• Ago. 15, 2017, media noche

En las últimas décadas, el gigante chino ha despertado y su crecimiento económico (de 8.1% promedio los últimos 7 años) ha generado toda clase de expectativas e inquietudes sobre el futuro geopolítico mundial, donde China cada año aumenta su cuota. El tamaño de su economía, medida por el producto interno bruto (PIB) nominal, alcanzó los US$11.2 trillones en el 2016, lo que la ubica en el puesto número dos mundial, detrás solo de los Estados Unidos, que cerró con US$18.6 trillones.

Inclusive, el Fondo Monetario Internacional (FMI) ha declarado a China la mayor economía del mundo, midiendo el PIB bajo el método del Poder de Paridad de Compra, o PPP en inglés. Este método elimina las “distorsiones” de los tipos de cambio en el cálculo del PIB en dólares para cada país.

Según el FMI, bajo este método, el PIB de China subiría a US$21.4 trillones, sobrepasando a los EE. UU., pues se supone que en China un dólar compra más que en los Estados Unidos. Este creciente poderío económico se traduce en creciente influencia geopolítica, exacerbando los temores del mundo occidental.

Hay tres grandes argumentos para temer al crecimiento chino. Primero, su ideología política y social es diferente a la nuestra y prueba de esto es su apoyo incondicional a regímenes despóticos (Corea del Norte), y su falta de respeto por los derechos humanos donde disidentes políticos como Lui Xiaobo mueren en  la cárcel. Segundo, su fortaleza comercial está basada en mano de obra barata, pésimas condiciones laborales, robo de propiedad intelectual (el paraíso de las falsificaciones) e irrespeto absoluto por la contaminación del ambiente (sus emisiones de carbono han crecido 171% desde el año 2000), lo que convierte a China en un competidor desleal.

Por último, se teme el crecimiento desmedido de su poderío militar, porque su gasto en defensa ha aumentado 12% anual promedio durante la última década, un 48% más de lo que crece su economía, alcanzando 3.7 millones de soldados, un poco más del doble que los EE. UU. Para muchos, incluyéndome, el miedo al crecimiento chino es sobredimensionado, porque no es tan sólido como parece y, por otra parte, está generando una clase media que tarde o temprano exigirá participación política, acercándolos inexorablemente al modelo occidental.

El comunismo chino data de la Segunda Guerra Mundial, cuando Mao funda la República Popular de China en 1949. Pero su despertar económico tuvo que esperar la muerte de Mao (1976), con una serie de reformas de mercado que inician en 1978. La base de su modelo es la privatización y el libre comercio, lo que implica que el “milagro chino” se alcanza por seguir políticas capitalistas y no por seguir modelos marxistas.

Este modelo fomenta el surgimiento de una clase media. Se estima que, para el año 2020, habrá más de 550 millones de chinos en la clase media, lo que es una buena noticia para el mundo occidental, pues, como apunta Yongnian Zheng en su libro “China contemporánea”, fue la clase media la que estuvo detrás de las protestas de 1989, y desde el año 2000 han existido varias protestas de gran escala, todas originadas en la clase media que “tiende a tener más sentimientos positivos sobre la democracia y altas expectativas de justicia social”.

Este proceso de apertura no tiene más que seguir avanzando y terminará transformando la vida política china.

Pero, aún con los logros alcanzados, la potencia China está rezagada en muchos aspectos. El ingreso per cápita coloca al país en el puesto número 70 a nivel mundial con US$8,123 anual, muy por debajo del promedio de la Unión Europea que es US$32.059 o de EE. UU. que suma US$57,436.

Según la Universidad de Pekín, en el 2014, el 1% de los chinos poseía el 35% de la riqueza del país, y de los 1.3  billones de chinos, más de 360 millones viven con menos de US$3.10 diario.

Por el lado de la innovación tecnológica, el país que nos dio la pólvora, el compás y la imprenta, es hoy un “seguidor” en tecnología, y esto se refleja en el valor de mercado de sus empresas. Los tres mayores actores del sector tecnológico en China, Tencent, Alibaba y Baidu tienen un valor de mercado conjunto de US$601.9 billones, mientras que los gigantes norteamericanos Apple, Alphabet (Google) y Microsoft suman US$1,839 billones.

Así, aunque el  gasto chino en investigación y desarrollo (R&D) sea de US$360 billones al año, el de EE. UU. es mucho mayor (US$460 billones), con ventajas claras en la industria aeroespacial, telecomunicaciones y médica, además de las ventajas militares que esto representa; hoy por hoy, China posee un portaviones, 35 destroyers, 2,955 aviones de guerra y 6 submarinos, mientras que los EE. UU. 19 portaviones, 65 destroyers, 13,762 aviones de guerra y 54 submarinos, con una gasto militar de US$587.8 billones anuales, versus US$161.7 billones que gasta China.

En resumen, el mundo occidental no debe temer una creciente influencia de China en el planeta, porque su avance hacia el desarrollo es todavía inconcluso, además, su creciente clase media y su inmersión en la comunidad mundial lo llevará inexorablemente hacia la apertura democrática, acercándolo a occidente y alejándolo cada vez más del “Chairman” Mao.

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