• Ago. 14, 2017, media noche

Si hay algo que distingue a la política exterior estadounidense es su ambivalencia. A juicio de Henry Kissinger, esta ambivalencia persiste porque la visión internacional de un orden mundial basado en el equilibrio de poder choca con su creencia de que EE. UU. está destinado a difundir el sistema de valores democráticos y libertad. Sin embargo, la división del mundo en esferas de influencia geopolítica, según muchos historiadores, se debió a la visión ingenua de Rooselvelt frente a los modelos de poder alternativos de Stalin y Mao, circunstancia que los norteamericanos no habían logrado internalizar. 

Estados Unidos, agrega Kissinger, ha oscilado entre defender el sistema de equilibrio de poder o rechazar sus premisas por considerarlas incompatibles con sus principios democráticos. Aún hoy, EE. UU. lucha por definir la relación entre su excepcional poderío militar y sus principios democráticos y como ejemplo están las guerras de Corea, Vietnam, Afganistán e Irak que dividieron al país. Esta ambivalencia se percibe actualmente entre el legado de Obama y el posible legado de Trump.

En una entrevista en Face The Nation de CBS, Kissinger planteó que la Doctrina Obama consideraba que EE. UU. había luchado en varias regiones del mundo en forma contradictoria a sus valores básicos. En consecuencia, para honrar los principios wilsonianos tenía que replegarse de las áreas donde solo empeoraba las cosas. La Doctrina Obama se volvió pasiva y reactiva en política exterior y hasta pareciera que su doctrina implicaba proteger al mundo de la intervención norteamericana. Esta doctrina pareciera preocuparse más por convertir las consecuencias de corto plazo en obstáculos permanentes. La alternativa consiste en darle forma a la historia más que replegarse en sí mismo. Irónicamente, este “soft power” de Obama se contradijo cuando bombardeó con drones a Somalia, Yemen y Pakistán.

En este contexto surgen los interrogantes: ¿Cuáles son los objetivos que EE. UU. persigue en política exterior? ¿Qué tratan de prevenir aún si tienen que lograrlo ellos solos? Un elemento esencial es recuperar una estrategia global y hacerla prevalecer. Los norteamericanos están cansados del falso debate de las élites del liberalismo de izquierda, cansados de escuchar las viejas promesas a los viejos políticos del establishment. En este punto surge la necesidad de una Doctrina Trump. Aunque Trump enfrenta las mismas restricciones políticas, institucionales y geopolíticas que Obama su visión y respuesta podría ser muy distinta. 

De las muchas preguntas sin respuestas sobresale la de las relaciones con Rusia y China. La importancia radica en las implicaciones que la política exterior de Trump tendrá en temas candentes como la fragmentación de Europa, el futuro de la OTAN, la emergencia de un nuevo orden en el Medio Oriente, el rol de EE. UU. en el Pacífico y, como ya se indicó, en las relaciones con Rusia y China. Por un lado, Rusia sigue siendo un polo militar y un factor relevante en los acontecimientos de las regiones más estratégicas del mundo: Europa, el Oriente Medio y el Este Asiático. Por otro lado, China es la segunda economía del mundo y en sus proyecciones de largo plazo consideran a China en pie de igualdad con EE. UU. y como tal reclaman su propia esfera de influencia que incluye el mar de China, Japón, Taiwán, Corea y se extiende hasta Filipinas, amén de que en sus aguas circula el 25% del comercio americano. En cualquier caso se trata de un rediseño de las fronteras pos Segunda Guerra Mundial y la apertura de nuevos con
flictos. La contradicción reside en que el concepto de poder de Rusia y China es muy distinto al “soft power”.

Algunos comentarios de Trump, tal como sugieren algunos analistas, sobre Rusia y China crearon una serie de rumores sobre el probable curso de acción. Podría percibirse la búsqueda de un acercamiento con Rusia en un esfuerzo por restringir la hegemonía de China en el Este Asiático. Aun si a Rusia se le considera un adversario en varias áreas secundarias, no amenaza el área fundamental de intereses de EE. UU.: la emergencia de una hegemonía competitiva al estilo de la URSS.  

En consecuencia, ya no se trata de aislar y alienar a Rusia. Al contrario, los intereses estratégicos de largo plazo significan dejar a un lado el conflicto con Rusia en pro de la contención hegemónica de China. Es una estrategia inversa a la de Nixon que tuvo una apertura histórica con China a fin de contener a la URSS. Aislar a Rusia, tal como lo está persiguiendo la izquierda americana solo resulta en empujar a Rusia a la órbita de China, y se pudo observar en los “juegos de guerra” entre esos países en los mares del Báltico recientemen
te.

Por supuesto, Rusia enfrenta sus propias restricciones, está la dependencia creciente de las exportaciones rusas de gas a China. Asimismo, cualquier intento serio de acercamiento a Rusia enfrenta fuertes resistencias internas, especialmente el área liberal, los líderes del Congreso, el establishment de seguridad nacional y los aliados externos. 

Aún sopesando los pros y contras, la posibilidad de una cooperación EE. UU.-Rusia es muy significativa en el sentido de que las estructuras y alianzas posteriores a la Segunda Guerra Mundial y a la Guerra Fría han colapsado y se sustituyen por nuevos alineamientos, nuevas dinámica y nuevos conflictos. Hay una serie de signos que no se pueden ignorar: el Brexit, la misma elección de Trump, el auge del populismo y de los nacionalismos que fragmenta a Europa, la emergencia de China y, por default, la “entente cordiale” entre Rusia y China.

En noviembre de 1921, un club de líderes victoriosos se reunió en la Conferencia Naval de Washington para aceptar un orden global definido por EE. UU. en unos términos cuya definición y cuya dureza y severidad no tenían precedentes. Este resultado señalaba Trotsky era análogo al que había supuesto la nueva cosmología mundial emprendida por Copérnico. Esta característica es lo que el orden mundial actual echa de menos. Atrás quedaban los controversiales Acuerdos de Versalles y Woodrow Wilson  con su idealismo simbolizaba al “héroe trágico”.

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