• Jun. 26, 2017, media noche

Latinoamérica se asemeja a la leyenda del judío errante siempre en busca de un lugar al cual pertenecer, de una identidad. En la jerga política el conservatismo ha significado la defensa del “statu quo”, del “stablishment”, la defensa del orden, de la estratificación social y la defensa de la fe religiosa. El liberalismo (y no me refiero a los partidos liberales), en cambio, es una idea, una visión de nación, una perspectiva de futuro y de nobles ideales. Y las ideas son universales. La izquierda es la visión maniquea, el fanatismo de la secta religiosa, de que estás conmigo o contra mí, es el primitivismo del clan, de la tribu.

Y como en el tango Cambalache, estas tres versiones se han entremezclado en la trayectoria económica de la región, en un lapso que va de la Alianza para el Progreso al Consenso de Washington. En el período intermedio prevaleció la estrategia de sustitución de importaciones, la que fue de origen regional gracias a Prebisch. Si los programas anteriores fracasaron, la sustitución de importaciones fue un desastre. 

Si uno compara los planteamientos de la Alianza con los del consenso se observa un paralelismo, ya que proponían cambios estructurales sobre factores regresivos que venían desde la colonia. En ambos se percibe el interés por modernizar las instituciones fiscales, las cuales han sido fuente de rezago y perpetuación de la pobreza regional. La imposición directa ha sido penosamente practicada, el catastro rural no se ha utilizado para fines impositivos; hay ahí una riqueza impositiva que si se aprovechara solucionaría los problemas de desarrollo en los gobiernos departamentales y municipales. Los gobiernos centrales han descansado mayoritariamente en impuestos regresivos incluyendo la inflación. 

En ambos programas, la Alianza y el Consenso hay una preocupación seria por el manejo macroeconómico, por las crisis cambiarias, por la reducción de la pobreza. Kennedy expuso el programa de la Alianza en 1961 en Punta del Este mientras en el mismo cónclave Che Guevara exponía el programa de nacionalizaciones del gobierno cubano. Cosas veredes Sancho Amigo. También había sus diferencias. La Alianza no implicaba desmantelar el estado proteccionista que venía desde la Gran Depresión y se agravó con la sustitución de importaciones. En cambio, en el consenso sí hay un llamado a la liberalización de los mercados, mientras en la Alianza hay un llamado a la reforma agraria, la que fue rechazada por los grandes terratenientes. A su vez, la privatización de empresas estatales en el consenso solo sustituyó monopolios públicos por monopolios privados. 

El programa de raíces regionales fue la sustitución de importaciones. Si la Alianza se apoyaba en los grandes programas de planificación al estilo de Leontieff y Chenery y puso de moda la célebre relación capital-producto que ha sido fuente de proyecciones equivocadas; la sustitución de importaciones abrió el debate entre el crecimiento asimétrico o desbalanceado de Hirschman y los enfoques del “Big Push” de Rosenstein-Rodan. Hirschman recomendaba seleccionar industrias estratégicas que derramaran efectos positivos por el lado de la demanda así como por el lado de la oferta (efectos horizontales y verticales). El “Big Push” implicaba una inversión masiva tanto de inversión física como de capital humano, en un proceso de acumulación que estaba sujeto a rendimientos decrecientes. Los países latinoamericanos, a diferencia del este Asiático, se dedicaron a llenar con inversión subsidiada todas las celdas de la matriz insumo-producto en economías con poco poder adquisitivo y mercados reducidos ya que no podían exportar. El resultado fue un desastre, déficits externos, desorden fiscal y monetario, recurrentes crisis cambiarias y penalización de la agricultura. En la reunión de Punta del Este Che Guevara pronosticó que Cuba iba a superar en ingreso per cápita a los EE. UU. en 1980, parecía un teatro del absurdo. 

Si queremos entrever las oportunidades perdidas de la región las podemos caracterizar en dos episodios. Por un lado, George Washington se negó a reelegirse una segunda vez sentando un precedente virtuoso. Por otro lado, en 1804, en la Catedral de Notre Dame, en París, Napoleón se coronaba Emperador de Francia. Junto a una columna un joven sudamericano observaba la escena e incorporaba en su subconsciente la idea también de una coronación, ese joven era Simón Bolívar. Los personajes latinoamericanos se asemejan a los absurdos de la tragicomedia “Esperando a Godot”, de Samuel Beckett donde los personajes “se comportan como si tropezaran una y otra vez con un callejón sin salida; como si se percataran de que no pueden continuar hacia adelante, dieran la vuelta y empezaran de nuevo para volver a advertir que por ahí tampoco pueden seguir, retrocediendo otra vez y así sucesivamente”. Se parecen a una pintura de Escher.

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