• Jun. 26, 2017, media noche

Conversando con un amigo coincidíamos en que quizá el Goliat más difícil de doblegar es el apego y el de su par, el egocentrismo. El egocentrismo es factor de infelicidad, en tanto causa daños a las personas que se atropella, por otra parte propicia animadversión, rechazo y vacío hacia quienes tienen este patrón de comportamiento. 

En esta época en que se tiende a exaltar la comodidad y la riqueza material como expresión de éxito, la generosidad parece ser una tabla de salvación que puede protegernos del apego y egocentrismo. 

Con mi amigo concordábamos que el apego y el egocentrismo no son invencibles, que nosotros, al igual que David, también los podemos vencer, más aún si tenemos a Jesús en nuestro corazón, porque cuando Él guía nuestras actuaciones todo es posible.

Jesús dice: Compasión quiero y no sacrificio; creo que con esta instrucción, Él pretende renovar nuestro patrón de comportamiento, que pasemos de egocentrismo y apego a generosidad. 

Y que mejor testimonio de generosidad que la entrega silenciosa que día a día lleva a cabo la inmensa mayoría de padres y madres, que por amor a sus hijos son capaces de darlo todo sin esperar nada a cambio. Y los miles de hombres y mujeres que practican el voluntariado llevando palabras de aliento a adultos mayores, atendiendo enfermos, alimentando a los necesitados, visitando cárceles, propiciando instrucción a personas y principalmente niños de escasos recursos, etc.  

En la práctica de la generosidad, posiblemente la persona que da se beneficia más que la que recibe. En tanto, paulatinamente abre su corazón a la necesidad del prójimo, lo que le ayuda a dimensionar adecuadamente sus propias necesidades, fortaleciendo su paz interior.

Con mi amigo concluíamos que cada quien tiene y puede dar algo: tiempo, conocimiento, bienes materiales, recursos económicos, y lo más importante: afecto, consuelo, y mediante oración, pedir a Jesús que interceda ante el Padre por otras personas.  Todos, independiente de la capacidad económica, o disponibilidad de tiempo, podemos ejercitarnos cotidianamente en actitudes y comportamientos generosos, tales como regalar un saludo, una sonrisa a las demás personas, independiente si estamos o no contentos; dar atención a las otras personas aun si estamos cansados, privilegiando el beneficio del prójimo; poner habilidades y conocimientos a disposición de los demás, más aún, de quienes buscan una palabra de aliento o de apoyo, sin mostrar fastidio o impaciencia o cansancio. 

Cuantos accidentes y fatalidades se evitarían en calles y carreteras, si se practicara la generosidad en forma de cortesía, renunciando al uso de la ley del más fuerte por parte de quienes conducen vehículos pesados, así como cediendo el paso a otros conductores o peatones, aun cuando no tengan la preferencia. 

Privilegiar necesidades de los demás por encima de las propias ayuda a descubrir lo útiles que podemos ser en la vida de nuestros semejantes, alcanzado la verdadera alegría y la satisfacción del deber cumplido con nuestro ser interior.

Amigas y amigos, la generosidad nos libera de la esclavitud al apego y al egocentrismo, proporciona paz y estabilidad emocional. Jesús nos da la clave, cuando nos pide que seamos compasivos con el prójimo. Mientras más practiquemos la generosidad, más se fortalecerá nuestra paz interior. 

Queremos saber de Uds. Les invitamos a escribirnos al correo crecetdm@gmail.com.

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