• Ago. 2, 2017, media noche

En estos días, un amigo que leyó el libro que escribí, “El Poder del Amor, mi experiencia con el cáncer de seno”, me preguntó si sabía de alguna organización que ayudara a personas que estaban en tratamiento de cáncer, porque un amigo estaba preocupado por el estado de ánimo de su esposa. Le dije que no, pero que mi esposo y yo con gusto los visitaríamos para compartir nuestra experiencia. Le pareció buena idea. Mi esposo lo llamó y aceptó que les visitemos, pero me llamó la atención que le dijo: “nosotros no somos religiosos”, andamos buscando otro tipo de ayuda.

Ya nos han dicho varias veces que somos “religiosos”. Cuando usan ese adjetivo, suena hasta despectivo.

Hay una gran diferencia entre ser religioso y tener una amistad con Dios… Sí, se puede tener una amistad con Dios… con Jesús… con el Espíritu Santo.

Religioso: persona que profesa una religión, practica sus preceptos, vive y actúa de acuerdo con ella.

Religión: Conjunto de creencias o dogmas acerca de la divinidad, de sentimientos de veneración y temor hacia ella, de normas morales para la conducta individual y social y de prácticas rituales

Amistad: afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato.

Religiones hay muchas, pero no es de eso que quiero hablar; mi deseo es transmitirles desde mi perspectiva de mujer de carne y hueso, imperfecta, con mis luchas diarias, lo que significa para mí tener una amistad con Dios. No soy religiosa. Hace 27 años conocí a Jesús y desde que eso sucedió, he buscado y cultivado esa amistad con Él.  

Hace dos años fui diagnosticada con cáncer de seno; me operaron y recibí tratamiento de quimioterapia. Es muy duro enfrentar un diagnóstico de ese tipo y todo lo que conlleva. La quimioterapia no solamente tiene efectos físicos, sino también emocionales; uno puede deprimirse. En el libro que escribí, Dios Padre, Jesús y el Espíritu Santo son los protagonistas, porque desde que recibí el diagnóstico, lejos de pelearme con ellos, decidí buscarlos con todas mis fuerzas.  

Todos tenemos un amigo con quien compartir alegrías y tristezas, temores y angustias, victorias y derrotas; sabiendo que siempre nos va a animar, a proteger, a ayudar, a comprender, pero, sobre todo, a amar incondicionalmente. Esta misma amistad que tenemos con alguien de carne y hueso la podemos tener con Dios, aún mucho más profunda e íntima, y no significa que seamos religiosos.

En los momentos más oscuros de mi batalla, tuve la oportunidad de estrechar y cultivar mi amistad con Él; pasando tiempo en Su presencia, hablándole, llorando, pidiendo fortaleza para resistir dolor, para tener energías, para poder comer y no debilitarme. Lo encontraba en la primera luz de la mañanita y en la oscuridad de las noches cuando no podía dormir. A la hora que fuera, siempre estaba ahí, para consolarme, para animarme y hasta para hacerme reír. En esos momentos difíciles aprendí lo que significa cultivar esa amistad mediante la oración, la alabanza y la gratitud. 

Cuando visitemos a esta pareja, esto es lo que les vamos a decir. No se trata de religión, se trata de relación; no se trata de nosotros, se trata de Él; de saber que hay un amigo que está siempre para nosotros, para abrazarnos en los momentos más difíciles de nuestras vidas; para celebrar nuestras victorias, para enseñarnos el camino correcto, para mostrarnos su poder cuando tomamos la decisión de poner en sus manos nuestras vidas.  Hay maneras de controlar la mente y las emociones y sentir alivio temporal; pero cuando encontramos esta amistad de la que les hablo, podemos recibir amor, paz y esperanza permanente.  

Hace unos años uno de nuestros hijos le preguntó a una prima cuál religión era la mejor. Ella con mucha sabiduría le dijo que la mejor religión era amar a Dios sobre todas las cosas, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas. 

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