• Ago. 23, 2017, media noche

Esta semana que pasó desayuné con una persona que conocí hace un año y medio. Una mujer admirable, exitosa familiar y profesionalmente. Desde el primer día que nos sentamos a platicar, abrió su corazón y me compartió algunas cosas muy privadas de su vida. No nos vemos seguido porque no vive en Nicaragua, pero nos mantenemos conectadas.

En aquella ocasión me contó que su papá había sido muy duro con ella. Que nada de lo que hiciera era bueno para él; que nunca le ha dicho te quiero y más bien, mientras ella iba creciendo siempre se sintió como invisible ante los ojos de su papá. Tenía mucho resentimiento contra él. En aquel momento pude sentir su dolor. Independientemente de todo lo que ha sufrido ella se dispuso a honrar a sus padres, a cuidarlos, a estar pendiente de ellos, pero a pesar de todo lo que estaba haciendo, su papá continuaba tratándola con indiferencia.

Esta vez, me contó que a raíz de la muerte de su mamá, ha asumido 100% el cuido de su papá. Sus hermanos se han desentendido (los hermanos que para su papá eran mejores que ella), y que más bien le cuestionan que lo esté mimando tanto. 

Me dijo, no sabes lo que Dios ha hecho por mí en estos meses que he estado atendiendo a mi papá. Ha puesto misericordia en mi corazón para poder separar al “hombre” de mi “papá”; cuando escuché eso sentí que era una revelación del Cielo. Separar al “hombre”, el que la ha tratado mal, el que no le ha expresado su amor, el que ha sido duro, de su “papá”, al que hay que honrar, respetar y amar.

Los humanos creemos que nos merecemos todo; cuando fallamos queremos que nos perdonen, pero cuando nos fallan, nuestros parámetros son más altos que los de Dios….se nos olvida lo que dijo Jesús cuando le preguntaron cuántas veces había que perdonar; 70 veces 7. (Marcos 18:21-22).

La falta de perdón es como una trampa de arena movediza que nos va hundiendo en una vida de amargura, infelicidad, tristeza y negatividad. Cuando no perdonamos a alguien es como andar a esa persona atada a nuestros tobillos, como una bola de hierro que nos persigue de un lado a otro. Nuestras oraciones no pasan del techo si tenemos algo en contra de alguien. Pero lo peor de todo, es que la falta de perdón levanta un muro entre nosotros y Dios. 

La falta de perdón es una carga muy pesada pero nosotros podemos liberarnos de ella. El perdón es una decisión y esto no es un “cliché”, es una realidad.

Así como mi amiga separó al “hombre” de su “papá”, así tenemos que hacer nosotros; separar al “ser humano” imperfecto (como nosotros), falto de Dios, y que nos ha hecho daño,  de “la persona”, y ahí tomar la decisión de perdonar. Perdonar es dar un paso de fe que Dios honra poniendo sanidad en nuestro corazón. 

Si perdonamos:

1Seremos bendecidos. El papá de mi amiga le dijo a unos amigos, con ella presente, que ella había sido un pilar para él. Talvez no le dijo “te amo” pero el haberlo reconocido públicamente fue un regalo para ella.

2Podemos avanzar. Mi amiga avanzó; dejó atrás todos esos resentimientos que cargó por años, y ha tenido la oportunidad de enmendar la relación con su papá.

3Somos liberados para poder alabar a Dios y acercarnos a Él. Mi amiga nunca antes se ha sentido tan cerca de Dios como ahora.  Y quiere compartir con otros lo que ella ha encontrado.

4Buscamos la paz y evitamos amargarnos. El dolor que yo pude ver en mi amiga hace año y medio, se ha convertido en paz, satisfacción y gozo. 

Vamos adelante, tomemos la decisión, hagamos lo que nos toca y Jesús se encargará del resto.

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