• Jul. 24, 2008, 4:54 p.m.
Lo conozco hace pocos años, pero me impresionó su currículum, con maestría y doctorado en países del primer mundo, en una especialidad de los complicados números. La verdad la primera vez quise creer que era bromista, porque al ser presentado por una amiga, entre sus características personales mencionó que era militante “de primera promoción” del Frente Sandinista.  

Me da igual, pensé, al final, no tengo problemas en contar entre mis amistades a personas que no piensen como yo. Pero el hombre se las toma muy en serio esas que son virtudes para él, aún cuando hoy esté en el vil desempleo, irónicamente, cuando gobierna el partido por el cual toda la vida ha luchado y votado.

El amigo de la historia laboró durante los 90 en una entidad del gobierno, en un cargo importante, dada su capacidad, la cual fue reconocida por todos los ministros que pasaron por allí.

Ganaba bien, tenía una bonita casa… en fin, era un hombre que no sufría de carencias y entiendo que sentía reconocidos sus méritos, pese a que doña Violeta Chamorro, Arnoldo Alemán y Enrique Bolaños, los presidentes neoliberales de los 16 años, tienen fama entre los sandinistas de haber “barrido” con los trabajadores de filiación rojinegra en las instituciones. Algo a todas luces falso.

Cuando la campaña del 2,006 pude ver su emoción por el próximo triunfo. Invirtió gran parte de su salario para aportar al proselitismo de Daniel Ortega, a la vez que adquiría deudas porque pretendía colaborar en todo. Pero no importaba, porque era por la causa.

Llegó el triunfo de Ortega y con él las esperanzas que el hombre creía ver materializadas. Continuó en su cargo varios meses, con paciencia, hasta que llegó el merecido ascenso.

La alegría no duró mucho, pues hace algunos meses fue despedido. “El ministro es nefasto”, me dijo, cuando lo vi, días atrás, a lo que yo le contesté: Sí, pero sigue lineamientos del presidente.

Lastimosamente, el pago de las deudas adquiridas para apoyar la campaña de Ortega lo obligaron a despojarse de su costosa casa, el cual nadie le había regalado, sino que se lo ganó con el sudor de su frente y con sus vastos conocimientos, a lo largo de los 16 años de gobiernos neoliberales.

Aún hoy no culpa a Ortega por la debacle del país, pese a que siendo un experto puede presumir de tener más entendimiento en números que la mayoría de los nicaragüenses. Tampoco menciona que por su incondicional apoyo, que rayaba en la ingenuidad, hoy está sumido en las deudas y sin trabajo.

Su historia, estoy segura, se ha repetido incontables veces en las instituciones, donde no se está compitiendo por quien tenga más capacidad profesional, sino más servilismo hacia los “grandotes”, que todos los no sandinistas saben perfectamente quienes son.

Los interines de su despido los conozco a medias, pero de algo estoy segura: Este profesional de gran capacidad pagó el precio de su ciega creencia en un caudillo, más que en un ideal.

(*) kcastillo@elnuevodiario.com.ni

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