• Jul. 23, 2008, 10:18 a.m.
Nací en Nicaragua,  soy de aquí,  me gusta y me sigue gustando. Me quejo, pero me gusta. A pesar de que Nicaragua ha sido un truco de los dioses, me gusta. A pesar de que es una prueba del más allá,  para los que habitamos el más acá sin solicitud alguna, me gusta. Incluso sabiendo que nacimos aquí sin formularios previos o logísticas vestidas de futuro planificadas de antemano, me gusta. A pesar de todo y de los que pusieron sus manos para entristecer nuestra historia, permanece intacto el gusto que tengo por esta tierra aguantadora, luchadora y menospreciada.

Los accidentes típicos de nuestra sociedad tan radicales como la geografía que nos dibuja, nos hicieron lo que somos: divertidos, guerreros, conformistas, fiesteros, tímidos, emprendedores y hasta un poco acomplejados. Nos acostumbramos sin reclamos, a ser producto de una sociedad que nació de españoles nostálgicos, acostándose con indias que merecían cama pero no futuro. A pesar de todo me gusta y me gustará siempre.  Seguro estoy que el gusto lo encontré, y lo encuentro en los ojos de los nicaragüenses descalzos, los que nunca visitaron un lugar  público, de los que no han tenido oportunidad de dirigir ni regir nada. De los miembros del enorme batallón anónimo manejado por el albedrío, de los que con las riendas en sus manos, han tomado el camino que los conduce a donde ellos quieren y no el que le convenga a todos.  De los que habitan esta tierra salpicada por los dos océanos y manipulada de manera lamentable desde el principio de los tiempos coloniales por ciudadanos que se llamaron así por mero asunto de lenguaje. ¿Excepciones? las hay, pero no las cito para dejar que el fuego de la conciencia queme un poco a los aludidos.

La noticia de personas muertas, de manifestaciones, de bandos encontrados (recurrente acción de nuestra accidentada historia), de jueces dejando “manchar” sus decisiones con enorme destellos de duda, y la determinación tenaz de los que pretenden el poder cueste lo que cueste, ¿será que el poder lo buscan los débiles para rescatar sus enormes deficiencias y complejos personales?, ¿será que el poder es el sitio perfecto donde conviven la pedantería y la avidez?, ¿será que el poder es el hambre de saciar lo que ya esta repleto? o¿será que el poder es lo que es, el lugar que se asoma en la historia? Como un vaso de agua fría en el desierto desolado de nuestra realidad para darle fin al grito de un pueblo que protesta porque tiene porqué protestar.

Los tratados de paz no alivian el hambre, los discursos de los políticos no enseñan a leer, el deseo voraz por el trono no es la solución de los problemas. No quiero referirme a ustedes los políticos ni a sus respectivas intenciones a la hora de obtener  el sillón tan perseguido. Quiero referirme sí, a doña Marlene, frente al comal, sacudiendo sus manos para la tortilla antídoto del hambre, a don Ervin, albañil, cuchara en mano, poniendo el ladrillo del techo que protegerá del frío. A Martha, la secretaria; a Ismael, el maestro; a Jacinto, Carlos, Gabriela, Gloria, Noelia, a los indios de dedos surcados por el trabajo, piel agrietada por el sol y futuro incierto.

Quiero referirme a ellos que son los que habitan el país y se merecen algo mucho mejor, que una ensarta de desesperados buscando encontrar el cielo particular , que les otorga una silla y un lugar en las decisiones que afectan a todos. ¿Si es tanto el deseo del poder para encontrarle una solución a los problemas que nos afectan, no será una muy mala manera de empezar? Yo no sé quien será el próximo alcalde, pero es bueno que se entere a unos días del conflicto (elecciones) que no hay cuenta bancaria en el mundo que borre la enorme mancha que ustedes mismos podrían dibujar con su nombre en el libro de la historia donde aparecemos todos. Tengan la piedad que tiene el torturador momentos antes de la estocada final, para un país bueno y merecedor de un representante digno y consecuente con las necesidades de todos. No los juzgo, pero enterados deberían estar que son muchos los rosarios que se podrían hacer con las decepciones obtenidas. Lo cierto es que teniendo todo, se las han arreglado para un saldo de nada.

Puede que las estadísticas sirvan de algo. Puede que los sondeos se vuelvan presagios. Puede que la ambición y el poder sean un vicio comprensible. Pero jugar al tiro al bote con un país que corre desnudo por la calle del barrio más triste del mundo, o es de locos o es de genios o será de cínicos, que tarde o temprano vienen siendo la misma cosa. Jamás en mi barrio a la hora de jugar al tiro al bote, analogía perfecta de la vida, por más petulante, patán, o sinvergüenza que fuera el que saliera del escondite, escuché a uno solo que fuera tan egoísta, narciso y antipopular que dijera la frase que ustedes parecen decir en su afán desenfrenado por el poder.

“Un, dos, tres chibiricuarta por mí, y los demás que se jodan”.
 

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