• Jun. 28, 2017, media noche

Muchas mujeres hoy trabajan fuera de casa, ya sea por opción personal o por necesidad de complementar los ingresos del hogar. En mi caso durante la primera mitad de mi vida laboral lo hice porque mi prioridad era desarrollarme profesionalmente en la banca y llegar a ocupar cargos altos, principalmente por el reto que esto representaba. No disfrute mis embarazos porque los trabajé hasta el último día. Mi segundo hijo nació a los ocho meses y el tercero a los siete meses y medio. Con este último, inicié el embarazo estudiando una maestría ejecutiva los fines de semana y trabajando tiempo completo. Fueron meses agotadores. En el parto de mi tercer hijo, ya en el hospital, entre contracción y contracción, terminé de firmar cheques de mi trabajo. Guardo la foto que me tomó mi hermana firmando. ¡LOCURA TOTAL!

Cuando mis hijos estaban pequeños, enfrenté tres cosas:

1. CULPA de no estar tan presente en sus vidas: Una vez llegué del trabajo y a uno de ellos lo tenía cargado su nana y cuando le extendí los brazos se puso a llorar y no quiso venir conmigo. ¡Casi me muero! 

2. DUDA de que mis hijos fueran mal educados, malos estudiantes, y se metieran en problemas. Tengo una amiga que crió a sus hijos tiempo completo y ponía en tela de duda la calidad de educación que tenían los hijos de madres que trabajábamos fuera de la casa. 

3. TEMOR que las nanas les hicieran daño. Muchas veces escuché historias de mis amigas de nanas que le pegaban o abusaban de los niños. Yo casi que les tenía inventariados los moretones y rasguños en el cuerpo, y cuando veía uno nuevo inmediatamente las cuestionaba. 

Hoy veo para atrás y definitivamente hubiera hecho algunas cosas de forma diferente, sin embargo, quiero compartirles lo que yo hice para subsanar mi ausencia: 

1.Ponía en agenda las actividades de mis hijos. De esta forma era más fácil organizar mi tiempo y poder a veces escaparme para asistir a juegos de futbol, reuniones de padres de familia, eventos del día de las madres, etc.

2.Las citas médicas las buscaba al final de la tarde, para poder llevarlos.

3.Cuando llegaba a mi casa después del trabajo, me tomaba unos 20 minutos para conversar con mi esposo sobre mi día y descargar cualquier sofoque o stress que trajera de la oficina, para no sofocarme con ellos.

4.Nos proponíamos comer al menos un tiempo al día juntos para compartir y platicar. 

5.Los llamaba por teléfono en las tardes para saludarlos, monitorear tareas, etc. 

En la medida que fui leyendo libros de autoayuda basados en principios bíblicos, poco a poco mis prioridades fueron cambiando y me di cuenta que el reto más importante que Dios había puesto en mis manos era ser esposa y madre. A mis 38 años, luego de llegar a ocupar cargos ejecutivos altos en la banca de Nicaragua, en oración y en unidad con mi esposo, decidí renunciar. Mucha gente me dijo que estaba loca. Que tenía que valorar mis logros profesionales, que estaba joven y todavía tenía un futuro brillante en la banca. Recuerdo que mi último día de trabajo llegué a la casa y cuando me estaba quitando mi “traje de banquera” llegaron mis tres hijos a abrazarme y me dijeron ¡BIENVENIDA A CASA MAMI! 

Dios honró mi decisión porque a los pocos días de haber renunciado, me llamarón para un trabajo donde administraba mi tiempo, con un buen ingreso y con la disponibilidad de poder estar más cerca de mis hijos. Hoy, casi doce años después, el Señor continúa honrando mi decisión porque, a pesar de los temores que tuve principalmente por la parte económica, nunca nos ha faltado nada y el trabajo que tengo me sigue permitiendo poder acomodar mi tiempo para poder estar con ellos.

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus