijos e hijas cuando estaban en situación de dependencia, así como de los logros obtenidos en la formación de su descendencia, lo cual les proporciona una felicidad contagiosa, que se expresa principalmente con lenguaje corporal. 

Sin embargo, cuando se ubican en el presente, la alegría se apaga, aparece el tema de la soledad, con mucha filosofía refieren que la ley de la vida en la relación padres/hijos es: criarles y prepararles, para que levanten vuelo. Hablan de dolencias y padecimientos; de temores por diversas causas; expresan que ya nadie les considera útil, en fin, les hacen sentir que son descartables. Y por lo general no existe conciencia de futuro. 

Escuchando a estas personas uno se pregunta: ¿Cuál es la causa que quienes han entrado en la curva de la tercera edad tienden a sentirse descartables?, ¿por qué hablan tanto de enfermedades, o de abandono? ¿Es que no pueden hablar de cosas positivas y agradables?

Quizá las respuestas se encuentren en los postulados de algunos estudiosos del comportamiento del adulto mayor, quienes consideran esta etapa de vida como la última, hasta se dice que en esta etapa los proyectos personales ya se han consumado, y lastimosamente hay quienes se apropian de esta creencia y consideran que ya no hay más que hacer. 

Como adulto mayor, me he negado y me niego a asumir la creencia que somos descartables, soy del equipo compuesto por quienes creen que somos lo que pensamos, por lo tanto, la creencia de la cual vivo apropiado y me guía en todo momento es la palabra de Dios que dice: El justo florecerá como la palmera, aun en la vejez fructificará. (Salmo 92:12-14).

No somos descartables, estamos llamados(as) a dar fruto en todo tiempo, esa es promesa de Dios. Para ser fructíferos debemos contar con la más alta calidad de vida posible. Para lograrlo hay  que tener propósito en la vida; mantenerse activo(a); no aislarse de las amistades y ser propiciador(a) de relaciones interpersonales sanas.  

Amiga, amigo que transita el camino de la tercera edad, propóngase a darle sentido a su vida, Usted es un triunfador, Dios quiere que usted viva a plenitud, que sea útil porque usted es valioso. Dígale, Jesús venga a mi vida, deme fuerzas como las del búfalo para seguir adelante, quiero ser adulto mayor fructífero, útil a Usted, a la sociedad, a mí familia, a mis amistades y a mí mismo. 

Queremos conocer sus comentarios y sugerencias, puede escribirnos al correo electrónico crecetdm@gmail.com.

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