• Jun. 19, 2017, media noche

El “Gran Gatsby” es una novela de Scott Fitzgerald de los años 1920, la época dorada americana. Como dice el historiador Paul Johnson, esta década fue un caso único en la historia americana y de cualquier otro país. Para los escritores e intelectuales fue un momento groseramente materialista, febril y filisteo, y al mismo tiempo insustancial y efímero, sin el mérito de una sola realización sólida. Era el grotesco festín de Baltasar antes de la catástrofe. Y la catástrofe el derrumbe del mercado de valores de 1929 y la Gran Recesión.

Justamente, El “Gran Gatsby” encarna un personaje que simboliza la fantasía y superficialidad de esa época, donde triunfaban rufianes y gángsteres, personajes sin pasado salidos de la nada, con fortunas hechas de la noche a la mañana pero despreciados por los viejos apellidos. “Gatsby” es también un símbolo de movilidad social, de los nuevos ricos que se incorporan a una sociedad que aún piensa en el “sueño americano”, esto es el individuo que no le debe nada a nadie, que no tuvo un hogar que le ofreciera una “oportunidad”. Como el mismo Scott Fitzgerald confesara al final de su vida: “Fui niño pobre en una ciudad de ricos, niño pobre en una sociedad de ricos, chico pobre en un club de estudiantes ricos, Princeton”.

Y la cuestión es cómo medir esas oportunidades, propósito que llevó a cabo el Prof. Alan Krueger, en 2012, cuando dirigía el Consejo de Asesores Económicos, bajo la Presidencia de Obama. Una forma de hacerlo es medir la manera que los hijos se desenvuelven en circunstancias socioeconómicas distintas a la de los padres, indicador llamado movilidad entre generaciones. 

El Prof. Krueger analizó cuánto de los ingresos de una familia se transmitían a la siguiente generación. El monto de estos ingresos o patrimonio que se hereda determina las oportunidades del individuo. En otras palabras, los hijos de padres pobres tienen una alta probabilidad también de ser pobres comparados con el hijo de padres ricos. Entre mayor sea esta correlación (elasticidad en la jerga económica) menor será la movilidad social. La correlación tiende a cero en los países con alta movilidad social.

Así, se obtuvo un gráfico (la curva de “Gran Gatsby”) que muestra que los países nórdicos, Suecia, Noruega, Dinamarca y Finlandia eran los más progresistas. Entre los menos progresistas estaban Sudáfrica, Chile y España, ni hablar de Brasil. Los EE. UU. se situaron en el promedio, la mitad de los ingresos familiares de una generación se trasladaban a los hijos. Era el fin del “sueño americano”, el mito del individuo que todo se lo debe a sí mismo. 

Esta desigualdad económica llevada al extremo en la época actual es el centro de intensos debates a nivel mundial, en países en los que el 1% de la población tiene todo lo que necesita el 99% restante. Como se ha enfatizado, el 1% de la población disfruta de las mejores viviendas, la mejor educación, hasta que muy tarde advierten que su suerte está ligada a cómo vive el 99% restante.

En economía todo es relativo y la “Curva de Gran Gatsby” no es la excepción. El debate gira en torno a los mecanismos que existen detrás de esta curva y en qué medida la desigualdad es un problema de política pública, es decir cómo lograr una mejor distribución de oportunidades cuyo resultado sea una mejor distribución del ingreso.

Estos resultados son el fin de un proceso determinado por tres variables: esfuerzo, circunstancias y oportunidades. En países con mucha movilidad social, con igualdad de oportunidades las circunstancias (de género, nacimiento, posición social) no determinan los resultados. Como se dice “si todos juegan en cancha nivelada y existen políticas públicas que hacen que las condiciones iniciales (en la niñez) no afecten los resultados finales, no habría problema en que algunos ganen más que otros”. A eso se le llama “meritocracia”.

Al final, la novela termina con la muerte de Gatsby. La ironía es que también Scott Fitzgerald al final de su vida confesó: “Yo he sido el Gran Gatsby”. Y es que en el corto período en que fue rico, él y Zelda, su mujer, llevaron una vida de extravagancia y derroche semejante a la vida artificial de Gatsby. Pero la grandeza y tragedia de Gatsby es que era mejor que las familias de rango que lo rechazaban, en cambio Scott Fitzgerald nunca escribió la novela cumbre que de él se esperaba, todo por imitar la dolce vita que Hemingway ridiculizó en Las Nieves del Kilimanjaro.

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