• Ago. 9, 2017, media noche

Hoy fue el primer día de la universidad de nuestro hijo menor, Sebastián. En la mañanita mientras oraba, se me vino una película de sus días de colegio, los buenos momentos y los no tan buenos. Batalló con los estudios porque le cuesta bastante concentrarse y en diferentes momentos de su vida escolar fue comparado con sus hermanos. No es que sea menos inteligente que ellos o que tenga menos capacidad, simplemente aprende de forma diferente y nuestros sistemas educativos carecen de las herramientas y capacidades para manejar diferentes formas de aprender. Recordé las tantas veces que llegó del colegio a la casa llorando o enojado porque algún profesor o compañeros de clase le habían hecho algún comentario al respecto. Una vez, un compañero le dijo “¿y vos, para qué sos bueno?”

Yo creo firmemente que de las peores cosas que le puede pasar a una persona es que nos comparen con alguien negativamente. Muchas veces comparamos a un hijo con otro, según nosotros, para enseñarle al otro como hacer algo o como debe comportarse, pero esto es dañino para su autoestima. Hay que tener mucho cuidado de no caer en este error, de hecho, hay que estar alerta con los abuelos, los tíos y los profesores para que no lo hagan tampoco. Mi esposo y yo si algo hemos cuidado en nuestro ejercicio de ser padres es  que nunca comparamos a nuestros hijos y hemos estado más que atentos para que terceros no lo hagan. Infinidad de veces fuimos al colegio a hablar con profesores y supervisores para exponer lo que estaban haciendo con Sebastián; no siempre tuvimos éxito. Yo no sé cómo hice para no “ahorcar” a nadie las veces que vi sufrir a Sebastián por este motivo. A mitad de la secundaria tuvimos que cambiarlo de colegio para terminar de una vez por todas con el asunto. A las dos semanas de estar en el nuevo colgio me dijo: “me gusta este colegio porque ahí soy Sebastián Vega, no el hermano de Alejandro y de Andrés.” Me impactó mucho este comentario y me confirmó que habíamos tomado la mejor decisión.

A veces, aunque evitemos hacer comparaciones, ellos mismos pueden compararse; si uno es mejor deportista que el otro,  si saca mejores notas,  si es desenvuelto, etc.  También hay que estar atentos a esto. Levantar una autoestima caída es bien complicado. Mi esposo y yo decidimos invertir bastante tiempo en cuidar el corazón y la autoestima de nuestros hijos. Siempre conversamos abiertamente de las cualidades, habilidades, talentos de cada uno y les inculcamos a los tres que estuvieran orgullosos de los logros de sus hermanos. Les enseñamos a celebrar los éxitos de cada uno y a apoyarse mutuamente en sus fracasos. Las veces que alguno de ellos ha mencionado en frente de nosotros que se siente menos en algo que alguno de sus hermanos, inmediatamente abordamos el tema y lo neutralizamos. 

Dios nos regaló diferentes dones y talentos a todos; debemos conocerlos, ponerlos a trabajar y agradecerle por ellos.

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