• Jul. 5, 2017, media noche

Durante una buena parte de mi vida tuve una tendencia a preocuparme de todo. Desde que tengo uso de razón me preocupaba por algo. En mis años de adulta, aún después de haber tenido mi encuentro con Cristo, me costaba mucho vencer las preocupaciones y estas me producían gastritis, migraña, asfixia, ataques de pánico. Dediqué bastante tiempo a leer sobre el tema, a ver charlas y por supuesto a orar.

Hace un tiempo escuché una charla de Joyce Meyer en YouTube, sobre la ansiedad y las preocupaciones, y ella decía que preocuparse era como sentarse en una mecedora; la preocupación lo mantiene a uno ocupado pero no lo lleva a ningún lado. Uno le da mil vueltas al problema, sin embargo, no hacemos nada para resolverlo, porque estamos muy preocupados para pensar con la cabeza clara, y no vemos soluciones que pueden ser muy fáciles de implementar. La preocupación es completamente inútil; es un desperdicio de tiempo y de energías. 

A veces decimos “puse mi problema en manos de Dios” y al ratito se lo volvemos a quitar y seguimos angustiados…

Hay una estadística que indica que la ansiedad de una persona común está concentrada así:

• 40% en cosas que nunca sucederán.

• 30% sobre el pasado que no se puede cambiar.

• 12% en las críticas de otras personas que en su mayoría no son verdad de todas maneras.

• 10% por la salud, la cual se pone peor cuando uno se preocupa.

• 8% solamente, sobre los problemas reales que uno enfrenta en la vida.

Dejamos de vivir el hoy y de aprovechar las oportunidades que se nos presentan, por estar pensando en lo que sucedió o en lo que podría suceder. Preocuparnos por ayer y por mañana no nos ayuda en nada.

La mente es poderosa y cuando se nos viene un pensamiento de preocupación, si nos damos cuerda, terminamos con insomnio, con asfixia y con todos los males físicos y emocionales que ya conocemos. Lo más divertido es que muchas de las cosas por las cuales nos preocupamos nunca suceden, aunque a veces si lo hacemos mucho, podemos provocarlas, como es el caso de las enfermedades.

Quiero compartirles lo que he hecho personalmente para vencer las preocupaciones:

1 Levantar mis manos y decirle a Dios “me rindo, no puedo sola”.

2Aceptar que yo no soy más inteligente que Dios. Él sabe mi problema antes de que yo lo tenga; tiene la solución en sus manos y la forma de implementarla en el tiempo perfecto.

3 Cuando tengo un problema no pierdo tiempo dándole vueltas, no comienzo a llamar a todas mis amigas para contarles, no voy pensando en él mientras llego a la oficina, no me lo llevo a la cama cuando me voy a dormir, simplemente busco soluciones. 

4 Me ocupo en otro asunto. Le mando un mensaje a alguien que tengo tiempo de no hablarle y sé que está pasando por un momento difícil; busco cómo ayudarle a alguien que tiene alguna necesidad; escribo un artículo, hago ejercicios, escucho música con buenos mensajes, etc.

5 Cuando quiero preocuparme recuerdo que debo hacer la parte que me toca y dejarle a Dios lo que yo no puedo hacer.

En mi vida la oración ha sido fundamental, y es de las cosas que más me ha ayudado a vencer las preocupaciones. Me encanta un versículo que dice: “No se preocupen por nada; en cambio, oren por todo. Díganle a Dios lo que necesitan y denle gracias por todo lo que él ha hecho”. Filipenses 4:6

En la charla de Joyce Meyer que mencioné, decía que “el comienzo de la ansiedad es el fin de la fe y el comienzo de la fe es el fin de la ansiedad”, es cierto. Yo lo he experimentado una y otra vez.

¡Cambie la silla de la preocupación por la silla de la oración!

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