• Jul. 10, 2017, 12:37 a.m.

Según muchos estudiosos, la historia marcha a base de contradicciones en que el éxito de un proceso socava sus propios cimientos. Es lo que ha estado sucediendo con el cada vez más concentrado sistema capitalista. Estos eventos comenzaron con la idea de Adam Smith, quien sostenía que la rapacidad individual contribuía sin proponérselo al bienestar de la comunidad, al bienestar social, a través de la productividad. La oferta y la demanda regulaban en forma óptima la economía como si hubiera una “mano invisible” que hacía innecesaria la intervención gubernamental, la que se limitaba al fortalecimiento de la defensa y la seguridad, y tal vez el alumbrado público. El estado era operado por una élite liberal individualista y el bienestar social se definía como la mera suma de individuos. El grupo como tal no existía.

Con la aparición de la Primera Revolución Industrial, entre el período 1750-1890, comenzó el crecimiento de las ciudades, el hacinamiento urbano y un movimiento de masas cuyas demandas no podían ser satisfechas por el estado, ni ayer ni hoy. Se fue gestando no un mundo globalizado sino uno dominante y otro dependiente, uno exitoso y otro rezagado. El mundo  dominante es unido y cada vez más concentrado, el otro mundo es abigarrado y heterogéneo, sólo unido por los lazos de la dependencia y por su pobreza generalizada. 

Este mundo exitoso funcionaba bien en términos de rentabilidad. La “mano invisible” aseguraba elevados precios de bienes, de tasas de interés, y de utilidades. Sin embargo, cuando en 1873, se produjo el pánico bancario por el excesivo endeudamiento, que arrastró también a los precios, las tasas de interés, y las utilidades generando deflación, los productores reclamaron la intervención de la “mano visible” del estado para recuperar el vigor económico. La respuesta del estado fue doble, en primer lugar se elevaron las barreras proteccionistas incluyendo a Latinoamérica, especialmente para bienes de consumo, con libre circulación del capital y los servicios financieros; en segundo lugar, los estados buscaron expandir los mercados a través del imperialismo económico que globalizó el comercio como nunca antes. Los países centrales exportaban bienes manufacturados y los colonizados bienes primarios. Inglaterra fue la excepción al proteccionismo ya que había eliminado a los poderosos terratenientes con la apertura 
de la agricultura.

La crisis puso en evidencia la tendencia de los empresarios a abandonar los mercados competitivos y coludirse en forma de cártels o trusts dando nacimiento a los oligopolios. Estas nuevas formas de organización empresarial que impulsaron fuertemente la productividad coincidió con el descubrimiento de oro en Sudáfrica, lo que aumentó la oferta de dinero, se venció la deflación reiniciando una expansión única en el comercio y las economías. La riqueza estaba a la orden del día. Las masas obreras fueron dejadas a su suerte y se produjo en este período una intensa agitación social que radicalizó los movimientos sociales bajo la bandera del socialismo. Los estados no estaban en capacidad de satisfacer las peticiones de la población marginada y la respuesta fue el abandono del elegante modelo constitucionalista de la democracia como Gobierno del pueblo dando paso a la manipulación de la democracia. 

El panorama predominante era el del hormiguero urbano, masas de trabajadores que no comprendían la lógica de la economía de mercado pero que agobiaban a los estados con sus demandas insatisfechas. Se amplió el derecho al voto, incluyendo el voto femenino, y el liberalismo adquirió un tono reformador en materia social pero a cuenta gotas. Era la contradicción entre una mayor concentración de la riqueza y las crecientes demandas por bienes públicos atados al concepto de bienestar social como la suma de un agregado que ha producido el mito del votante promedio y del ingreso promedio. Keynes lo definió con palabras que aún ahora suenan actuales: “La democracia todavía está a prueba... ello por dos causas, una permanente y otra transitoria. En primer lugar cualquiera sea la magnitud de la riqueza su poder será siempre desproporcionado; y en segundo lugar, la defectuosa organización de las clases que ejercen el derecho al voto no ha impedido cualquier alteración fundamental del equilibrio existente”. Evidentemente, 
los intereses de los grupos privilegiados y los de la masa no son los mismos y ven los asuntos públicos de muy distinta manera. 

Este juego prevalece aún hoy día en los estados democráticos. ¿Qué sucedería si estas masas llegaran algún día a controlar el destino de los estados? La pregunta es inevitable y la democracia ha derivado en meros procesos electorales más que en una forma de vida

Así pues el capitalismo se ha concentrado aún más siguiendo una lógica derivada de los progresos de la ciencia, el liberalismo desembocó en socialdemocracia con parlamentos llenos de coaliciones políticas débiles y fragmentadas, y la racionalidad decimonónica tan elegante ha degenerado en los movimientos irracionales del siglo con su caleidoscopio de “ismos”: freudismo, darwinismo social, el balance del terror en la Guerra Fría expresado en las estrategias mini-max de Von Neumann, y la disolución del marxismo en las nuevas corrientes de emancipación de todas las minorías, la sexual, el feminismo competitivo, la agitación por distorsionar el concepto de familia, el rechazo por la norma y la ley, el placer por la transgresión. Así, por un lado, en la Historia de la Locura de Foucault, Sade hace las veces del héroe de una sinrazón absoluta, y, por otro lado, en las ideas liberalizadoras de Lacan con su fanfarronería democrática y cuya pasión por Antígona, como antes Freud con su Edipo, anticipaban la crisis de l
a estructura de la familia, la unidad fundamental de la sociedad.

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