• Jun. 14, 2017, media noche

En Nicaragua los papás están súper coloreados, y lastimosamente, aunque hayan un montón de excelentes padres, ‘pagan justos por pecadores’. A eso le sumamos, que en general, somos una sociedad donde reina el matriarcado. Yo tengo mi propia teoría al respecto, no es únicamente solo porque algunos hombres sean irresponsables y abandonen sus hogares; creo que las mujeres también tenemos nuestra cuota de responsabilidad….pero dejémoslo ahí por ahora.

Desde que nació nuestro primer hijo, mi esposo y yo nos dimos a la tarea de buscar recursos para aprender cómo ser buenos padres. Hemos leído libros, visitado sicólogos, visto una buena cantidad de charlas, pero sobre todo, hemos leído mucho la Biblia. Nos hemos ahorrado muchos clavos, poniendo en práctica todo lo que hemos aprendido; al menos los errores se ha reducido.

Una vez leí algo que me gustó mucho: “Los hombres no solo son fundamento, sino también el ancla de la familia. Un ancla es el sostén principal y confiable; como si fuera la columna de apoyo, algo que sirve para sostener un objeto firmemente, y aquello que da estabilidad y seguridad”. 

La verdadera paternidad, además de la función de procrear, se puede resumir en las siguientes:

1.Líder: predica con el ejemplo, dirige, desarrolla.

2.Protector: de los corazones de sus hijos, de las malas influencias.

3.Proveedor: de amor y de cosas materiales.

4.Maestro: enseña y disciplina.

Yo he visto en mi hogar lo que ha implicado que mi esposo trate de cumplir esas funciones. No digo que sea el papá perfecto, pero le ha echado ganas buscando como ejercer la paternidad de forma integral; hemos visto frutos de esto en nuestros tres hijos. Ellos han visto el valor de la corrección, acompañada de amor y de la instrucción respaldada por el ejemplo. 

Pero no puedo hablar de papás sin hablar del mejor Papá.  A ver cómo puedo barajar esto para transmitir correctamente lo que quiero decir. Disculpen que con frecuencia tengo que traer a colación mi experiencia de cáncer de seno de hace dos años. Es que fue una prueba muy dura de la cual aprendimos muchísimo —de hecho— lo consideramos una bendición, aunque la gente nos quede viendo como locos. Y lo que vivimos y crecimos con esa experiencia, me sirve para ilustrar muchas cosas que quiero compartir por medio de mis artículos.

Desde el momento del diagnóstico hasta el último “round” de quimioterapia, experimenté la paternidad de Dios de una forma impresionante. Las funciones que arriba les comparto las viví:

1. Líder: No entramos en pánico; nos pusimos en sus manos el día del diagnóstico y Él fue abriendo puertas, facilitando el proceso, poniendo en el camino a los médicos y a las personas que nos apoyaron. 

2. Protector: me protegió desde el inicio. No sufrí los dolores que suponía tener de las cirugías; los efectos de la quimioterapia no fueron tan horribles como podrían haber sido y es la fecha, dos años después, con todo y haber tenido las defensas bajas durante el tratamiento y posteriormente, he estado sana.

3. Proveedor: mandó recursos de diferente manera para pagar las cirugías, los tratamientos y hasta los gastos de viaje, para que mi esposo y mis tres hijos pudieran acompañarme mientras estuve en el tratamiento. 

4. Maestro: me enseñó el valor de la oración, de la alabanza y de lo que significa creer en Su Palabra; y en las promesas de sanidad con las que me llené en los momentos de mayor debilidad física y emocional durante el tratamiento.

Ahora entiendo aquel pasaje que he leído muchas veces, en Marcos 14:36 que dice: “Abba, Padre — clamó Jesús—, todo es posible para ti. Te pido que quites esta copa de sufrimiento de mí. Sin embargo, quiero que se haga tu voluntad, no la mía”. 

El mejor Papá es ese mismo “Abba, Padre” de Jesús, que es nuestro también. 

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus