• Jul. 24, 2017, media noche

En una reciente publicación, The Economist (julio 1, 17) se lamenta que la celebración de la Independencia americana (EE. UU.) vaya a celebrarse en un país dividido por incomprensiones mutuas: entre Republicanos y Demócratas, entre obreros y estudiantes universitarios, entre gente del campo y de las ciudades. Y agrega que el presidente Trump no solo es el síntoma, sino también la causa de esas divisiones. Un poco más reflexivo agrega que los 4 de julio son un tiempo de evocación, en la que América muestra la capacidad de renovarse tal como se hizo en los tiempos de Roosevelt y Reagan.

Por supuesto, Roosevelt y Reagan y ahora Trump son ejemplos de la capacidad de renovación nacional, aunque también símbolos de dicha división. El reaganismo y su sucesor Trump reencarnan el ‘Sueño americano’ y son portadores de la revolución conservadora en América; ellos han sabido leer el signo de los tiempos en el que América sigue siendo el país de la aventura individual, de la realineación con ese amplio conjunto de segmentos sociales de gente sencilla, campirana, de trabajadores, tenderos, amas de casa, que creen en Dios, en los valores morales y espirituales, en la familia, en la libre empresa, en la competencia, personas que nunca van a aparecer en televisión, a vociferar en público y que Nixon en un célebre discurso llamó la “mayoría silenciosa”. No hablan, pero cuando votan dan el triunfo a los Reagan y los Trump. Ellos representan el carácter de los pioneros, los que dieron nacimiento al país, los colonizadores de Nueva Inglaterra, personas acostumbradas a la lucha por la vida, que salieron adelant
e sin el bastón del Gobierno. Son la columna vertebral de América.

En cambio, personajes como Roosevelt y Kennedy personifican el programa Liberal, la izquierda Americana. La versión del liberalismo nació conRoosevelt y la expansión del Estado, labor que continuaron Johnson, Carter, Clinton y Obama. Con esta versión vino también la legalización del aborto, la prohibición de las oraciones en las escuelas públicas y una política social disfrazada de filosofía, pero que se apoyaba en el clientelismo político, en el voto de los gremios. Antes estos programas estaban en manos de los gobiernos estatales o respondían a iniciativas privadas, por ejemplo iglesias y organizaciones cívicas. Con la revolución liberal pasaron a manos del gobierno federal de manera que los votos demócratas eran pagados por todos los contribuyentes como en el caso del medicaid, los programas escolares de Kennedy o incluso el salario mínimo que sirvió de plataforma electoral con los sindicatos.

El único programa que sí tuvo raíces genuinamente sociales fue el de los derechos civiles ejemplificados en la obra de teatro “Un Tranvía llamado Deseo”, sumamente exitosa y alude al nombre de la calle de un gueto en Nueva Orleans.

Comenzando con Roosevelt se puso de moda ser izquierdista. La izquierda imponía la moda, creaba el ambiente intelectual, los debates políticos, los medios de comunicación, la forma del establishment. Eisenhower, Nixon, McCarthy Vietnam y Watergate fueron juzgados según los criterios de la izquierda. Y sin embargo, el mccarthismo con su persecución de brujas empequeñece ante la histeria mediática de las minorías inadaptadas, de la contra-cultura. El rol de los medios de comunicación dominados por la izquierda ha sido muy sesgado. Sus ejecutivos asisten a las mismas universidades, frecuentan los mismos círculos, leen los mismos libros y toman las mismas vacaciones. Viven agrupados en las grandes ciudades de la costa este y tienen poco en común con el resto del país. Sus pronósticos electorales dejan mucho que desear, se equivocaron con Hillary Clinton, con John Kerry, Al Gore, Dukakis, Mondale y McGovern.

Hacia la era de Reagan como en la de Trump la izquierda estaba exhausta, sin programa y sin ideología. Se confundieron y no comprendieron los sucesos de Irán, los del Estado Islámico y otros grupos y gobiernos terroristas, con Carter el comunismo había avanzado hasta Centroamérica y con Obama el terrorismo golpeaba al Occidente.

La reacción conservadora adquirió las características de una cruzada en términos de ética social, más que un partido político constituye una forma de pensamiento transmitido por las bases de la sociedad, por la mayoría silenciosa. Como dice Condoleeza Rice, América es sobre todo una idea, la de  democracia y  libertad. Este conservatismo siente mucha desconfianza del gobierno federal, de los políticos, de los medios de comunicación. América es la creación de individualidades más que de poderes centralizados, al contrario de Europa y Latinoamérica. Tampoco se puede identificar, y esto es importante, con Wall Street, los grandes banqueros o las corporaciones gigantes. 

La historia de alguna manera vuelve sobre sí misma, como si fuera una estructura fractal y así han surgido Reagan y Trump contra viento y marea. Parafraseando a Henry Kissinger podría decirse: Según una antigua tradición, Dios preserva a las naciones  pesar de sus muchas transgresiones porque, en un determinado momento, surgen individuos que las redimen.

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