• Jul. 3, 2017, media noche

No es hasta David Ricardo que se formalizó la doctrina del libre comercio. Anteriormente, el mercantilismo creía que el comercio internacional constituía un juego de suma cero, en el que un país solo podía ganar si otro perdía. Como había patrón oro, su posesión equivalía a riqueza. Era el legado del rey Midas. Ricardo expuso su pensamiento en la Ley de la Ventaja Comparativa. Las naciones producen los bienes en donde se utiliza principalmente como insumo su factor productivo más abundante; estos son la tierra, el trabajo y el capital. Así los argentinos son más eficientes produciendo y comerciando carne; los japoneses, carros; y los italianos, calzado de alta moda, en vez de que cada nación busque ser autosuficiente en esas tres áreas.

Esta teoría no salió de la nada. En los tiempos de Adam Smith y Ricardo había mucha protección, muy alta tarifas y los países languidecían. Sin embargo, la Revolución Industrial, a partir de 1750 aproximadamente, produjo un descenso dramático en el costo del transporte cuyos beneficios evidenciaron una convergencia de precios de los bienes que se comerciaban alrededor del mundo. Los precios comenzaron a integrarse entre América, Europa y la India. Ya no importaba el nivel de la tarifa, la reducción en el costo del transporte, vía marítima y por ferrocarril, neutralizaron al régimen proteccionista. De hecho, la globalización circa 1870 se dio entre naciones altamente protegidas, pero con gran capacidad de absorción tecnológica.  La Ley Smooth-Hawley en la Gran Depresión solo llevó al extremo tarifas ya de por sí elevadas.

Sin embargo, las ganancias que predice la Ley de Ventaja Comparativa son ganancias globales, Ricardo no captó que así como había ganadores también había perdedores. Les tocó a dos economistas suecos, Heckscher y Ohlin, plantear la sospecha de que había algo más profundo. Para esa época, el trabajo y el capital eran más abundantes en el Viejo Mundo en relación con el Nuevo Mundo; en consecuencia, los salarios y las tasas de interés eran bajos en el Viejo Mundo y altos en el Nuevo Mundo. La tierra era más abundante en América y, por tanto, las rentas eran menores. 

La implicación era obvia. El transporte barato inundó Europa con granos y carne, y produjo una caída en sus precios y los aumentó en América. Esto llevó a una reducción en el valor de la tierra en Europa y un aumento en América. La convergencia en el mercado de capitales respondió a los mismos cambios e igualmente sucedió con los salarios. 

En un paso más adelante, en 1941 otros dos economistas, Stolper y Samuelson, explicaron que la protección beneficiaba a las naciones que poseían el factor más escaso y perjudicaba al factor más abundante. Con el libre comercio predijeron que sucedía lo contrario. Por ejemplo, si el trabajo es escaso en el país A y abundante en el país B, entonces los salarios serán bajos en B al igual que los productos intensivos en trabajo. Con el libre comercio sucede lo contrario, ya que los consumidores prefieren los bienes más baratos en B, beneficiando a sus trabajadores y los trabajadores en A perderán.

Este razonamiento es válido también para los otros dos factores. El libre comercio beneficia a los terratenientes en países con abundancia de tierra y perjudica a los terratenientes en países con escasez en tierra. El ejemplo han sido los EE. UU., que los ha llevado a subsidiar a los agricultores, igualmente en Europa; así mismo, el libre comercio beneficia a capitalistas en naciones con abundancia de capital y perjudica a capitalistas en naciones pobres. En otras palabras, Stolper-Samuelson predecían que en Inglaterra los factores abundantes del trabajo y el capital favorecieron el libre comercio, los perjudicados favorecían el proteccionismo. En Francia, los factores escasos favorecieron el proteccionismo, pero el capital y los terratenientes derrotaron al trabajo y favorecieron el libre comercio.

Al identificar quién se beneficiaba y quién no llevó a una interpretación amplia de Stolper-Samuelson para explicar la formación de coaliciones políticas. En el siglo XX, Alemania integró terratenientes xenófobos (los junkers) ferozmente proteccionistas y capitalistas contra trabajadores socialistas que, por dictados del marxismo, favorecían el libre comercio dizque para destruir los fundamentos de la sociedad alemana y ha sido la fuente del nazismo. En Inglaterra, capitalistas y trabajadores formaron coalición contra la oligarquía terrateniente y promovieron un desarrollo democrático cuyas bases provenían de la Revolución Gloriosa de 1688. En América, capitalistas y trabajadores favorecieron el proteccionismo, legado que continúa con Trump.

Los países atrasados o en vías de desarrollo no son la excepción. Se pueden observar países en donde los tres factores, tierra, trabajo y capital, temen ser perdedores ante el libre comercio y forman coaliciones que favorecen el proteccionismo y echan las bases para un populismo fascistoide. El enfoque Stolper-Samuelson proporciona predicciones sumamente notables, aunque no se pueden negar otro conjunto de variables que afectan el proceso político. Incluso la República Romana fue víctima del populismo y la demagogia que se presentó después de la derrota de Cartago en una convulsión interminable por repartir los despojos del imperio de Cartago y condujo al imperio (se le llama la venganza de Aníbal). Esta interpretación de las coaliciones políticas la propuso Ronald Rogowski, sociólogo político de UCLA en EE. UU.

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