• Jul. 31, 2017, media noche

Un once de septiembre de 1789, en una votación en la Asamblea Nacional surgida de la Revolución Francesa se discutía el veto del rey. Los que estaban a favor se situaron a la derecha del presidente de la Asamblea, los que estaban en contra lo hicieron a la izquierda. Así, la izquierda se asoció al cambio político y social.

Sin embargo, los valores que dieron origen a la izquierda se basaban en dos revoluciones, la Industrial y la Francesa. Este fue un período de progreso político y social al igual que científico y económico. Fue el período de la Ilustración que debió su impulso al progreso de la producción y el comercio, al racionalismo, a un conjunto de principios que originó al comercio, a los empresarios ilustrados, los financieros, la clase media educada. Esta era la izquierda cuyo significado ahora se ha convertido en un  mero juego de palabras al compás de la moda política.

Un siglo después, en la llamada “Belle Époque”, el sistema económico y la forma de vida nacida de las dos revoluciones mencionadas progresaba como nunca antes. Podría uno imaginarse dicho progreso como una línea de tendencia creciente en el tiempo en cuyo alrededor fluctúa cíclicamente el proceso político pero este es arrastrado por el proceso económico.

El capitalismo se enfrentaba por un lado a las viejas monarquías aún prevalecientes en Europa y por otro lado a las masas obreras y al nacionalismo cuya emergencia marginó la lucha de clases. El marxismo se había agotado (incluso Marx nunca visitó una fábrica para ver cómo funcionaba) y estaba siendo sustituido por el revisionismo de la Segunda Internacional y la socialdemocracia.

Se hablaba de izquierda y derecha de una manera antojadiza, hasta podría decirse que Prudhon estaba a la izquierda y Marx a la derecha. Se olvidaba que el progreso científico y económico volvía obsoletas esas calificaciones. El mismo Lenín afirmaba, en cuanto al proceso político, que la república democrática es la mejor protección del capitalismo y, agregaba, una vez alcanzada, ningún cambio, ni de personas ni de instituciones, ni de partidos podría quebrantarla. 

Las decisiones no las toman individuos sino instituciones, muchas con carácter global. Hablar de izquierdas y derechas es tan irracional como hablar del derecho divino de los reyes.

Ese era el sistema que se estaba consolidando en Occidente, una época de mucha movilidad social cuyo ejemplo proviene de un jardinero que pudo educar a su hijo en Cambridge quien, a su vez, fue el padre de John Maynard Keynes que revolucionó la economía, fue miembro del Círculo de Viena y descubrió a Piero Sraffa, teórico de los rendimientos crecientes. Fue una época de progreso intenso y globalización del comercio cuya estabilidad fue destruida no por la dialéctica sino por la periferia: el Imperio de los Habsburgo, los Balcanes y Rusia y por un nacionalismo desbordado.

Otro siglo después, el antiguo líder Yuri Andropov ordenó a su protegido Mijail Gorbachov que hiciera un estudio de la economía soviética tan secreto que pocos miembros del alto mando soviético lo conocieron. Pero como Luis XVI dos siglos antes Andropov vetó dicho estudio hasta que Gorbachov lo puso en práctica cuando fue secretario general. No obstante como en el personaje de El Jardín de los Cerezos de Chéjov, Gorbachov se debatía en remordimientos ante el sistema decadente que iba a destruir. 

Ya en el siglo XXI carece de sentido hablar de izquierdas y derechas. Ahora se asiste a una división de la propiedad entre inversionistas, que son los antiguos liberales burgueses y viven de sus rentas, y sus ejecutivos, que son la clase media alta y les manejan sus empresas. Los primeros son supermillonarios, los segundos son millonarios. A su vez, la clase media propiamente dicha ha ocupado el lugar de la media alta y estos han sido desplazados por la clase media baja o pequeña burguesía con su indolencia, su apatía, preocupada por su billetera y por su posición en el mercado de trabajo y en el de consumo. Después sigue el proletariado sin programa y sin ideología. Todos ellos se mueven a lo largo de la escala social del capitalismo. 

Esta nueva organización económica y social ha tenido implicaciones enormes. Las únicas leyes que existen son las leyes económicas y estas leyes mueven la historia, son las leyes del mercado, las de la oferta y la demanda.

Los modelos generales versan sobre el equilibrio económico y no sobre la lucha de clases sociales. Las opciones se plantean en términos de modelos de optimización social y no de modelos políticos.

Las decisiones no las toman individuos sino instituciones, muchas con carácter global. Hablar de izquierdas y derechas es tan irracional como hablar del derecho divino de los reyes. Los problemas como siempre son geopolíticos y por supuesto un sistema económico vigoroso y dinámico requiere de liderazgos políticos que estén por encima de las circunstancias. 

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