• Jul. 15, 2017, media noche

A la prensa internacional le ha resultado difícil etiquetar las posturas políticas de Emanuel Macron, el ganador de la primera ronda en las elecciones presidenciales de Francia. Algunos lo han llamado liberal y otros moderado, pero la mayoría finalmente se decidió por de centro.

Esta opción es comprensible, pero no deja de tener sus problemas. Sugiere un mero punto medio, como si las ideas de centro fueran solo una combinación de la derecha y de la izquierda. En realidad, los movimientos políticos de centro que han tenido éxito forman parte de lo que el sociólogo Anthony Giddens llama el centroradical: tienen una ideología clara e ideas propias.

Macron y otros liberales, como el primer ministro canadiense Justin Trudeau, o el nuevo partido Ciudadanos en España, se encuentran todavía en el proceso de definir lo que defienden. He aquí mi opinión de lo que una agenda política de centro, liberal y moderna, debería incluir.

Comencemos con algo de filosofía política. A la derecha le gusta afirmar que defiende la libertad. Pero su idea de libertad corresponde a lo que Isaiah Berlin ha llamado libertad negativa: estar libre de coerción por parte del gobierno, de regulaciones excesivas o de tributación punitiva. Sin embargo, puesto que un niño que creció en la pobreza, asistió a escuelas mediocres y fue objeto de discriminación, carece de lo que Berlin llama libertad positiva para convertirse en astrofísico o en magnate de Wall Street, los centristas creen que para que los ciudadanos sean verdaderamente libres, las políticas gubernamentales deberían asegurar oportunidades básicas para todos.

La izquierda, por su parte, sostiene que defiende la igualdad. Pero, ¿qué tipo de igualdad? ¿De ingresos, de riqueza, de felicidad, de destino? Debido a que carece de respuestas precisas a estas preguntas, la izquierda tradicional tiende a abarcar demasiado –permitiendo que el gobierno se expanda sin límites– o termina enfocándose más en los medios que en los fines. Por ejemplo, los izquierdistas insisten en que la educación universitaria debería ser gratis para todos, en lugar de ocuparse de la calidad de dicha educación.

En contraste, los centristas modernos abogan por un gobierno que sea del tamaño que requiere la tarea de asegurar la libertad positiva –no más, no menos. La académica estadounidense experta en filosofía política Elizabeth Anderson, llama igualdad democrática a este estándar. El gobierno debería garantizar (y, de ser necesario, costear) una educación que sea suficientemente buena como para entregar los conocimientos que permiten a los ciudadanos interactuar como iguales en una sociedad democrática. ¿Cursos  rigurosos de matemáticas o lenguaje? Definitivamente sí. ¿Clases de tenis o de cocina? Tal vez no.

Un nuevo centro liberal debería ser promercado en lugar de proempresa. Debería partir de la observación empírica que ninguna economía ha crecido de modo sostenido sin utilizar el mercado y el libre intercambio. Sin embargo, a diferencia de los libertarios, los centristas no creen que los mercados pueden curar todos los males; por el contrario, en algunos casos (las finanzas son el ejemplo más obvio), los mercados no regulados pueden ser fuente de inestabilidad. Y, a diferencia de los conservadores amigos de los empresarios, los centristas no creen que la competencia en el mercado cae del cielo: se la debe promover a través de potentes políticas antimonopolios.

El tamaño del Gobierno junto con la naturaleza de los mercados es una de las cuestiones que definen a nuestros tiempos. La globalización es otra. Los centristas deberían defender el patriotismo frente al nacionalismo, para emplear los útiles términos de Philip Stephens, columnista del Financial Times.

El libre movimiento de personas, bienes y servicios a través de fronteras nacionales aumenta la eficiencia y ayuda a los países a lograr prosperidad. Pero los seres humanos no vivimos solamente de la prosperidad material. Prosperamos espiritualmente cuando nos sentimos parte de una comunidad, de una empresa humana compartida. Y hoy día ese sentido de comunidad, con mucha frecuencia, se encuentra enraizado en la nación-estado.

La forma de lograr la cuadratura de este aparente círculo es observando que no amamos a nuestra patria a causa de un erróneo sentido de superioridad étnica o racial, sino porque ella representa valores que son universales y nobles. Macron puede decir con orgullo que él es un patriota francés porque Francia le dio al mundo liberté, égalité y fraternité. En la reciente elección en Holanda, los liberales pudieron abogar por el respeto a los derechos de los inmigrantes porque el respeto y la tolerancia son valores tradicionales de esa nación, de los cuales puede estar orgulloso cualquier patriota holandés. Estos son ejemplos de lo que el filósofo Jürgen Habermas ha denominado patriotismo cultural (otros lo llaman patriotismo cívico).

Esta postura filosófica tiene implicaciones prácticas. Como principio general, los centristas liberales están fuertemente a favor del movimiento internacional de personas y bienes, pero deberían estar dispuestos a considerar límites cuando lo que está en juego es la cohesión nacional. En lugar de oponerse a la inmigración, tendrían que ofrecer una política de migración inteligente.

Otra implicación es que el enfoque político del centro no puede darse el lujo de ser frío y tecnocrático. El amor por las instituciones democráticas liberales no es espontáneo, se lo debe cultivar. Para ello sirven los ritos republicanos y la retórica política persuasiva. Esto es algo que comprenden los líderes políticos de éxito.    

Por último, pero por cierto no menos importante, los centristas liberales deberían ser antipopulistas. Los populistas son demagogos que prometen lo inasequible; están dispuestos a incurrir en déficits y deudas que nuestros nietos tendrán que repagar. En contraste, los liberales comprenden que la macroeconomía sólida es buena para la política. Cuando Wall Street se desplomó en 2008-2009, solo los gobiernos cuyas finanzas públicas estaban en orden pudieron implementar los planes de estímulo que les permitieron conservar apoyo político. Chile es un ejemplo de esto (información completa: yo era el ministro de Hacienda en esos momentos).

No obstante, una economía sólida no es suficiente para dar al liberalismo una ventaja en la lucha contra el populismo. Los populistas complacen. Dicen lo que ellos creen que los votantes quieren oír, y manipulan los miedos y las ansiedades de estos. En contraste, los centristas deberían tratar a los votantes como adultos y decirles la pura verdad, y nada más que la verdad.

A través de su campaña, Macron les dijo a los franceses cosas que algunos de ellos probablemente no querían oír: que Francia ha perdido competitividad, que sus industrias ya no lideran al mundo, y que para prosperar los franceses tendrán que adquirir nuevos conocimientos, innovar más, y abrir más  –no menos–  su economía al mundo. 

No fue un mensaje fácil de entregar. Pero los ciudadanos franceses lo comprendieron–y muchos de ellos votaron por Macron–. Las políticas radicales no sirven de mucho, pero sí sirve la verdad radical. Políticos centristas del mundo, En Marche!

*Andrés Velasco, quien fue ministro de Hacienda de Chile, ofrecerá en Nicaragua la conferencia Rutas de Transformación Económica, el próximo 27 de julio, invitado por Funides.

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