• Ago. 5, 2008, 6:06 p.m.
Parece que en Nicaragua la retórica está a punto de ahogarnos.

Igual que las correntadas del invierno dejan zanjones, como heridas, en la tierra, el nivel de la confrontación verbal entre el Presidente y la oposición amenaza con cavar un abismo por el que se escurrirá el futuro de nuestro país.

En las semanas que precedieron a la celebración del 19 de Julio, mientras el Presidente desde las tarimas de sus concentraciones en las diferentes cabeceras departamentales, tronaba contra sus críticos, la masa de éstos salía a las calles el 27 de Junio y el 16 de Julio, a demandar un diálogo nacional y advertir sobre el peligro en ciernes de una dictadura.

Como ciudadana que observa y siente los ánimos calentarse, no puedo dejar de sentir preocupación. Nuestro país se está dividiendo entre dos lados que sienten que tienen la razón y que empiezan a sentirse igualmente maltratados.

No necesitamos ir muy lejos en nuestra historia para saber adónde conducen ese tipo de divisiones, ese tipo de rabias. Es difícil no sentirlas, tanto para unos como para otros, pero tiene que haber una mejor solución que seguir ignorando el peligro que encierran. Esta no puede continuar siendo una competencia entre quién grita más o quién pone más gente en las calles o plazas. Hay una crisis muy seria a nivel mundial y si no recapacitamos cuanto antes, el país entero pagará un alto precio; un precio que costará más a los más pobres; esos que todos, a juzgar por el discurso al menos, no sólo queremos proteger, sino sacar de la miseria.

La celebración del 19 de Julio por parte del FSLN, con la plaza llena, la música revolucionaria, las consignas, La Consigna, la Misa Campesina, los juegos pirotécnicos, los invitados, el derroche de simbología, terminó de aclararme de una serie de cosas. Entre éstas, la enorme necesidad sicológica del Presidente y su esposa de revivir el sueño truncado en 1990. No importa cuanto repitamos, los que vemos la realidad de otra forma, que aquí ya no es posible reeditar la revolución popular sandinista; ellos no quieren oír eso; no están dispuestos, quizás ni siquiera son capaces emocionalmente de oírlo. Sabe Dios cuántas noches soñaron con volver a sentir lo que sintieron, sin duda, este 19 de julio, pensando que ahora sí tienen la sartén por el mango; que no hay guerra y por tanto, ahora aquel proceso “detenido”, puede volver a empezar.

Y parece que piensan que puede volver a empezar con sólo evocar la esperanza, las grandes palabras que representaron tanto heroísmo y amor en América Latina en la década pasada. Como ejercicio de nostalgia, la celebración del 19 de julio fue fascinante. El único problema, el agudo y duro problema, es que entre éste 19 de julio y el último que vio Daniel Ortega desde el poder, han pasado 18 años, y 18 años no pasan en vano.

La nostalgia tiene sus trampas. La más obvia es que nos hace olvidar lo malo y nos lleva sólo a recordar lo bueno. Igual que regresan los amantes a los amores tormentosos, hay quienes vuelven y vuelven a situaciones problemáticas, igual que esos insectos que se estrellan contra la luz y mueren en el intento. Por eso es que esta nostalgia de la pareja presidencial es tristemente infantil, inmadura y sobre todo, peligrosa.

El mayor peligro que yo veo es precisamente la intención manifiesta de hacer borrón y cuenta nueva y empezar de nuevo como si, ni la guerra contrarrevolucionaria, ni la derrota electoral se hubieran producido; como si estos 18 años no hubieran existido. Y bueno, lo cierto es que, aunque estos 18 años tuvieron sus aspectos funestos y redundaron en un descenso del nivel de vida de las mayorías, en escándalos de corrupción, en la inserción de Nicaragua en un modelo neo-liberal con privatizaciones absurdas y dañinas y otros muchos problemas innegables, también hubo aciertos en estos años. Aunque algunos se truncaron con el pacto libero-sandinista, podemos decir que, entre otras cosas, se afianzó la institucionalidad del estado; que empezamos a pensar que se podían lograr cambios vía elecciones (y el FSLN dio el primer ejemplo en 1990), que tanto sandinistas, como miembros de otros partidos, se sintieron partícipes con iguales derechos en el escenario político, que los presidentes no se le escondían a sus adversarios, se sentaban a hablar con ellos, oían y eran sensibles a las presiones, que la sociedad se hizo menos excluyente en términos políticos y cada quien podía contar su cuento, que se instaló la irrestricta libertad de prensa, que, si no se eliminó del todo, se aminoraron las represalias económicas o políticas hacia las personas que no eran miembros del partido de gobierno, que hubo menos presiones y más libertad y más respeto para quienes pensaban diferente, que se despartidizaron y profesionalizaron el ejército y la policía; que de la sociedad excluyente que vivieron quienes no eran sandinistas en los 80, pasamos a una sociedad incluyente, donde uno podía ser lo que le diera la gana sin miedo.

En otras palabras, los nicaragüenses empezamos a experimentar con la democracia; una democracia desigual, imperfecta, es cierto, pero una democracia al fin.

Este gobierno debería comprender que esas conquistas también fueron conquistas del pueblo -conquistas, no dádivas- y que son dignas de conservar. Quienes ahora resentimos y nos oponemos a su manera de ejercer el poder no estamos en contra de los pobres, ni de que haya educación y salud gratis, de hacer casas, carreteras, subsidiar la gasolina, subir el nivel de vida; estamos en contra de la exclusión, del miedo, de la pérdida de libertad, de la pérdida de la institucionalidad, de la pérdida de la posibilidad de diálogo, de ser castigados económica o políticamente si no somos parte del partido de gobierno; de vernos forzados a fingir que somos esto o lo otro para poder acceder a casas, comida, ventajas que no deberían depender de nuestra filiación política, que son parte de nuestros derechos como ciudadanos. Son estos derechos ganados tras mucho sufrimiento, guerra, carencias, los que no queremos perder; los que rehusamos perder.

Lo que queremos es un país para todos, progreso preferencial para los pobres, pero libertad y cuentas claras para todos, una justicia que no dependa del color político, una arena política abierta, un gobierno que no oiga solamente a quienes le dicen lo que quiere oír; un gobierno que no imponga su verdad y sus lineamientos como los únicos que cuentan y los únicos válidos, un gobierno que no haga de la arrogancia su bandera.

Con todo y lo que lo criticamos -y lo seguiremos haciendo como figura pública que es-, si Daniel Ortega comprendiera que no necesita crear enemigos para ser un líder respetable, si se animara a darle una oportunidad al diálogo, si comprendiera que la unidad no se logra excluyendo, sino incluyendo, si confiara más en la experiencia de apertura y respeto que hemos acumulado como pueblo, si tuviera más seguridad en sí mismo y se bajara de las tarimas, creo que mucha gente, igual que cuando tomó el poder, estaría dispuesta a escucharlo y a colaborar para enfrentar los tiempos duros que se nos vienen encima.

Y estoy segura que el próximo 19 de julio, los medios que ignoraron olímpicamente la concentración multitudinaria de este año, cayendo en lo que se le critica a los medios oficialistas, serían más objetivos y quizás hasta sacarían fotos de la plaza llena en primera página.

Managua 21 de Julio, 2008

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