• Jun. 12, 2017, media noche

Hay muchas versiones sobre la marcha de la historia, algunos sostienen que es el de un progreso ininterrumpido, otros creen que se da por ciclos; sin embargo, hay episodios que más bien dejan una sensación de “déjà vu”. Esa sensación queda al leer como se repite la historia en América Latina, en los períodos que median entre 1870-1914 y 1990-2013 y que aparece muy bien analizado en el excelente estudio de Beatriz Armendáriz y  Felipe Larraín, titulado “The Economics of Contemporary Latin America”. Este artículo se basa en esta publicación.

La independencia de Latinoamérica fue seguida de cinco décadas de conflictos internos y convulsiones políticas  que llevaron a un estancamiento en el ingreso per cápita de la región. En este período se agravaron las desigualdades sociales y económicas y estimuló el elevado proteccionismo heredado de la colonia. Sin embargo, a partir de 1870 la región gozó de una expansión económica sin precedentes de la mano de una intensa globalización en el intercambio comercial y en los flujos de capital, período que finalizó en 1914 con la Primera Guerra Mundial. La fuerza impulsora de esta expansión fue la industrialización de Gran Bretaña y Estados Unidos de América (EE. UU.).

Pero, confirmando lo que algunos economistas llaman “la maldición de los recursos naturales”, los términos de intercambio ocasionaron un boom en los precios de los bienes primarios (agricultura y minería), sellando la desindustrialización de América Latina. Este ciclo expansivo llevó a la región a ser el primer productor y exportador de bienes primarios y al apreciar las monedas locales importaron la “enfermedad holandesa”, lo que paralizó cualquier esfuerzo de industrialización, ya que la apreciación o sobrevaluación significan un subsidio a la importación de bienes manufacturados.

Aún más, la necesidad de colectar ingresos fiscales vía aranceles marcó este período como la más virulenta oleada de proteccionismo que persistió hasta 1980.

Si la industrialización de Gran Bretaña y EE. UU. impulsaron el ciclo expansivo entre 1870 y 1914, la industrialización del este de Asia y especialmente de China continental impulsaron la segunda oleada expansiva en la producción y exportación de bienes primarios, entre 1990 y 2013 que fomentó un crecimiento económico excepcional, después de la década perdida de 1980. Terminó en 2013 con el decrecimiento económico de China.  Esta segunda oleada expansiva  se dio en el contexto del Consenso de Washington, estrategia económica que impuso la liberalización de los mercados, la privatización de empresas estatales, reducción del déficit fiscal y desregulación del comercio exterior. Latinoamérica se integraba por segunda vez a las corrientes globalizadoras y la llevó de nuevo a profundizar la especialización en bienes primarios.

Las similaridades de ambos episodios son notables y se podrían caracterizar en tres ventajas y tres desventajas que delinean una pintura de resultados generales. La primera ventaja en ambos períodos fue el amplio acceso a los mercados externos de capital. La segunda  fue la globalización del intercambio externo, en el siglo XIX como consecuencia de las Reformas de los Borbones, sobre todo con Carlos III y recientemente en el marco de la Organización Internacional del Comercio y de los tratados de libre comercio. La tercera ventaja ha sido el mejoramiento de los términos de intercambio y consecuentemente del ingreso real per cápita.

Pero como se dice “no hay lunches gratis”. Entre las desventajas están primero la “desviación de comercio” debido a la “enfermedad holandesa” (el efecto alternativo hubiera sido la creación de comercio vía producción de manufacturas). Estos factores llevaron a una segunda desventaja, que es la desindustrialización, debido actualmente a la intensa competencia de Asia. La tercera desventaja es una consecuencia al terminar los ciclos expansivos que han deprimido los términos de intercambio y el ingreso real. En ambos casos ha habido un deterioro en las desigualdades económicas y sociales. Que han puesto de nuevo en evidencia los mecanismos de exclusión social. Se escuchan los ecos de la Encomienda en las grandes haciendas, los de la Mita en los enclaves mineros y los del indigenismo tan cercano a la servidumbre colonial.

La paradoja de la abundancia o maldición de los recursos es una confirmación de la presencia de instituciones débiles, ineficaces y corruptas debido al influjo de recursos externos provenientes de industrias extractivas. Recursos que son fácilmente desviados a actividades carentes de rentabilidad social. Comparemos los puntos de partida entre Latinoamérica y el este de Asia. En Latinoamérica la especialización llevó a la explotación de recursos no renovables, como los minerales y el petróleo. En el este asiático su recurso más abundante es el factor trabajo, de manera que la especialización los llevó a tener una mano de obra altamente entrenada y muy productiva. En Latinoamérica, su factor más abundante es la tierra y ha sido desgastada por décadas de sobreproducción e igualmente se ha desgastado la mano de obra. En Asia, la depreciación del capital humano se ha compensado con mecanismos de inclusión social. Latinoamérica no ha superado la maldición de los recursos, Asia superó las predicciones de Simón Kuznets, quien sostenía que el despegue económico de los países iba acompañado de un marcado deterioro en la distribución del ingreso. Al contrario, el despegue económico en esa región se dio paralelo a una distribución del ingreso más igualitaria que en cualquier otra experiencia. La duda que queda y es fuente de debates agudos es si el “milagro asiático” es producto de un diseño institucional o de las fuerzas del mercado en sociedades que comprenden al mercado y que no han perdido el sentido de la ética empresarial.

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